Los convictos se empezaron a morir el día 12 de febrero. No a causa de una enfermedad conocida, sino de algo muy extraño.
Empezaba con fiebre, catarro nasal e irritación por debajo de una oreja y, a continuación, una mandíbula se empezaba a hinchar tal como ocurría cuando un niño enfermaba de paperas; la respiración y la deglución no sufrían menoscabo, pero el dolor que experimentaba aquella delicada zona era muy intenso. Cuando la zona afectada se deshinchaba, una hinchazón mucho más grave se producía en el otro lado. A las dos semanas, éste también se deshinchaba y recuperaba la normalidad, y el enfermo empezaba a encontrarse mejor. En cuyo momento, se le empezaban a hinchar los testículos hasta alcanzar un tamaño cuatro o cinco veces superior al normal, con un dolor tan fuerte que las víctimas no podían gritar ni moverse; se limitaban a permanecer tumbadas todo lo inmóviles que podían y gimoteaban cuando la fiebre les volvía a subir, esta vez mucho más que al principio. Aproximadamente una semana después, algunos se curaban y otros morían en medio de atroces tormentos.
¡Al final arribaron a Portsmouth! Los cuatro buques anclaron en el Mother Bank el 22 de febrero, a una distancia de la orilla susceptible de cubrirse con una lancha. Para entonces, la terrible enfermedad se había propagado a los marinos y uno de los marineros estaba empezando a experimentar los primeros síntomas. Cualquier cosa que fuera, no era la fiebre de la cárcel, ni las perniciosas anginas, ni las fiebres tifoideas, ni la escarlatina ni la viruela. Empezó a correrse la voz de que se trataba de la peste bubónica, ¿acaso ésta no provocaba la aparición de unos horribles bubones?
Tres tripulantes desertaron en cuanto obtuvieron permiso para trasladarse a la orilla, y los marinos estaban tan aterrorizados que el teniente de navío Shairp fue inmediatamente a entrevistarse con sus superiores, el comandante Robert Ross y el teniente John Johnstone de la 39.ª Compañía de Infantes de Marina con base en Plymouth. Tres marinos fueron enviados al hospital y otros ya estaban indispuestos.
Al día siguiente, el teniente John Johnstone -otro escocés- subió a bordo con un médico, el cual echó un vistazo a los enfermos, se retiró rápidamente cubriéndose la nariz con el pañuelo, envió a otros marinos al hospital y señaló que, en su opinión, la enfermedad no sólo era maligna sino también incurable. No utilizó la palabra «peste», pero dicha omisión sólo sirvió para acentuar su diagnóstico privado. Sólo pudo recomendar que se sirviera inmediatamente carne y verduras frescas a todos los ocupantes del barco.
Eso es como en la cárcel de Gloucester, pensó Richard. En cuanto se hacinaban en el lugar más personas de las que cabían, se producía una enfermedad que diezmaba el rebaño. Era lo que estaba ocurriendo en el Alexander.
– Estaremos a salvo si nos quedamos donde estamos, limitamos nuestros ejercicios a la cubierta que hayamos fregado, limpiamos los cuencos y los cucharones con aceite de brea, filtramos el agua y seguimos tomando una cucharada de extracto de malta. Esta enfermedad ha venido a bordo desde el Justitia, estoy seguro, lo cual quiere decir que está muy adelantada.
Aquella noche comieron pan duro y carne hervida como de costumbre, pero la carne era fresca y no salada e iba acompañada de un cuenco de repollo y puerros. Éstos les supieron a gloria.
Tras lo cual, volvieron a olvidarse de ellos y también se olvidaron de la orden de proporcionarles alimentos frescos. Nadie se les acercó, excepto dos aterrorizados marinos (Davy Evans y Tommy Green se habían ido) para repartir entre ellos cecina y el inevitable pan duro. Los días transcurrían en un sombrío y siniestro silencio, roto tan sólo por los gemidos de los enfermos y alguna que otra lacónica conversación. Pasó febrero y llegó marzo, y marzo transcurrió muy despacio mientras los enfermos seguían muriendo y eran abandonados en el mismo lugar donde estaban.
Cuando alguien abrió finalmente la escotilla de proa no fue para retirar los cadáveres, sino para arrojar a otros veinticinco convictos al gélido y contaminado aire de la prisión.
