– Este hombre está enfermo -le dijo a Johnstone y no al médico-. Que lo pongan con los otros.
– No, señor -dijo Richard, demasiado sobresaltado como para pensar en la prudencia-. No es lo que vos pensáis, aquí abajo no tenemos nada de todo eso. El mareo lo estuvo a punto de matar, eso es todo.
Una curiosa expresión se dibujó en el rostro del comandante, una mezcla de horror y comprensión; alargó el brazo, tomó la mano de Ike y se la estrechó.
– Pues entonces ya sé por lo que estás pasando. Agua y galletas secas, no hay nada mejor.
¡Un comandante de la Armada que se mareaba de mala manera!
Los ojos se desplazaron al rostro de Richard, a todos los rostros de los dos últimos catres de arriba, tomando nota del cabello corto, la ropa y los trapos mojados puestos a secar en las cuerdas tendidas entre los baos y el cierto aire de orgullo que se respiraba en la atmósfera y que nada tenía que ver con el desafío.
– Os habéis mantenido muy limpios -dijo, tirando de la estera-. Sí, extremadamente limpios.
Nadie contestó.
El comandante Ross se volvió y subió a un banco justo debajo de la escotilla abierta, a través de la cual penetraba un poco de aire fresco. No había dado muestras de la menor sensación de repugnancia ante los pestilentes vapores que se aspiraban en toda la prisión, pero parecía sentirse más a gusto encaramado a aquel lugar.
– Soy el comandante Robert Ross -anunció en tono de plaza de armas-. Comandante de marinos en esta expedición y también lugarteniente gobernador de Nueva Gales del Sur. Soy el único comandante de vuestras personas y vuestras vidas. El gobernador Phillip tiene otras preocupaciones. La mía sois todos vosotros. Este barco no es enteramente satisfactorio; en él se mueren los hombres y yo tengo intención de averiguar por qué. Aquí el señor William Balmain es el médico del Alexander y mañana empezará a desarrollar su labor. El teniente de navio Johnstone es el oficial de marina de mayor antigüedad a bordo y el teniente de navío Shairp es el segundo en el mando. Por lo visto, a lo largo de más de dos meses apenas habéis comido productos frescos. Esta situación se modificará mientras el barco permanezca en el puerto. Esta cubierta será fumigada, lo cual nos obligará a trasladaros a casi todos a otro lugar. Sólo los setenta y dos hombres de los catres adosados al mamparo de popa permanecerán a bordo y deberán prestar su ayuda.
Señaló a sus dos tenientes, sentados junto a la mesa situada al nivel de sus pies calzados con botas y sacó papel, tinta y plumas de un estuche de escritura que llevaba el teniente de navío Shairp.
– Ahora procederé a hacer un censo -dijo el comandante-. Cuando yo señale a un hombre, éste me deberá facilitar su nombre y el del pontón del que procede. Empezaremos por ti -añadió, señalando a Jimmy Price.
La tarea llevó mucho tiempo. El comandante Ross era muy rápido, pero sus dos escribientes eran tan torpes como lentos y estaba claro que escribir no era para ellos ningún placer. Cuando ya iban por el número veinte, el comandante Ross bajó del banco para repasar la labor de sus escribientes.
– ¡Necios analfabetos! Pero ¿qué hicisteis, comprar vuestros nombramientos? ¡Insensatos! ¡Idiotas! ¡Nos os ibais a comer una rosca ni siquiera en una casa de putas!
¡Pues vaya!, pensó Richard. Menudo genio tiene, y, además, no le importa haber humillado a sus dos oficiales subalternos en presencia de un grupo de convictos.
