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El edecán y protegido de Phillip, el teniente Philip Gidley King, tenía sólo veintitantos años y era un inglés con mucha sangre celta en las venas, a juzgar por su constante y entusiasta manera de hablar. La parte inglesa se le notaba en la meticulosidad con que exponía hechos, cifras y datos estadísticos mientras el grupo recorría la cubierta. Estaba claro que el comandante Ross lo despreciaba y lo tenía por un simple charlatán con pico de oro.

Así pues, los convictos tuvieron que esperar al martes para poder echar un vistazo a Santa Cruz y las restantes partes de Tenerife que se podían contemplar desde el lugar donde el barco se encontraba amarrado. Al mediodía les habían dado de comer carne de cabra, calabaza hervida, un pan muy extraño pero comestible y unas grandes, ásperas y jugosas cebollas. Las hortalizas no fueron del gusto de muchos, pero Richard se comió su cebolla como si fuera una manzana, masticándola y dejando que el jugo le resbalara por la barbilla y se juntara con las abundantes lágrimas que sus vapores le estaban provocando.

La ciudad era pequeña, carecía de árboles y parecía muy aburrida, y la tierra que la rodeaba era escarpada, seca e inhóspita. La montaña que tantos deseos sentía Richard de ver tras haber leído tantísimas cosas acerca de ella, sólo era visible por encima de una nube gris que parecía cernerse exclusivamente por encima de la isla; el cielo sobre el mar era de un intenso color azul. Tenerife estaba cubierta por una especie de tapadera semejante al sombrero de un asno que había visto en proximidad del malecón de piedra y cuya imagen fue la primera visión auténticamente nueva que se le ofrecía de un mundo por completo distinto del inglés. Los botes cantina o no existían o se habían alejado de allí a causa de las lanchas que patrullaban por la zona en que estaban amarrados todos los buques de transporte. El Alexander se encontraba entre dos cables de ancla tensados desde el fondo del mar mediante unos barriles flotantes, pues, tal como le explicó uno de los marineros que estaban más serenos, el fondo de las aguas del puerto estaba lleno de afilados trozos de hierro que los españoles utilizaban como lastre y arrojaban al agua cuando sus buques recibían las correspondientes cargas. Si los cables no se mantenían en tensión, el hierro los deshilachaba.

Habían elegido una buena época del año para arribar a puerto, le dijo otro marinero que había estado varias veces allí; el aire era cálido, pero no excesivamente caluroso ni húmedo. Octubre era el mes más insoportable, pero, de julio a noviembre, soplaban desde África unos horribles vientos mezclados con una punzante arena y tan ardientes como un horno. Sin embargo, ¡África se encontraba a varios centenares de millas de distancia! Un lugar que él siempre había considerado cubierto de selvas. Aunque no a aquella latitud, claro, tan cerca del lugar donde Atlante sostenía el mundo sobre sus anchas espaldas. Sí, recordaba que los desiertos de Libia llegaban hasta la costa occidental de África.

El miércoles Stephen Donovan bajó a la prisión para hablar con él poco después del amanecer.

– Os necesito a ti y a tus hombres, Morgan -dijo secamente, haciendo una mueca de desagrado-. Diez hombres serán suficiente… y será mejor que os deis prisa.

Ike Rogers se iba encontrando cada vez mejor a medida que pasaban los días de permanencia en el puerto; la víspera se había comido la cebolla con tanto deleite que acabó comiendo varias más. La calabaza también le había gustado, pero, en cambio, no le apetecía comer ni carne ni pan. Su enflaquecimiento era cada vez más preocupante: su tosco y mofletudo rostro se había quedado en los huesos y sus muñecas eran tan delgadas que estaban llenas de protuberancias. Cuando Joey Long se negó a acompañarle, Richard Morgan decidió llevarse a Peter Morris, del catre de Tommy Crowder.

– ¿Y por qué no yo? -preguntó Crowder en tono irritado.

– Pues porque el cuarto oficial no ha bajado a la prisión en busca de hombres que se encarguen de despacharle el papeleo, Tommy. Quiere mano de obra.

– En tal caso, llévate a Petey con mi bendición -dijo Crowder, lanzando un suspiro de alivio.

Estaba celebrando unas negociaciones con el sargento Knight, gracias a las cuales quizá consiguiera adquirir un poco de ron, aunque a un precio muy superior al normal.

Al subir a cubierta, los diez convictos encontraron al señor Donovan paseando arriba y abajo con semblante enfurecido.

– Por la borda y a la lancha -ordenó éste-. Apenas dispongo de hombres sobrios que puedan izar a cubierta los toneles de agua vacíos, pero no tengo ninguno capaz de llevarlos al muelle y volver a llenarlos. Ésta va a ser vuestra tarea. Trabajaréis a las órdenes del tripulante Dicky Floan y os encargaréis de este trabajo porque no hay suficientes marinos sobrios que os puedan vigilar. ¿Cuántos de vosotros saben remar?

Todos los cuatro de Bristol sabían; por lo tanto, serían cuatro; al señor Donovan, que era abstemio, se le ensombreció el rostro.

– En tal caso, os tendrán que remolcar a la ida y a la vuelta…, aunque la verdad es que no sé de dónde voy a sacar una gabarra que lo haga. -Vio al segundo oficial, hijo del agente naval, y se acercó a él-. Señor Shortland, necesito una gabarra que me pueda remolcar la lancha de los toneles de agua. ¿Se os ocurre alguna idea?

Tras reflexionar un instante, el señor Shortland decidió echar mano del nepotismo y le envió una señal al Fishburn, donde su padre estaba cómodamente instalado. El Fishburn contestó con tal presteza que, antes de media hora, la lancha del Alexander, cargada con los toneles de agua vacíos colocados en posición vertical, fue remolcada hacia el muelle.

Para ser un lugar tan árido y desolado, Tenerife tenía un agua excelente que procedía de una ciudad del interior llamada La Laguna, y se enviaba a través de las habituales cañerías de madera de olmo (importadas de España, suponía Richard) y manaba de toda una serie de caños repartidos a lo largo de un corto muelle de piedra. A no ser que un barco estuviera llenando sus toneles, el agua se malgastaba e iba a parar al salado puerto. Desde que zarpara de Portsmouth, el Alexander había gastado cuatro mil galones, lo cual significaba que había que llenar veintiséis toneles de ciento sesenta galones de capacidad cada uno. Como quiera que el llenado de cada tonel requería dos horas y media, habían inventado un ingenioso sistema que permitía llenar seis toneles a la vez. Si los españoles hubieran instalado un muelle de madera sobre unos pilares, un bote que contuviera toneles habría podido efectuar una maniobra y situarse debajo para llenar los toneles sin necesidad de que nadie manejara ni el bote ni los toneles. Pero resultó que la lancha había sido cargada con seis toneles en cada lado y hubo que darle constantemente la vuelta para llenar hasta la mitad de su capacidad los toneles de un lado y después los del otro. De lo contrario, el peso (un tonel lleno pesaba una tonelada) habría hecho zozobrar la embarcación. De ahí que fuera necesaria la participación de diez hombres que empujaran, tiraran y remaran, pues Donovan les había dicho que tenían que terminar de llenar los toneles aquel mismo día. El siguiente estaba reservado al Scarborough.