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– Trotón de las ciénagas.

– Saltador de los lodazales.

– ¿Qué es un «saltador de los lodazales»?

– Un prodigioso pez fuera del agua sobre el cual leí algo una vez. Puede que lo describiera sir Joseph Banks, no lo recuerdo. Pega brincos entre el lodo.

Se habían producido más muertes. Ahora sólo quedaban ciento ochenta y ocho convictos a bordo del Alexander. Justo en el momento en que Thomas Gearing de Oxford agonizaba, la mole de Tenerife surgió entre la bruma y la llovizna tan de repente y con tal suavidad que los reclusos de la prisión, obligados a permanecer bajo cubierta, apenas se percataron de que su barco había tocado puerto.

Tras haberse pasado tres semanas sin apenas nada que hacer excepto dar de comer a los convictos y pensar en las injurias sufridas, ahora los marinos se enfrentaban con un servicio muy duro. Su tarea más pesada en la mar consistía en hervir los trozos de cecina que el sargento Knight habría tenido que pesar en la báscula que el teniente Shortland, el agente naval, había examinado personalmente. Pero, como el agente naval no estaba presente cuando se cumplía aquel ritual, el sargento Knight se limitaba a cortar la cecina o la carne salada de cerdo en trozos de media libra para los convictos y de una libra y media para los marinos. A los convictos también se les tenía que dar guisantes o gachas de avena, pero el sargento Knight reservaba tales festines al domingo, tras el rezo de las oraciones. Ya estaba hasta la coronilla de servir de niñera para todos aquellos delincuentes mucho antes de que el Alexander se hiciera a la mar… Conque báscula, ¿eh?, ¡venga ya! Aunque el teniente de navío Shairp bajara para echar un vistazo, Knight no hacía el menor intento de pesar o de ser imparcial con las raciones, y Shairp no decía ni pío. ¡Más le valía no decir nada!

Por encima y más allá de las naturales diferencias en un grupo de casi cuarenta hombres obligados a permanecer juntos, los marinos se sentían muy desgraciados. El hecho de que los hubieran trasladado más arriba, al entrepuente, los habría tenido que animar un poco, pero no fue así. Cierto que resultaba mucho más agradable aquel espacio de extraña forma cuyo techo era más ancho que el suelo. Pero la caña del timón penetraba a través del techo y gruñía, chirriaba y sonaba a hueco y a veces le propinaba un golpe tremendo a un cuerpo que se balanceaba en su cómoda hamaca de lona cuando el timonel hacía girar con fuerza el timón justo en un momento en que el mar iba en la dirección que no debía. El aire y la luz penetraban a través de varias portillas, el hedor no era insoportable y la tripulación había tenido el detalle de dejar el entrepuente relativamente limpio.

Pero sus carencias superaban con mucho todas aquellas ventajas: no les proporcionaban su media pinta diaria de ron. El capitán Duncan Sinclair, en cuyas inmediaciones se encontraba la bebida, había decidido aguar el ron hasta convertirlo en algo que recibía el nombre de «grog». Se habían producido grandes protestas a este respecto antes de que el Alexander abandonara Portsmouth, por lo que, durante varios días, el ron les fue servido tal como tenía que ser, es decir, puro. Ahora habían vuelto al aguado grog y llevaban en la misma situación desde las islas Scilly. No conseguían dormir sin soñar a pesar de la caña del timón, y sus pensamientos no eran demasiado benévolos. A bordo de un barco el ron era el principio y el fin de todos los placeres terrenales tanto para un infante de marina como para un marinero, y ahora ambos grupos estaban sometidos a un régimen de grog. El odio que les inspiraba Sinclair tanto a la tripulación como a los marinos era tan inmenso como profundo. Pero a Sinclair le daba igual, pues disfrutaba de toda suerte de comodidades en una chupeta que había convertido en una auténtica fortaleza. Bien entrada la travesía, tenía intención de empezar a vender el ron que en aquellos momentos guardaba. Si los hijoputas querían media pinta de ron puro, que la pagaran. Él tenía que pagarse la chupeta, pues sabía muy bien que el Almirantazgo no lo haría.

