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– Que son los de la banda de babor. Me dicen que está muy pulcra y ordenada. Al estilo de Bristol, todo muy bien arregladito.

– Soy de Bristol, en efecto, pero ven tú mismo a verlo con tus propios ojos. Es cierto que nos ocupamos de nuestros propios asuntos, pero es que ninguno de nosotros habla la jerga de Londres.

– A mis hombres les gusta hablar así, pero a mí me da igual… Los marineros lo aborrecen. -Power bajó del catre y se acercó a Richard-. Eres un viejo, Morgan, ahora que te veo de cerca.

– Treinta y ocho años cumplí en septiembre, aunque, hasta ahora, no he notado demasiado el peso de los años, Power. Mi fuerza ha menguado un poco tras pasarme nueve meses a bordo del Alexander, pero en Portsmouth tuvimos que trabajar un poco, lo cual me vino muy bien. Siempre les encargan las tareas del pantoque a los bristolianos porque nuestras narices aguantan los olores más nauseabundos. ¿Estuviste en la gabarra, en The Firm o el Fortunee?

– En la gabarra. Me llevo bien con la tripulación del Alexander, por eso mis hombres nunca conocieron la experiencia de los pontones de Portsmouth. -Lanzó un profundo suspiro como de júbilo-. Tengo intención de trabajar cuanto antes como marinero en el Alexander. El señor Bones, que es el tercer oficial, me lo prometió. Entonces recuperaré la fuerza.

– Yo pensaba que nos mantendrían bajo la cubierta durante toda la travesía.

– No creo que eso ocurra si el señor Bones está en lo cierto. El gobernador Phillip dice que no se puede permitir que nos deterioremos, que necesita que estemos en buenas condiciones de trabajar cuando lleguemos a Botany Bay.

Habían llegado al barril de agua de mar del mamparo de estribor y dieron la vuelta para echar a andar en sentido contrario. Power miró de soslayo a Will Connely inclinado sobre Daniel Defoe.

– ¿A todos vosotros os gusta leer? -preguntó con una pizca de envidia.

– A seis de nosotros nos gusta y cinco somos de Bristol, Crowder, Davis, Connelly el que ves allí, Perrott y yo. El único que no lo es, es Bill Whiting -contestó Richard-. Bristol está lleno de escuelas de beneficencia.

– Pues en Londres no hay casi ninguna. Aunque a mí siempre me ha parecido una pérdida de tiempo eso de leer libros, pues los rótulos de todas las tiendas ya te dicen lo que hay dentro. -Las manos de Power se agitaron de una manera muy rara-. Pero ahora creo que sería bueno leer libros. Así se entretiene uno.

– Cuando estás arriba, no lo pasas mal. ¿Estás casado?

– ¡Qué va! -Power inclinó los pulgares hacia abajo-. Las mujeres son veneno.

– No, son exactamente como nosotros, unas buenas, otras malas y algunas ni lo uno ni lo otro.

– ¿A cuántas de cada clase has conocido? -preguntó Power, esbozando una sonrisa que dejó al descubierto unos fuertes y blancos dientes… Eso quería decir que no era bebedor.

– A más de las buenas que de las malas y a ninguna que no fuera ni lo uno ni lo otro.

– ¿Y esposas?

– Dos, según mis documentos.

– ¡Pues el teniente Johnstone me ha dicho que no hay ningún documento! -Power apretó los puños en señal de regocijo-. ¿Te imaginas? El Home Office nunca llegó a enviarle a Phillip nuestra lista, lo cual significa que nadie sabe cuáles son nuestros delitos ni cuanto tiempo de condena tenemos que cumplir. Yo quiero aprovecharlo en cuanto llegue a Botany Bay, Morgan.

– El Home Office parece tan eficaz como la Oficina de Recaudación del Impuesto de Bristol -dijo Richard cuando llegaron a la altura del catre de Power, y éste se encaramó al mismo sin que apenas se notara su movimiento. Tenía la misma gracia que Stephen Donovan cuya compañía tanto echaba de menos Richard, ahora que estaban abajo. Puede que fuera una señorita Molly, pero era un hombre muy culto y no era un convicto, lo cual permitía hablar con él de otras cosas que no fueran la prisión.

