Todos los convictos excepto los enfermos experimentaban una constante sensación de hambre. Aprovechando las veces en que él y los demás ocupantes de los catres de babor de la parte de la popa se encontraban en cubierta, algunos de los holgazanes de estribor que tenían enfrente se habían dedicado a construirse un pie de cabra a partir de un tornillo de hierro del palo mayor, con el cual habían conseguido abrir las escotillas de la bodega que punteaban a intervalos los pasillos. No encontraron ron sino varios sacos de pan. Pero siempre había un soplón en alguna parte. La siguiente vez que lo hicieron, doce marinos aguardaban al acecho bajo la escotilla de popa para pillar in fraganti a los ladronzuelos, mientras éstos se daban un atracón y arrojaban alegremente las pequeñas hogazas más duras que una piedra a las implorantes manos o voces que las esperaban con ansia.
Seis hombres fueron arrastrados a cubierta, donde los aguardaban los tenientes Johnstone y Shairp.
– Veinte azotes y otra vez encadenados -dijo lacónicamente Johnstone.
Hizo una indicación con la cabeza al cabo Sampson, el cual emergió de la caseta de la escotilla de popa con su azote de nueve ramales, el llamado «gato de nueve colas», que no era, tal como dijera en cierta ocasión el señor Thistlethwaite, una criatura de cuatro patas que hacía «miau» sino un instrumento con un grueso mango de cuerda enrollada alrededor de un núcleo central, con nueve delgados cordeles de cáñamo anudados a intervalos y terminados con una bola de algo que tenía el mismo color que el plomo.
El primer impulso de Richard fue regresar a toda prisa a la prisión, pero inmediatamente se dio cuenta de que todos los convictos estaban siendo arrastrados a cubierta para ser testigos de la azotaina.
Los seis hombres fueron desnudados de cintura para arriba -veinte azotes no se consideraban suficientes para dejar también al aire las posaderas- y la primera víctima fue atada a la curva techumbre de la caseta de la escotilla de popa. El instrumento, cuyo manejo no exigía un gran esfuerzo, emitió un silbido. Un látigo, un bastón y una porra levantaban ronchas y una cachiporra producía una magulladura impresionante mientras que aquel infame instrumento desgarraba la piel al primer golpe y, en los lugares en que la pequeña bola de plomo, que había en el extremo de cada uno de sus nueve ramales, entraba en contacto con el cuerpo surgía de inmediato una enorme protuberancia de un rojo vivo. El cabo Sampson era un experto en su trabajo; los marinos también recibían azotes, por regla general doce, pero a veces muchos más. Cada golpe se descargaba en un lugar ligeramente distinto, de tal forma que, tras recibir veinte, la espalda del hombre quedaba convertida en una parrilla de sanguinolentas franjas y protuberancias del tamaño del puño de un bebé. A continuación, le arrojaban encima un cubo de agua salada que lo obligaba a emitir unos entrecortados gritos de dolor, y su lugar era inmediatamente ocupado por el siguiente. Mientras el cabo Sampson aplicaba con indiferencia el castigo a los seis hombres sin dar la menor impresión ni de disfrutar con lo que hacía ni de aborrecerlo, a los que ya habían recibido los azotes les colocaron unos grillos y una cadena de la misma longitud que las del Ceres. Nadie los envió bajo cubierta. El teniente Johnstone se limitó a despedir con un gesto de la cabeza al administrador de los azotes y a la docena de pálidos soldados rasos.
Richard notó que se le revolvían las tripas. Saltó de la lancha a la que estaba encaramado, se acercó rápidamente a la barandilla, se inclinó hacia el agua y empezó a experimentar bascas. Pero, como estaba hambriento y apenas tenía nada dentro, se conformó con contemplar el agua situada unos diez pies más abajo. Un agua tan pura, observó mientras enfocaba la mirada, que las transparentes medusas que había por doquier semejaban unos delicados espectros envueltos en finísimos velos de seda, con unas largas colas de relucientes tentáculos abandonados a merced del movimiento del barco y de la corriente.
Algo surgió tan de repente del agua que le hizo experimentar un sobresalto; un largo, lustroso e iridiscente cuerpo pasó velozmente por delante de sus ojos y se elevó por encima de la superficie del agua en un gozoso arco de absoluta libertad y júbilo. ¿Un delfín? ¿Una marsopa? Había otras criaturas retozando, toda una escuela que jugaba a perseguir al sucio y decrépito Alexander.
Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero no hizo el menor intento de enjugárselas. Todo formaba parte del todo. La belleza de Dios y la fealdad del ser humano. ¿Qué parte podía ocupar el ser humano en aquel esplendoroso universo?
Los azotes serenaron los ánimos de todo el mundo mientras el Alexander navegaba rumbo a las Canarias, cosa que a él le parecía de perlas; John Power había averiguado por medio de su amigo el señor Bones que un convicto a quien él conocía vagamente, un tal Nicholas Greenwell, había sido indultado la víspera de que la flota se hiciera a la mar en Portsmouth, y había sido sacado del barco a escondidas. El teniente Shairp había tenido en cuenta el malestar causado por el indulto de James Bartlett mientras el Alexander permanecía anclado en aguas de Tilbury.
– Al principio, no me di cuenta de que el condenado hijoputa había desaparecido, después pensé que había muerto -les dijo John Power a Richard y al señor Donovan arriba en la cubierta donde el viento se llevaba sus palabras-. ¡Malnacido! ¡Su puta madre! ¡A mí me habrían tenido que indultar y no a Greenwell!
Power siempre aseguraba que era inocente, que no era él quien estaba con Charles Young (cuyo paradero ignoraba en aquellos momentos) cuando un cuarto de tonelada de madera preciosa perteneciente a la Compañía de las Indias Orientales había sido sustraída y trasladada en un bote al muelle de Londres. El vigilante había reconocido a Young, pero no pudo afirmar con absoluta certeza que Power fuera su cómplice. Como de costumbre, el jurado no se quiso mojar y emitió un veredicto de culpabilidad; mejor ir sobre seguro en caso de que el segundo hombre hubiera sido Power, por más que el vigilante tuviera sus dudas. El juez se mostró de acuerdo y lo condenó a siete años de deportación.
– ¡Me habrían tenido que indultar a mí! -gritó Power, con el moreno rostro contraído en una mueca de dolor-. ¡Greenwell era pura y llanamente un ladrón! ¡Pero yo no tengo amistades influyentes, sólo un padre enfermo de quien no puedo cuidar! ¡Su puta madre, malnacidos, que se vayan todos al infierno!
– Bueno, bueno -dijo Donovan en tono apaciguador, actuando de repente como un irlandés de pura cepa, por mucho que afirmara ser un buen protestante del Ulster-. Ya es demasiado tarde para llorar, Johnny. Recuerda el azote y vuelve inmediatamente a casa en cuanto hayas cumplido tu condena.
– Para entonces mi padre ya habrá muerto.
– Eso no lo puedes asegurar. Ahora haz lo que te dijo el señor Shortland, no sea que caigas de nuevo en el vicio de la pereza.
La furia se calmó, pero no así el dolor. John Power miró al espigado cuarto oficial con los ojos llenos de lágrimas antes de retirarse.
– Es curioso -dijo Richard con aire pensativo, tras haber llegado a la conclusión de que ya era hora de hablar claro- que este mozo no os guste. ¿Por qué un viejo reseco como yo?
El rostro excesivamente bello lo miró boquiabierto de asombro, pero los ojos danzaron.
– Si tú me gustas, Richard, se trata de una pasión no correspondida. Hasta un gato puede admirar a un rey.
– Irlandés de mierda.