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Ahora las atrancarán, pensó Richard, siempre que el mar salte a la cubierta y entonces nos quedaremos totalmente ciegos hasta que amaine el temporal. No habrá luz ni aire.

A pesar de la carne fresca y la verdura que comían a diario y a pesar de que les habían dado permiso para subir a cubierta en pequeños grupos para respirar el aire y hacer ejercicio, la enfermedad a bordo del Alexander seguía causando estragos. Murió Willy Wilton, la primera baja entre los convictos del suroeste de Inglaterra, aunque no a causa de aquella especie de epidemia de paperas. Cogió frío en medio del mal tiempo y éste le afectó los pulmones. El médico Balmain le aplicó emplastos calientes para extraer y ablandar la flema, pero Willy murió en el transcurso del mismo tratamiento que un médico habría aplicado a cualquier bristoliano libre. Los emplastos eran el único remedio contra la pulmonía. Ike Rogers lo lamentó con toda su alma. No era el mismo hombre que Richard había conocido en la cárcel de Gloucester; toda su agresividad era falsa. Debajo de ella se ocultaba un hombre amante de los caballos y de la libertad de los caminos.

Otros también murieron; a finales de abril, la muerte se había cobrado un tributo de doce convictos. Y la enfermedad se estaba propagando también entre los marinos, con fiebres, inflamaciones pulmonares, delirios, parálisis. Tres aterrorizados soldados rasos se fugaron y un cuarto lo hizo el último día del mes. Un sargento, un tambor y catorce soldados rasos habían sido enviados al hospital y no era fácil encontrar otros que los sustituyeran. El Alexander estaba adquiriendo fama de ser el barco de la muerte de la flota, una fama que seguiría conservando. De vez en cuando, todos los convictos menos los pertenecientes a la primera remesa (reducidos a setenta y un hombres, tras la muerte de Will Wilton) eran enviados a otro sitio y se repetían las fumigaciones y las tareas de limpieza con vinagre, aceite de brea y jalbegue.

Cada vez, el grupo de babor de Richard encontraba los pantoques llenos de porquería.

– Si no hubiera bombas en los pantoques, daría lo mismo -dijo Mikey Dennison, asqueado-. No funcionan.

Murieron otros tres hombres. Ahora los muertos ya eran quince, contando desde el primero de abril, y el número de convictos había bajado de doscientos diez a ciento noventa y cinco.

El 11 de mayo, más de cuatro meses después de que los convictos hubieran subido a bordo del buque de la muerte, se recibió la noticia de la llegada del gobernador Phillip a bordo del Sirius, su buque insignia, y se informó de que la flota de once barcos se haría a la mar a la mañana siguiente. Pero no fue así. La tripulación del buque almacén Fishburn no había cobrado la paga y se negó a zarpar sin antes haber cobrado su paga. Los convictos del Alexander se tumbaron a dormir en sus catres, tras haber recibido finalmente unas mantas. Una para cada dos hombres. Puede que ello fuera una especie de recompensa por haber sido obligados a desnudarse y ser registrados cualquiera sabía por qué. Afortunadamente, estando presente el comandante Ross, ninguno de ellos fue sometido a examen rectal. Y a nadie se le confiscó nada.

Aproximadamente una hora después del amanecer del 13 de mayo -se acercaba el solsticio de verano y amanecía muy temprano- Richard se despertó y se dio cuenta de que el Alexander se movía, pues se oía el crujido de las cuadernas y el rumor del agua contra los costados y se percibía un suave balanceo. Suficiente para que Ike ya estuviera vomitando, pero, por suerte, ya habían resuelto el problema facilitándole el cuenco de madera en el que solía comer el pobre Will y que Joey Long se había comprometido a vaciar en el cubo-orinal siempre que fuera necesario.

Robert Jefferies de Devizes murió aquel día de pulmonía; las mantas habían llegado demasiado tarde para muchos hombres.

