Todos lo miraban con confianza y afecto, y eso ya era un buen comienzo, pero en modo alguno un final. Era necesario que cada uno de ellos comprendiera que su destino estaba en sus propias manos, no en las de Richard Morgan. El jefe de la banda de babor puede que fuera un padre, pero no podía ser una madre.
Ahora estaban autorizados a subir a cubierta siempre y cuando todos los ocupantes de la prisión no subieran al mismo tiempo y siempre y cuando no molestaran a la tripulación. Pero a John Power, rebosante de entusiasmo, le permitieron trabajar como marinero, al igual que a Willy Dring y Joe Robinson. Por muy extraño que le pudiera parecer a Richard, no a todos los convictos les apetecía subir a cubierta. Comprendía que así fuera en el caso de los que todavía estaban mareados -el golfo de Vizcaya había causado bajas entre algunos que hasta entonces no habían resultado afectados-, pero, ahora que se habían librado de sus cadenas, muchos se conformaban con permanecer tumbados en sus catres o con reunirse en torno a una mesa para jugar a las cartas. Cierto que aún soplaba un vendaval y seguía lloviendo, pero por algo el Alexander era un poderoso barco negrero. Serían necesarios mares mucho más agitados que aquel que estaba surcando en aquellos momentos, para que las cubiertas se llenaran de agua y se diera orden de atrancar las escotillas.
Para cuando se recibió la autorización del teniente Johnstone, el cielo ya se estaba despejando. Les habían dado de comer y de beber, el inevitable pan duro, la cecina y la pésima agua de Portsmouth. Seis soldados rasos recibieron la orden de arrojar cubos de agua salada a los barriles de la prisión, mientras el severo y pulido teniente de navío Shairp subía y bajaba por los pasillos, ordenando a los perezosos que limpiaran sus cubiertas y plataformas. En la certeza de que Shairp no tendría ninguna queja acerca del sector que ellos ocupaban, nueve de los once hombres de Richard subieron a cubierta a través de la escotilla, saludando con la mano a Ike y a Joey Long.
Se acercaron corriendo a la barandilla para contemplar por vez primera el océano. El color gris se mezclaba todavía con el azul acero y aún quedaban muchas cabrillas, pero el horizonte resultaba visible y también los demás barcos, algunos a babor, otros a estribor y otros tan lejos de la popa que no se veían sus cascos y sólo se distinguían los mástiles. Muy cerca de ellos navegaba el Scarborough, el otro gran barco negrero, todo un espectáculo con sus velas hinchadas por el viento y los gallardetes ondeando de acuerdo con algún ignorado código naval, mientras la chata proa mordía el oleaje que acariciaba el bao de popa de estribor siguiendo la misma dirección del viento. Su superestructura era más grande que la del Alexander, lo cual tal vez fuera el motivo de que Zachariah Clark, el agente del contratista, hubiera optado por viajar en él. El agente naval teniente John Shortland era otro desertor que viajaba en el barco almacén Fishburn, a pesar de que uno de sus dos hijos era segundo oficial del Alexander. El otro se encontraba a bordo del Sirius. El nepotismo estaba a la orden del día.
Tal como había ocurrido en Tilbury, los seis hombres de Richard se fueron cada cual por su lado en cuanto aspiraron una bocanada de aire fresco y tuvieron la oportunidad de estar relativamente solos. Richard se encaramó a una de las dos lanchas aseguradas boca abajo al través de los mástiles de repuesto, y contó los barcos. Un bergantín de tamaño dos veces inferior al del Alexander navegaba en cabeza, seguido del Alexander y el Scarborough; a continuación, la corbeta de dos palos Supply, pegada al Sirius como un cachorro a su madre. Detrás navegaba un barco que parecía el Lady Penrhyn y después aquellas dos series de mástiles en el horizonte. Once bajeles en total, a no ser que hubiera otros todavía invisibles.
– Buenos días te dé Dios, Richard Morgan de Bristol -dijo Stephen Donovan-. ¿Qué tal te notas las piernas?