Sin embargo, cuando se fueron los marinos, ¡cuánto les costó soportar la oscuridad! Se había levantado un velo que les había revelado la prisión en todo su monstruoso y enconado horror, pero la dorada luz resultaba reconfortante y el espectáculo de todos aquellos hombres encorvados en sus catres, mirando a su alrededor con unos ojos tan redondos como los de una lechuza había reducido en cierto modo el peligro a unas proporciones humanas. Con la desaparición de la última lámpara, lo que quedó ya no se pudo imaginar y tanto menos ver o palpar. La noche descendió sobre ellos y, a pesar de la promesa del comandante Ross de proporcionarles comida fresca, a nadie se le ocurrió darles de comer.
A la mañana siguiente, la actividad se inició en la escotilla de proa; los enfermos fueron manejados con guantes y pañuelos a modo de máscaras y los encargados de manejarlos se mostraron insensibles a los gritos de dolor que provocaba el simple hecho de moverlos. A mediodía, los únicos hombres que quedaban en la prisión se encontraban en los tres catres dobles a babor y estribor del mamparo de popa. Las lámparas proporcionaban mucha luz y, en ausencia de la mayoría de los convictos, se podía ver con toda claridad la letrina creada por sus dos meses y medio de permanencia a bordo. Vómitos, excrementos, cubos desbordados, cubiertas y plataformas llenas de suciedad.
Después les correspondió a ellos moverse, pero a través de la escotilla de popa. No me importa, pensó Richard, que alguien robe lo de aquí abajo; que lo hagan si les apetece, pues yo no pienso dejar a uno de los míos de guardia solo aquí abajo. Aunque, mientras corran rumores acerca de la peste, lo más probable es que nuestras pertenencias estén a salvo.
La fumigación consistió en hacer estallar pólvora en todos los lugares del Alexander situados bajo la cubierta superior y en cerrar herméticamente las escotillas.
Se encontraban anclados en unas serenas aguas muy alejadas de la orilla, la cual ofrecía unas vistas fascinantes: grandes baluartes y fortalezas erizadas de gigantescos cañones rodeaban todo el lugar, pues se trataba del cuartel general de la Armada de Inglaterra que miraba al sur más allá de la isla de Wight hacia la costa francesa de Cherburgo, donde el antiguo y tradicional enemigo permanecía al acecho. Dónde o qué clase de ciudad era Portsmouth constituía para ellos un misterio, más allá de las impresionantes fortalezas, algunas de ellas anteriores a la época de Enrique VIII y otras todavía en fase de construcción. ¿Fue allí donde el almirante Kempenfeldt y mil hombres se habían abatido sobre el Royal George apenas cinco años atrás? El bajel más grande que jamás se hubiera construido en Inglaterra se escoró a causa de una vía de agua y ésta penetró a través de las portillas de sus cañones de treinta y dos libras, provocando su rápido hundimiento en medio de un impresionante remolino.
Johnstone y Shairp discrepaban acerca de la necesidad de esposar a los convictos que permanecían a bordo; Johnstone impuso su criterio y las manos de los convictos se dejaron libres. Tras haber perdido la batalla, Shairp tomó el esquife y se fue a visitar a un compañero con quien se llevaba mejor, a bordo de otro buque cuyo destino era también Botany Bay. Ahora había varios, uno de ellos casi tan grande como el Alexander.
– Scarborough -dijo el cuarto oficial Stephen Donovan, acunando en sus brazos al gatazo de color anaranjado-. Aquel de allí es el Lady Penrhyn, ya lo conoces, y el nuevo es el Prince of Wales. No se podían transportar todos a bordo de cinco barcos, por eso han añadido un sexto. El Charlotte y el Friendship ya han zarpado rumbo a Plymouth para recoger a los del Dunkirk.
– ¿Y aquellos tres que están cargando desde unas gabarras más cerca de la orilla? -preguntó Richard, volviendo la cabeza para dirigirle una severa mirada de advertencia a Bill Whiting, pues temía que la relativa libertad de que gozaban le soltara la lengua y lo indujera a gastar una broma de la señorita Molly que tal vez la señorita Molly Donovan no supiera apreciar.