Richard regresó con expresión pensativa a su catre. Interesante noticia, que ninguna autoridad tuviera la menor idea de la clase de delito que habían cometido los convictos y de la pena que todavía les quedaba por cumplir a cada uno. Puede que el resultado fuera el que esperaba Power, pero también cabía la posibilidad de que el Gobierno adoptara una arbitraria decisión en el sentido de que todos los convictos cumplieran una condena de catorce años. A nadie le habría interesado una horda de convictos que afirmara haber cumplido su condena a los seis meses o al año de su llegada. Lo cual le hizo comprender por qué razón los habían registrado en Portsmouth. Comprar un pasaje de vuelta a casa en barco resultaba muy caro; todo el mundo sabía que un viaje de vuelta no entraba en los planes del Parlamento. Algún miembro del séquito de Phillip había tenido la astucia de adivinar que muchos hombres y mujeres ocultarían unos ahorrillos destinados a pagarse el viaje de vuelta a casa. ¡Habríais sido un buen señor Sykes, comandante Ross! Pero tan bruto no sois, a pesar de lo que seguramente sabíais. Os he interpretado bien: Un hombre con un rígido código de honor, un ardiente defensor y protector de vuestros hombres, un pesimista escocés de lengua acerada, no excesivamente ambicioso y con tendencia a los mareos.

El 20 de mayo, mientras el Alexander navegaba en medio de un fuerte oleaje y bajo una lluvia torrencial, los convictos recibieron la orden de subir a cubierta en pequeños grupos para que les retiraran los hierros de las piernas. Los enfermos subieron primero, entre ellos Ike Rogers, el cual estaba tan indispuesto que el médico Balmain le había recetado un vaso de vino de Madeira de alta graduación dos veces al día.

Cuando Richard subió, se había desatado un pequeño temporal y no se podía ver nada, más allá del barco y de unas cuantas yardas de océano cubierto de cabrillas, pero los cielos lloraban lágrimas de agua pura, saludable y verdadera. Alguien lo arrojó a la cubierta con las piernas estiradas hacia delante. Dos marinos se sentaron en unos taburetes, uno a cada lado suyo. Uno de ellos introdujo un ancho escoplo de hierro por debajo del grillo para clavarlo en una plancha de hierro, mientras el otro descargaba un martillo sobre su extremo. El dolor fue terrible porque se transmitió a la pierna, pero no le importó. Levantó el rostro hacia la lluvia y dejó que ésta le cayera en cascada sobre la piel mientras su espíritu liberado se elevaba hacia los grises jirones de una nube. Tras un segundo e insoportable dolor que le liberó la otra pierna, se sintió ligero de pies y de cabeza, empapado de agua y absoluta y totalmente feliz.

Alguien, no supo quien, le ofreció una mano para ayudarlo a levantarse. Se tambaleó medio aturdido cuando intentó apartarse para no estorbar y asimilar el hecho de que, tras haberse pasado treinta y tres meses aherrojado, ahora se encontraba de repente libre de sus cadenas.

Al regresar a la prisión, empezó a temblar, se quitó la ropa, escurrió el agua de las prendas sobre la piedra de filtrar, las puso a secar en una cuerda tendida entre el tonel de agua de mar y un bao, se secó el cuerpo con un trapo y se puso ropa limpia. Era un día especial, un acontecimiento de los que hacen época.

A la mañana siguiente, miró a sus amigos y procuró verlos a todos tal como se veía a sí mismo. ¿Qué sentían? ¿Qué pensaban acerca de la enormidad de aquel gran experimento en vidas humanas? ¿Había comprendido alguno de ellos que su hogar ya estaba perdido para siempre? ¿Soñaban con algo? ¿Esperaban algo? Y, en caso afirmativo, ¿en qué soñaban, qué esperaban? Pero no lo podía saber porque ninguno de ellos lo sabía. Si hubiera formulado aquellas preguntas en voz alta, si se las hubiera formulado directamente, habrían contestado tal como suelen contestar siempre los hombres: dinero, propiedades, comodidades, sexo, una esposa y una familia, una larga vida, el término de las preocupaciones. Bueno, él también esperaba y soñaba con todas aquellas cosas y, sin embargo, no era eso lo que ansiaba saber.