Una parte de Richard deseaba la soledad, pero otra se alegraba mucho de ver a la señorita Molly Donovan, sobre la cual no se había equivocado al pensar que era demasiado inteligente para no saber que sus tendencias sexuales no eran correspondidas.
– ¿Queréis decir por el mar o por los hierros? -preguntó, disfrutando de aquella sensación de subir y bajar.
– El mar no constituye ahora un problema, eso está claro. Me refería a los hierros.
– Tendríais que haberlos llevado treinta y tres meses para comprender qué tal me encuentro sin ellos, señor Donovan.
– ¡Treinta y tres meses! ¿Qué hiciste Richard?
– Me declararon culpable de extorsionar quinientas libras.
– ¿A cuánto te condenaron?
– A siete años.
Donovan frunció el entrecejo.
– Me parece absurdo. En justicia, te habrían tenido que ahorcar. ¿Acaso te indultaron?
– No. La sentencia inicial fue de siete años de deportación.
– El jurado no debía de estar muy seguro.
– Pero el juez sí lo estaba. Se negó a recomendar clemencia.
– Pero no parece que guardes rencor.
Richard se encogió de hombros.
– ¿Por qué iba a guardar rencor? La culpa fue mía y de nadie más.
– ¿Cómo te gastaste las quinientas libras?
– No intenté cobrar el pagaré y, por consiguiente, no gasté nada.
– ¡Ya sabía yo que eras un hombre interesante!
Richard, que no deseaba evocar los recuerdos que aquella conversación le traía a la mente, cambió de tema.
– Decidme cuáles son los distintos barcos, señor Donovan.
– El Scarborough navega al paso con nosotros, el Friendship lleva la delantera…, ¡es un velero muy rápido! Les dará una lección a todos los demás.
– Y eso, ¿por qué? No soy un bristoliano experto en cuestiones navales.
– Porque está en muy buenas condiciones. Las velas que lo gobiernan están ajustadas de tal forma que le permiten resistir tanto en medio de un céfiro como de una galerna. -Donovan extendió un largo brazo para señalar al Supply-. Aquella corbeta está aparejada como si fuera un bergantín, lo cual no le conviene para nada. Puesto que tiene un segundo palo, Harry Ball habría hecho bien en aparejarla como si tuviera una vela cangreja. Es lenta como una babosa en cuanto el mar se alborota, pues se hunde tanto en el agua que no puede hacer suficiente fuerza de vela. El Supply es un velero para vientos ligeros que navega muy a gusto en el Canal, donde ha desarrollado toda su carrera. Harry Ball debe de estar rezando para que haga buen tiempo.
– ¿No es el Lady Penrhyn el que navega detrás de los dos bajeles de la Armada Real?
– No. Es el Prince of Wales, el navío de transporte adicional. A continuación navegan el Golden Grove, el Fishburn y el Borrowdale. Las dos tortugas que vienen detrás son el Lady Penrhyn y el Charlotte. De no ser por ellos, ya estaríamos mucho más lejos, pero las órdenes del comodoro son tajantes. Ningún navío tiene que perder de vista a los demás. Por consiguiente, el Friendship no puede desplegar los juanetes y nosotros no podemos desplegar los sobrejuanetes. ¡Ah, qué agradable resulta estar de nuevo en el mar! -Los brillantes ojos azules vieron aparecer al teniente John Johnstone desde sus dominios del alcázar; Stephen Donovan soltó una carcajada-. Ten la certeza, Richard, que cualquier día de éstos te volveré a ver.
Y allá se fue para reunirse con el comandante de marina, con quien parecía mantener excelentes relaciones.
¿Serán tal para cual?, se preguntó Richard sin abandonar el lugar que ocupaba. Oyó el ruido de sus tripas; en medio de todo aquel aire tan vivificante, necesitaba más comida, pero eso no lo iba a conseguir. Una libra escasa de pan duro y mucho menos de la mitad de tres cuartos de libra de cecina al día, más dos cuartos de agua de Portsmouth. No era suficiente ni con mucho. ¡Con cuánta nostalgia recordaba los días de los botes cantina del Támesis y los buenos almuerzos!