Una vez superados los Needles del extremo oriental de la isla de Wight, cosa que ocurrió aquel mismo día, el Alexander adquirió más velocidad que en cualquier momento de la lenta travesía desde Tilbury a Portsmouth. El barco se balanceaba mucho y cabeceaba un poco, lo cual dio lugar a que muchos convictos se tumbaran en los catres, víctimas del mareo. Richard experimentó unas náuseas que pudo controlar al cabo de tres horas sin llegar a vomitar. ¿Acaso los bristolianos se acostumbraban automáticamente al mar? A los demás bristolianos -Connelly, Perrott, Davis, Crowder, Martin y Morris- les ocurrió lo mismo. Al parecer, los que peor lo pasaban eran los chicos del campo, aunque ninguno llegaba al extremo de Ike Rogers.

Al día siguiente, el teniente de navío Shairp y el médico Balmain bajaron por la escotilla con más torpeza que cuando el barco se encontraba en aguas mansas, pero con la suficiente dignidad para no perder la compostura. Los dos soldados rasos que los acompañaban recogieron el cuerpo de Robert Jefferies mientras Shairp y Balmain avanzaban por el ondulante pasillo agarrándose a los bordes de las plataformas, y Shairp en particular, procurando no poner la mano sobre el vómito de alguien. La orden era la misma: levántate y limpia la cubierta, levántate y vacía el cubo, levántate y limpia el catre, me importa un bledo que te encuentres muy mal. Si has vomitado sobre la manta, lávala. Si has vomitado sobre la estera, lávala. Si te has vomitado encima, lávate.

– Si eso lo hacen cada día, la prisión se conservará limpia -dijo Connelly-. Eso espero, por lo menos.

– Pues no lo esperes -dijo Richard-. Eso es obra de Balmain, no de Shairp, pero lo que ocurre es que Balmain no es un hombre metódico. Por suerte, la comida ya se ha vomitado, lo cual quiere decir que lo peor con que tendremos que enfrentarnos será la mierda. Se quedarán tumbados allí y se cagarán encima, y por lo menos la mitad de ellos jamás en su vida se ha lavado. Si nosotros estamos limpios y nuestra limpieza se está propagando, ello se debe a mi primo James y a que yo les pego tales broncas que me tienen más miedo a mí que al agua de lavarse. -Esbozó una sonrisa-. En cuanto se acostumbren a lavarse, el hecho de sentirse limpios les empezará a resultar más agradable.

– Eres un hombre muy raro, Richard -dijo Will Connelly-. Por mucho que lo niegues, no cabe duda de que eres el jefe de la banda de babor. -Cerró los ojos y se concentró en sus mecanismos internos-. Me encuentro bien y voy a intentar leer un poco.

Se sentó en un banco junto a la mesa central situada justo bajo la escotilla abierta, con los tres volúmenes de Robinson Crusoe, encontró el punto en el primero y no tardó en enfrascarse en su lectura, aparentemente ajeno al movimiento del barco.

Richard se sentó a su lado con su diccionario geográfico de todo el mundo; las capas de enjalbegue habían modificado por completo la situación.

Para cuando el Alexander hubo dejado atrás el sur de Plymouth, casi todos los hombres se habían acostumbrado al mar, aunque Ike Rogers y otros aún seguían con las mismas. Los hombres podían incluso avanzar por los pasillos tras haberse acostumbrado al movimiento de vaivén vertical de la cubierta, que parecía levantarse para rozarles los pies y después se alejaba nuevamente de ellos. Así fue cómo Richard, haciendo ejercicio, trabó conocimiento con John Power, el jefe de proa.

Power era un apuesto joven tan ágil y flexible como un gato, de ardientes ojos negros y una curiosa manera de gesticular expresivamente con las manos mientras hablaba. Muy gabacho, muy italiano, nada inglés, holandés o alemán. Parecía que estuviera sometido a una fuerte presión, pero no se le veía angustiado o malhumorado sino rebosante de energía y entusiasmo. Y sus ojos decían que le encantaba correr riesgos.

– ¡Richard Morgan! -exclamó cuando Richard pasó por delante de su catre, el situado en el ángulo superior, en el que el mamparo de proa se juntaba con el casco de estribor-. Te doy la bienvenida a territorio enemigo.

– Yo no soy tu enemigo, John Power. Soy un hombre tranquilo que cuida de sus asuntos.