– No sé por qué- dijo Richard sonriendo-, pero no me imagino al comandante Ross bajándose las calzas para ofrecer el trasero a la bota de nadie. Sus impecables calzas blancas seguirán donde están, ya lo veréis. Tiene razón. El Alexander no puede albergar a tanta gente sin un alcázar y un castillo de proa. -Soltó un resoplido-. Bueno, ¿quién quiere participar en las tareas de achicamiento? Siempre y cuando podamos convencer al teniente Johnstone de que nos proporcione más cubos, pues no pienso utilizar los de la prisión para eliminar toda esta porquería. Bristolianos, nosotros encabezaremos las tareas de limpieza en los pantoques. Jimmy, ve a hacerle una sonrisita al precioso teniente, a ver si nos da más cubos.
El capitán Sinclair llevó a cabo las obras de reforma, pero lo hizo por un precio muy inferior a mil libras. Mientras los convictos que permanecían a bordo se afanaban con el aceite de brea y el jalbegue, se desarrollaban a su alrededor las tareas de carga, lo cual les permitió hacerse una idea del lugar en el que se iba a almacenar cada cosa. Los mástiles de repuesto fueron asegurados en la cubierta debajo de los botes mientras que las vergas, las velas y los cabos se colocaron abajo; los toneles de agua de ciento sesenta galones de capacidad, los objetos más pesados de toda la carga del barco, se colocaron todos juntos al lado de otros objetos más livianos. Se izaron a bordo barricas y más barricas de cecina y carne de cerdo salada, sacos y más sacos de pan duro, guisantes secos, garbanzos de la variedad llamada «calavance», barriletes de harina, sacos de arroz y gran cantidad de fardos de áspero tejido cosido, con el nombre del propietario escrito en tinta. Había también varios fardos de ropa que los marineros llamaban «desechos», destinados, al parecer, a los convictos cuando se gastara la ropa que llevaban puesta.
Todo el mundo sabía que había pipas de ron a bordo; ni la tripulación ni los marinos habrían podido resistir una travesía seca. El ron era lo que permitía soportar las desdichas de unos alojamientos tremendamente reducidos y una comida que dejaba mucho que desear. Pero no se guardaban en las bodegas generales sino debajo de la prisión o en el entrepuente.
– Es listo nuestro gordinflón capitán -dijo William Dring de Hull con una sonrisa en los labios-. Justo a proa hay otra bodega en dos cubiertas. La de arriba es para la leña, la reparten por doquier entre el bauprés y la fogonadura. La de abajo tiene un recubrimiento de hierro, y allí es donde va a parar el ron. No se puede tener acceso a él desde la prisión porque el mamparo de proa tiene un pie de grosor y está lleno de clavos, lo mismo que el de popa. Y tampoco se puede acceder a él desde la bodega de la leña, a no ser que se armara un ruido del carajo. El ron para repartir se guarda en un gran armario del alcázar y el propio capitán se encarga de repartirlo. Nadie lo puede robar a causa de Trimmings.
– ¿Trimmings? -preguntó Richard-. ¿El mayordomo de Sinclair?
– Sí, y, además, está completamente a su servicio. Espía y lo abre y fisgonea todo.
– Cuenta con sus propios cómplices para llevar a cabo sus fechorías -terció Joey Robinson, el amigo de Dring; ambos eran marineros y habían trabado amistad con varios miembros de la tripulación-. Incluso se ganó a cinco convictos, todos muy expertos en clavar clavos. El castillo de proa no es más que un castillo de proa, pero algunos valiosos paneles de madera de caoba han ido a parar a la chupeta. El capitán ha birlado todo el mobiliario del camarote grande, por lo que el comandante Ross tendrá que pedir más para el alcázar, y no está muy contento que digamos.
