– Son los barcos almacén Borrowdale, Fishburn y Golden Grove. Tenemos que transportar provisiones y suministros que nos duren tres años contando a partir del momento en que lleguemos a Botany Bay -contestó el señor Donovan con mirada acariciadora.
– ¿Y cuánto tiempo cree el Almirantazgo que tardaremos en llegar a Botany Bay? -preguntó Thomas Crowder, esbozando una aduladora sonrisa.
Puesto que Crowder no era muy del gusto del señor Donovan -demasiado simiesco-, el cuarto oficial optó por dirigir la respuesta a Richard Morgan, cuya figura lo fascinaba. No tanto por su aspecto, que, a su juicio, era una pura delicia, cuanto por su carácter reservado, por aquel aire de guardarse sus pensamientos para sí mismo. Un hombre con dotes de mando, pero distinto de Johnny Power, a quien todos los tripulantes conocían muy bien. Power, un marino del Támesis a quien el sentido común aconsejaba no hablar en la jerga barriobajera de Londres, se llevaba muy bien con todos los marineros.
– El Almirantazgo considera que la travesía durará entre cuatro y seis meses -dijo el señor Donovan, ignorando deliberadamente a Crowder.
– Durará más que eso -dijo Richard.
– Estoy de acuerdo. Cuando el Almirantazgo hace sus cálculos siempre piensa que los vientos nos serán favorables, que los mástiles nunca se romperán, que las vergas jamás se soltarán, que las velas no se rasgarán, no caerán en las eslingas o se soltarán de los rizos.
Donovan cosquilleó al ronroneante gato por debajo de la barbilla.
– ¿Perros no? -preguntó Richard.
– ¡Son unos hijoputas! Aquí Rodney es el gato del Alexander y tiene el mismo rango que cualquier perro de a bordo, por eso no se meten con él. Se llama así en honor del almirante Rodney a cuyas órdenes yo serví en las Indias Orientales cuando les dimos un vapuleo a los gabachos en aguas de Jamaica. -Levantó un labio para mostrarle los dientes a un bulldog que se había acercado a ellos, y lo mismo hizo Rodney, en vista de lo cual el bulldog recordó de repente que tenía asuntos más urgentes que resolver en otro sitio-. Hay veintisiete perros a bordo, todos ellos pertenecientes a los marinos. Su número no tardará en disminuir. Los spaniels y los terriers no están mal porque cazan ratones, pero un lebrel es sólo un cebo para los tiburones. Los perros caen al mar. Los gatos, jamás.
Le dio un beso en la cabeza a Rodney y lo depositó en la barandilla para demostrar su aseveración. Indiferente al chapoteo del agua de abajo, el gato se sentó recogiendo las patas bajo su cuerpo y siguió ronroneando.
– ¿Adónde han enviado al resto de los convictos? -preguntó Will Connelly, salvando a Richard, el cual aprovechó para retirarse discretamente.
– Algunos a The Firm, otros al Fortunee, los enfermos a un barco hospital y los demás a aquella gabarra de allí -contestó el señor Donovan, señalándola con el dedo.
– ¿Por cuánto tiempo?
– Supongo que una o dos semanas por lo menos.
– ¡Pero los hombres se van a morir de frío en la gabarra!
– No. Cada noche los llevan a la orilla y los alojan en un campamento, esposados y encadenados todos juntos. Mejor una gabarra que un pontón.
Al día siguiente, el médico del Alexander, el señor William Balmain, subió a bordo con otros dos médicos, aparentemente para echar un vistazo al barco, puesto que los convictos enfermos ya habían sido trasladados a otro sitio. Uno de ellos, explicó Stephen Donovan en voz baja, era John White, médico jefe de la expedición. El otro, lo pudieron ver por sí mismos, era el médico de Portsmouth que el teniente de navío Shairp había mandado llamar en cuanto el Alexander había arribado a puerto.