– ¡Voto al diablo! -gritó John Power-. ¿Qué es lo que hacen estos malnacidos? ¡Aquí abajo se ha declarado una epidemia y nos vuelven a llenar de gente! ¡Dios los confunda a todos!
Un hombre muy interesante el tal John Power, pensó Richard. Es el que manda en la proa, el muchacho de Old Bailey y de la Newgate de Londres que se expresa en la jerga propia del lugar, pero que aquí suele hablar en inglés corriente. Ahora es el dueño y señor no sólo de las plataformas de los enfermos, sino también de todo un nuevo destacamento de reclusos. Pobre desgraciado. La población del Alexander había bajado de doscientos hombres a ciento ochenta y cinco, pero ahora somos doscientos diez.
El 13 de marzo ya habían muerto cuatro hombres más; seis cadáveres yacían en las plataformas de los enfermos, y varios de ellos llevaban allí más de una semana. No había manera de convencer a nadie de que bajara y los tocara, ahora todo el mundo sabía que la enfermedad era una peste.
Poco después del amanecer del día 13 de marzo se abrió la escotilla de proa y varios marinos provistos de guantes y de pañuelos que les cubrían el rostro se llevaron los seis cadáveres.
– ¿Por qué? -preguntó Will Connelly-. No es que no quiera que se los lleven, que conste. Pero ¿por qué?
– Supongo que una de las pelucas más gordas va a venir a visitarnos -dijo Richard-. A ver si os esmeráis en acicalaros, muchachos, para que parezca que todos rebosáis de salud.
Poco después de la retirada de los cadáveres, el comandante Robert Ross se presentó en compañía del teniente John Johnstone, el teniente de navío James Shairp y un hombre que tenía pinta de médico. Un apuesto individuo de larga nariz, enormes ojos azules y un ensortijado cabello rubio que le caía sobre la despejada frente. Llevaban lámparas y una escolta de diez marinos que los precedía en los pasillos de babor y estribor cual si fueran unos hombres enviados a la muerte, lo bastante jóvenes para sentirse intimidados, pero lo bastante mayores para saber qué clase de espectro los acechaba en aquel lugar.
La sala quedó iluminada por un suave resplandor dorado; y entonces Richard vio finalmente la forma de su destino en todo su terrible detalle. Ahora los enfermos ocupaban las treinta y cuatro literas aisladas en la zona media, a proa de las mesas; más allá, en el lugar donde el trinquete atravesaba la cubierta cerca de la proa, había un mamparo mucho más delgado que el de popa, detrás del catre de Richard. La doble hilera de plataformas era continua y no había ninguna separación. ¡Así es cómo lo hacen! Así han conseguido apretujar a doscientos diez desgraciados en un espacio de treinta y cinco pies en su punto de máxima anchura y de setenta pies de longitud. Nos han tenido apretujados como botellas en un estante. No es de extrañar que nos muramos. Comparado con esto, la cárcel de Gloucester era el paraíso… Por lo menos, podíamos trabajar y salir al aire libre. Aquí no hay más que oscuridad y hedor, inmovilidad y locura. Por mucho que yo les hable a los míos de supervivencia, ¿cómo podremos sobrevivir en este lugar? Dios mío, he perdido la esperanza. La he perdido del todo.
Los tres oficiales eran escoceses, el que hablaba con más acento nasal era Ross y el que menos, Johnstone. Ross, un severo y pelirrojo sujeto de complexión delgada y rostro anodino, exceptuando una fina y enérgica boca y unos fríos y pálidos ojos grises. Primero recorrió pausadamente la cárcel, empezando por la banda de estribor. Caminaba como si estuviera en un entierro, con lentos y afectados andares, moviendo la cabeza de uno a otro lado con mecánica precisión. Se detuvo sin aparente temor al llegar a los catres de aislamiento para examinar a los enfermos en compañía de su apuesto médico, murmurando frases inaudibles mientras éste meneaba enérgicamente la cabeza. El comandante Ross recorrió la curva que mediaba entre las plataformas de aislamiento y las del trinquete y después echó a andar por el pasillo de estribor en dirección a la popa. Se detuvo a la altura de Dring en la plataforma de abajo y de Isaac Rogers en la de arriba, contempló la cubierta que pisaban sus pies, hizo un gesto a uno de los marinos indicándole que sacara los cubos que se utilizaban como orinales y que ya habían sido vaciados y enjuagados. Sus ojos se posaron en el tembloroso Ike cuya cabeza descansaba sobre las rodillas de Joey Long.