Ahora, tras haber arribado a Santa Cruz, tendrían la posibilidad de bajar a tierra y tragarse todo el ron que su cuerpo pudiera aguantar… ¡pero el comandante Ross hizo saber que los marinos no disfrutarían de muchos permisos para bajar a tierra! El teniente Johnstone les comunicó con su lánguida voz que, durante el día, se tendría que montar guardia permanentemente, pues el gobernador Phillip no quería que los convictos permanecieran confinados en todo momento bajo cubierta. Por si fuera poco, anunció Johnstone, el gobernador Phillip y su edecán el teniente King tenían previsto subir a bordo en algún momento de la permanencia del barco en Tenerife. Por consiguiente, ¡ay del marino que no llevara el asfixiante alzacuello de cuero negro bien ajustado o cuyas polainas de cuero negro y caña alta no estuvieran debidamente abrochadas! El barco llevaba a bordo a un considerable número de criminales desesperados, dijo el teniente Johnstone haciendo un cansado gesto con la mano, y Tenerife no estaba lo bastante lejos de Inglaterra para que ellos pudieran sentirse tranquilos. El sargento Knight, que tendría que enfrentarse con un consejo de guerra por sus protestas a propósito del grog, no estaba muy contento que digamos. Y tampoco lo estaban sus subalternos.

Para agravar la situación del Alexander, el barco no había heredado uno de los oficiales de mayor antigüedad. Ahora que estaban dulcemente aposentados en sus camarotes del alcázar, los tenientes de navio Johnstone y Shairp no dependían para nada de sus subordinados para disfrutar de toda suerte de comodidades. Tenían criados (los sirvientes de los oficiales eran siempre muy rastreros), una cocina para ellos solos, la posibilidad de tener a bordo su propio ganado para complementar su mesa y el uso de un bote del barco en caso de que les apeteciera visitar a algún amigo de alguno de los restantes buques de transporte en el transcurso de la navegación. Lo que los soldados rasos, los tambores, los cabos y el solitario sargento no habían tenido en cuenta era el carácter despiadado de su tarea, nada menos que dar de comer y vigilar a casi doscientos delincuentes. Estaban seguros de que, cuando llegaran a puerto, los delincuentes permanecerían encerrados. ¡Ahora habían descubierto que aquel lunático gobernador estaba empeñado en que los delincuentes disfrutaran de libertad en cubierta incluso estando en puerto!

Como es natural, el ron subió a bordo en cuanto la tripulación pudo disfrutar de libertad y los marinos crearon un fondo para asegurarse de que, tanto si permanecían a bordo del barco como si no, podrían humedecerse las resecas gargantas con algo más fuerte que el maldito grog de Sinclair. La suerte estuvo de su parte cuando, a última hora de la tarde del 4 de junio, el Alexander fue el primer barco que el gobernador Phillip y su grupo decidieron inspeccionar. El capitán Sinclair salió contoneándose de su chupeta para conversar cortésmente con el gobernador, mientras los convictos permanecían alineados en cubierta bajo la mirada de los marinos que estaban de guardia con los ojos inyectados en sangre y un aliento que apestaba a demonios, pero con los alzacuellos de cuero y las polainas en impecable estado.

– Es una tragedia -dijo Phillip durante su recorrido por la prisión- que no podamos ofrecer a estos hombres un alojamiento más apropiado. Veo que hay doce demasiado enfermos para formar y dudo que haya espacio para que más de cuarenta hombres a la vez puedan hacer un poco de ejercicio en los pasillos. Por esta razón se les tiene que ofrecer la posibilidad de disfrutar de la cubierta el mayor tiempo posible. Si tropezáis con alguna dificultad -les dijo al comandante Robert Ross y a los dos tenientes de navío del Alexander-, mantened doblemente aherrojados a los culpables durante unos cuantos días y ved cómo se portan.

En formación junto con los demás convictos que ocupaban todos los espacios disponibles de la cubierta, Richard se vio de pronto cara a cara con un hombre que habría podido ser el hermano gemelo del senhor Tomas Habitas. El gobernador Phillip tenía una larga, aguileña y ganchuda nariz, una línea de expresión vertical a cada lado de dicha nariz, una boca carnosa y sensual y una redonda cabeza semicalva; y llevaba el cabello enrollado por encima de las orejas y recogido en una coleta en la nuca. Richard recordó que Jem Thistlethwaite le había dicho que el padre del gobernador, Jacob Phillip, el maestro de idiomas de Francfort, había huido de la persecución luterana contra los judíos. Su madre era una dama de respetable estirpe inglesa cuyo pariente lord Pembroke no había considerado oportuno prestar ayuda económica o educativa a aquel joven tan prometedor y tampoco había querido dar un empujón a Arthur Phillip en la carrera naval. Todo lo había conseguido él solito con su propio esfuerzo, incluido un largo período de servicio en la armada portuguesa…, otro vínculo con el senhor Habitas. Mientras permanecía inmóvil sabiendo que jamás volvería a estar tan cerca de su excelencia el gobernador de Nueva Gales del Sur como en aquel momento, Richard se sintió extrañamente reconfortado.