– ¡Lo cual os convierte en doblemente culpable, trasero de globo! ¡Vamos, echad un vistazo! ¡Ved dónde pretendéis que vivan los marinos de su majestad sabe Dios durante cuántos meses! ¡Ya llevan casi tres meses! ¡Están enfermos y atemorizados, de lo cual os hago enteramente responsable a vos! ¡Sus perros viven en mejores condiciones… y también las ovejas y los cerdos que tenéis a bordo para amontonarlos en vuestra mesa rebosante de exquisitos manjares! ¡Sentado allí como el rey Mierda del Palacio de los Excrementos con un camarote de noche y un camarote de día y todo el gran camarote exclusivamente para vos, mientras mis dos oficiales tienen que conformarse con un pequeño armario sin ventilación! ¡Comiendo con los soldados rasos! ¡Pero todo eso va a tener que cambiar, Sinclair, de lo contrario, yo mismo arrojaré vuestras hinchadas tripas a toda esta líquida mierda que hay por aquí!
Apoyó la mano en la empuñadura de su espada con todo el aspecto de ser muy capaz de cumplir la amenaza.
– Vuestros hombres están aquí porque no tengo ningún otro lugar donde alojarlos -contestó Sinclair-. ¡De hecho, ocupan un espacio muy valioso que mi empresa tenía destinado a una carga mucho más útil que una pandilla de borrachines ladronzuelos y repugnantes cagarrutas sin inteligencia suficiente para entrar en la Armada ni dinero suficiente para ingresar en el ejército! ¡Sois la escoria del mundo, Ross, vos y vuestros marinos! ¡Por algo a una botella vacía se la llama «marino» aquí en esta tierra! ¡Ocupan la cocina de mi tripulación, dejan que un par de docenas de perros se caguen desde el bauprés al pasamano de la borda…! ¡Fijaos en mi bota! ¡Mierda de perro, Ross, cochina mierda de perro! ¡Me han matado dos gallinas, cuatro patos y un ganso! ¡Por no hablar de la oveja a la que tuve que matar de un disparo porque uno de los condenados bulldogs le hincó el diente y no la quería soltar! ¡Bueno, primero tuve que matar al condenado perro, hijoputa sin madre de las Tierras Bajas de Escocia!
– ¿Quién es el hijoputa de las Tierras Bajas, engendro de ramera de Glasgow?
Se produjo una pausa en cuyo transcurso ambos contendientes buscaron desesperadamente nuevos insultos con que herir de muerte a su oponente, mientras los convictos permanecían inmóviles como estatuas por temor a que repararan en su presencia y los enviaran a cubierta.
– Los lores del Almirantazgo aceptaron la oferta de Walton, lo cual ejerció una influencia decisiva en la elección del Alexander -contestó Sinclair cuyos ojos se habían convertido ahora en dos ardientes hendiduras-. ¡Echad la culpa a vuestros superiores, Ross, no a mí! ¡Cuando me enteré de que tendría que acoger a cuarenta infantes de marina y a doscientos diez convictos, la cosa no me hizo mucha gracia que digamos! Los marinos tendrán que alojarse aquí y, si no os gusta, os tendréis que fastidiar.
– ¡Ni me gusta ni me voy a fastidiar, inmundo trasero de elefante! Alojaréis a mis muchachos en el entrepuente y ofreceréis a mis oficiales un acomodo aceptable, de lo contrario, mis palabras llegarán desde el gobernador Phillip al mismísimo lord almirante Howe y a sir John Middleton…, incluyendo a lord Sydney y al señor Pitt! Tenéis dos alternativas, Sinclair. O colocáis a vuestra tripulación aquí abajo y dejáis a mis marinos donde están o desplazáis el mamparo de popa de la prisión veinticinco pies hacia proa. Ahora que nuestra flota dispone del Prince of Wales, los convictos desalojados se pueden enviar allí. ¡Y no hay más que hablar, cara de sebo! -dijo Ross, juntando las manos envueltas en unos inmaculados guantes blancos.