Puesto que aún no les habían encomendado ningún trabajo, los convictos se situaron en proximidad de los médicos para poder oír lo que decían; los no menos curiosos miembros de la tripulación estaban demasiado ocupados para escuchar con disimulo, pues la carga se estaba acercando a bordo de unas gabarras.
El médico de Portsmouth estaba convencido de que la enfermedad era una insólita variedad de peste bubónica; los médicos White y Balmain discrepaban.
– ¡Es maligna! -gritó el médico-. ¡Es la peste bubónica!
– Es benigna -replicaron los otros dos-. Y no es la peste bubónica.
Sin embargo, los tres coincidían en cuanto a la necesidad de adoptar medidas preventivas: las dos cubiertas se tendrían que volver a fumigar, frotar concienzudamente con aceite de brea y cubrir después con jalbegue, una solución de cal viva, tiza pulverizada, cola y agua.
Stephen Donovan, obligado a permanecer a bordo para supervisar la operación de carga, no estaba muy contento; en la cubierta se estaban amontonando toda una variada serie de barricas, barriletes, sacos, canastas, barriles y paquetes.
– ¡Tengo que trasladarlo todo abajo! -les dijo a White y Balmain-. ¿Cómo lo podré hacer si tenéis las escotillas todo el día cerradas para las malditas fumigaciones? ¡Sólo una cosa librará al Alexander de sus dolencias y son ni más ni menos que unas bombas más eficaces en los pantoques!
– El hedor -dijo despectivamente Balmain- se debe a los cadáveres. Una o dos semanas en el mar después de una buena fumigación bastarán para eliminarlo.
White se había alejado para averiguar de qué manera podía la tripulación colocar la carga habiendo de por medio una prisión; un vistazo hacia abajo le permitió ver que se habían retirado las mesas y los bancos de la prisión para dejar al descubierto unas escotillas de seis pies cuadrados justo debajo de las que había en la cubierta superior. Izados a bordo por medio de pescantes, hasta los gigantescos toneles de agua se podían introducir directamente en la bodega del sollado. Regresó muy pagado de sí mismo y con su habitual aire de superioridad, apartó a Donovan y Balmain a un lado y empezó a dictar órdenes.
Los treinta y seis reclusos de estribor fueron enviados a la prisión para fregar, frotar y limpiar con vinagre todas las superficies antes de la fumigación; por su parte, los treinta y seis convictos de babor fueron enviados a los alojamientos de los marinos situados bajo el entrepuente para hacer lo mismo.
– ¡Voto al diablo! -rezongó Taffy Edmunds-. El pobre Davy Evans tenía razón, nosotros los convictos estamos en el cielo en comparación con todo eso, aunque confieso que sería bonito poder dormir en hamacas.
El suelo de la bodega estaba inundado por el desbordamiento del pantoque, el cual olía mucho peor que la prisión y despedía unos gases que habían ennegrecido los botones de las chaquetas rojas hasta conferirles el aspecto de unos trozos de carbón. El espacio que mediaba entre las cubiertas era de apenas seis pies, lo cual significaba que uno tenía que caminar medio agachado como en el Ceres.
De esta manera, Richard y los convictos de la banda de babor pudieron comprender lo que ocurría cuando la fuerza irresistible chocaba con el objeto inamovible; el comandante Ross y el capitán Sinclair llegaron a las manos en la bodega de los marinos bajo la fascinada mirada de treinta y seis hombres. La prodigiosa batalla fue anunciada por la aparición del comandante al pie de la escalera de madera; procedía de los alojamientos de la tripulación.
– ¡Bajad aquí con toda vuestra grasa de ballena, repugnante saco de mierda! -rugió Ross-. ¡Bajad a verlo, maldita sea vuestra estampa!
Y allá bajó el capitán Duncan Sinclair con sus pies delicadamente calzados con botas, cual si fuera una gota de jarabe deslizándose suavemente por un lado de una suave cuerda.
– ¡Nadie me ha hablado jamás de esta manera, comandante! -dijo éste entre afanosos jadeos al llegar a la cubierta de abajo-. Soy no sólo el capitán de este barco, sino también uno de sus propietarios.