El comandante Ross nunca estaba contento. Sin embargo, su descontento iba más allá del capitán Duncan Sinclair y del Alexander. La nueva batalla, tal como varios marinos les habían revelado a los convictos (el chismorreo era la principal distracción a bordo), giraba en torno al deseo de que el arroz de la expedición se cambiara por harina de trigo. Por desgracia, el contrato con el señor William Richards hijo se había redactado según el modelo correspondiente al transporte del personal del ejército, según el cual el frugal proveedor de alimentos destinados a los convictos y los marinos por igual estaba autorizado a sustituir parcialmente la harina con arroz. El arroz era barato, tenía un almacén lleno y ocupaba menos sitio porque aumentaba durante la cocción. Pero lo malo era que el arroz no prevenía el escorbuto mientras que la harina, sí.
– No lo entiendo -dijo Stephen Martin, uno de los dos reposados bristolianos enviados junto con Crowder y Davis-. Si la harina puede prevenir el escorbuto, ¿por qué no el pan? Está hecho de harina.
Richard trató de recordar lo que había dicho su primo James el farmacéutico a propósito de aquella cuestión.
– Creo que la causa es la cocción -dijo-. Nuestro pan es duro… Son sequetes. Contienen tanta cebada y centeno como trigo si no más.
La harina es trigo molido. Por consiguiente…, el antiescorbútico tiene que estar en el trigo. O, a lo mejor, la harina se empasta en bolas para el estofado o la sopa y no cuece lo bastante para que se destruya la sustancia que previene el escorbuto. La fruta y la verdura son lo mejor, pero a bordo de un barco no las hay. Hay un repollo encurtido llamado «chucrut» que mi primo James importa de Bremen para algunos capitanes de barco de Bristol porque sale más barato que el extracto de malta, que es un excelente antiescorbútico. Pero lo malo del chucrut es que los marineros lo aborrecen y hay que azotarlos para que se lo coman.
– ¿Hay algo que tú no sepas, Richard? -preguntó Joey Long, en cuya opinión Richard era algo así como una enciclopedia ambulante.
– Apenas sé nada, Joey. La fuente de conocimientos es mi primo James. Lo único que yo tenía que hacer era escucharle.
– Y eso lo haces muy bien -dijo Bill Whiting. Se apartó un poco para supervisar su trabajo, que ya estaba casi terminado-. Hay algo muy bueno en todo este enjalbegado. Cuando se coloquen los barrotes en las escotillas, habrá mucha más luz dentro. -Rodeó con su brazo los hombros de Will Connelly-. Si nos sentamos alrededor de la mesa que hay justo debajo de la escotilla de popa, Will, tendremos suficiente luz para leer.
Todo el contingente de convictos había regresado a bordo poco después de abril mientras la construcción del castillo de proa y la chupeta seguía adelante a muy buen ritmo. Los convictos ignoraban que el comandante Ross aún no había escrito a las autoridades a propósito de las condiciones del Alexander, pues prefería protestar cuando las reformas estuvieran lo bastante adelantadas para que no se pudieran interrumpir. El capitán Sinclair había decidido construir los nuevos alojamientos de la tripulación dentro del casco, dejando una pasarela de tres pies de anchura a ambos lados para facilitar el acceso a la proa, donde estaban situados los míseros retretes de los tripulantes. Para los convictos que habían permanecido a bordo del Alexander durante la puesta en práctica de las medidas higiénicas, aquella situación había sido una delicia; las escotillas estaban abiertas y ellos también habían podido utilizar los retretes de los tripulantes en lugar de los cubos que les servían de orinal. La escotilla situada a proa del trinquete estaba ahora protegida por una especie de casa (una estructura semejante a una caseta de perro, con techumbre curva) para que los cocineros pudieran tener acceso a la bodega de la leña sin mojarse cuando hacía mal tiempo; la escotilla situada justo delante del alcázar que conducía al entrepuente también estaba protegida por una caseta mientras que las dos escotillas de la prisión sólo disponían de unos barrotes y se podían atrancar con unos sólidos tablones.