– ¡Pues sí hay! -replicó Sinclair, apretando los dientes. El espectáculo de toda aquella grasa alterada por la furia estaba adquiriendo proporciones homéricas-. El Alexander se contrató para el transporte de doscientos diez convictos, no de ciento cuarenta convictos y cuarenta infantes de marina en un espacio destinado a setenta convictos más! El propósito de esta expedición no es el de mimar a una pandilla de sarnosos marinos, sino el de transportar a aquel lejano rincón del mundo al mayor número de delincuentes de Inglaterra posible. Quiero mantener el número de convictos previsto en el contrato y, si queréis, asumiré la plena responsabilidad de su confinamiento por medio de mi tripulación. Es así de sencillo, comandante Ross. Podéis sacar a vuestros preciosos marinos del Alexander. Yo encerraré permanentemente a los convictos en la prisión y les daré de comer a través de los barrotes de la escotilla a lo largo de toda la travesía y, de esta manera, podremos prescindir del servicio de guardia de los marinos.
– Lord Sydney y el señor Pitt no lo aprobarán -dijo Ross, pisando terreno seguro-. ¡Ambos son hombres modernos que tienen empeño en que los convictos lleguen a Botany Bay en mejores condiciones que los esclavos que vos entregabais en las Barbados! Si mantenéis permanentemente encerrados a estos hombres durante un año, la mitad de ellos habrá muerto al llegar y la otra mitad sólo será apta para el manicomio. Por consiguiente -añadió haciendo gala de una dureza análoga a la de un cañón de hierro fundido de treinta y dos toneladas-, quizá convendría que os construyerais una chupeta de popa y un castillo de proa dentro del plazo de un mes. Puede que tengáis que trasladaros a vivir en solitario esplendor una cubierta más arriba y entregar vuestro alcázar a mis oficiales. No olvidéis, Sinclair, que tenéis que alojar también al médico del barco, el agente naval y el agente del contratista, todos los cuales tienen rango de alcázar. ¡Lo ocuparán sin vuestra presencia, tacaña bolsa de bilis! En cuanto a vuestra tripulación, alojadla en el lugar que le corresponde, en un castillo de proa. Entonces mis hombres podrán subir al entrepuente y yo me encargaré de proporcionarles una cocina en la que puedan preparar su comida y la de los convictos. ¡De esta manera, vuestra tripulación podrá conservar su cocina, vos os podréis construir otra en la chupeta, los oficiales podrán utilizar la del alcázar y el Alexander se convertirá en algo parecido a un barco y no en un buque negrero, miserable bola de grasa!
En el transcurso de la perorata, las grises rendijas de los ojos habían pasado de la furia asesina a una taimada expresión más natural.
– Eso -dijo Sinclair- le costaría a Walton por lo menos mil libras.
El comandante Ross giró sobre sus talones y empezó a subir la escalera de mano.
– Enviad la factura al Almirantazgo -dijo, antes de desaparecer.
El capitán Duncan Sinclair contempló la escalera y, de repente, pareció percatarse por primera vez del silencioso círculo de hombres que lo rodeaba.
– Necesitaréis varios cubos para eliminar este desbordamiento de líquido -le dijo lacónicamente a Ike Rogers- y, de paso, levantad aquella escotilla de allí y empezad a vaciar el pantoque de babor. Algunos de vosotros podéis eliminar el agua de la banda de babor. Echad agua de mar y seguid achicando hasta que el agua del pantoque salga clara. El hedor llega hasta el alcázar. -Volvió a contemplar la escalera-. Tú, tú y tú -les dijo a Taffy, Willy y Neddy, todos ellos muy altos-, colocad los hombros bajo mi trasero y empujadme hacia arriba por esta condenada escalera.
En cuanto se desvaneció el ruido de su ascenso, los convictos estallaron en unas sonoras risotadas.
– Por un momento, Neddy -dijo Ike con la voz entrecortada por la risa-, pensé que lo ibas a arrojar de culo al agua del pantoque.
– Tuve esta tentación -dijo Neddy, secándose las lágrimas de risa-, pero es el capitán y creo que es mejor no ofenderle. Al comandante Ross no le importa a quién ofende, eso está claro. -Soltó una carcajada-. ¡Culo de elefante! ¡Es lo que más le cuadra! Os juro que eso de empujarlo escalera arriba por poco nos mata.
– El comandante Ross ha ganado la partida -dijo Aaron Davis en tono pensativo-, pero ha puesto el trasero al alcance de las botas del Almirantazgo. Si el capitán Sinclair va y construye una chupeta y un castillo de proa, el Almirantazgo se negará a pagar la factura y el comandante Ross se verá metido en un buen aprieto.