La segunda lancha del Alexander fue conducida al muelle por otra tripulación, y contenía catorce toneles. Los hombres confiaban en poder disfrutar de un poco de tiempo en tierra, pero inmediatamente recibieron la orden de regresar al barco con la primera lancha, una orden que no habrían obedecido de no haber procedido del señor Samuel Rotton, uno de los oficiales del Sirius que se encargaba de supervisar las tareas de llenado de los toneles. Era un sujeto enfermizo que desarrollaba su labor bajo la protección de una sombrilla de seda verde que le había prestado la encantadora señora Deborah Brooks, esposa del contramaestre del Sirius e íntima amiga del gobernador.
– ¿De veras? -le preguntó Richard a Dicky Floan, que estaba enterado de todos los chismes.
– Pues sí. Allí hay tomate, Morgan. Todo el Sirius lo sabe, incluido el propio Brooks. Es un antiguo camarada de Phillip.
Cayó la oscuridad mucho antes de que se terminara de llenar el último tonel cuando los diez convictos ya estaban temblando a causa del agotamiento. No habían comido y, por una vez, Richard tuvo que apartar a un lado sus escrúpulos: resultaba imposible trabajar bajo el sol, a pesar de que el cielo había estado nublado casi todo el tiempo, sin beber, y teniendo sólo para beber el agua procedente de las cañerías del manantial de La Laguna. La bebieron.
Mientras regresaban al Alexander bien pasadas las ocho, los exhaustos convictos tumbados de cualquier manera sobre los toneles observaron que el puerto se llenaba de minúsculas embarcaciones provistas de centelleantes luces, dedicadas a la pesca de algo que, al parecer, no se podía pescar de día. La dorada iluminación de unas lámparas semejantes a las del país de las hadas se movía al ritmo del oleaje y caía de vez en cuando sobre el contenido de las relucientes redes.
– Lo habéis hecho extremadamente bien -dijo el cuarto oficial cuando el último hombre, que era Richard, hubo trepado torpemente por la escala de mano-. Venid conmigo -añadió, encaminándose hacia el comedor de la tripulación en el castillo de proa-. ¡Entrad, entrad! Sé que ninguno de nosotros ha comido y no hay ni un solo marino lo bastante sobrio para herviros algo en su condenada cocina sin prender fuego al barco. Los tripulantes no están en mejores condiciones, pero el cocinero señor Kelly ha tenido la amabilidad de dejaros comida antes de retirarse a su hamaca, acunando una botella.
Llevaban sin disfrutar de un festín desde que abandonaran el Ceres y los almuerzos de los botes cantina seis meses atrás: cordero frío asado y no simplemente hervido, calabaza y cebollas estofadas con hierbas y panecillos recién hechos untados con mantequilla, todo ello regado con cerveza suave.
– No puedo creer que eso sea mantequilla -dijo Jimmy Price con la barbilla reluciente.
– Nosotros tampoco -dijo secamente Donovan-. Por lo visto, la mantequilla destinada a los oficiales se guardó en unos barrilitos equivocados. Los productos perecederos se suelen guardar en recipientes de doble capa, pero, como de costumbre, los contratistas redujeron gastos y utilizaron recipientes normales. Por consiguiente, la mantequilla se ha repartido entre toda la flota para que se consuma antes de que se estropee. Después los toneleros se tendrán que poner a trabajar para hacer barrilitos adecuados para la mantequilla, aunque éstos no se podrán llenar hasta que lleguemos al cabo de Buena Esperanza. No hay vacas lecheras a este lado del mismo.
Con la tripa llena, los hombres regresaron a sus catres y durmieron como lirones hasta que las campanas de la iglesia los despertaron al mediodía con el toque del ángelus. Poco después volvieron a comer a base de carne de cabra, pan de maíz recién hecho y cebollas crudas.
Richard le ofreció a Ike el panecillo untado con mantequilla que había birlado la víspera y había ocultado en el interior de su camisa.
– Procura comértelo, Ike. La mantequilla te sentará bien.
E Ike se lo comió. Al cabo de tres días y cuatro noches en puerto, su aspecto empezó a mejorar.
– ¡Venid a ver! -gritó emocionado Job Hollister, asomándose al interior de la escotilla.
– ¿A que es una maravilla? -preguntó cuando Richard apareció en cubierta-. Jamás he visto un barco la mitad de grande que él en Bristol, ni siquiera en Kingsroad.
Era un bajel de ochocientas toneladas de la Compañía de las Indias Orientales Holandesas, en comparación con el cual el Sirius parecía una miniatura, a pesar de que el otro se hundía un poco más en el agua; de vuelta a casa, pensó Richard, cargado de especias, granos de pimienta y madera de teca que con tanta abundancia producían las Indias Orientales Holandesas; y probablemente, con un cofre de zafiros, rubíes y perlas en la caja fuerte de su capitán.
– Regresa a Holanda -dijo John Power, deteniéndose-. Apuesto a que ha perdido un buen número de tripulantes. Por lo menos, es lo que les suele ocurrir a los barcos de nuestra Compañía de las Indias Orientales.
El señor Bones lo llamó por señas y Power se retiró precipitadamente.
En la certeza de que la inspección oficial no se volvería a repetir, los marinos bebían sin temor, ahora que el improvisado consejo de guerra contra el sargento Knight se había saldado con un simple rapapolvo disciplinario; algunos soldados rasos como Elias Bishop y Joseph McCaldren, que también habían sido parcialmente responsables de la «rebelión del grog» a bordo del Alexander, esperaban un castigo de cien azotes y se alegraban enormemente de que la simpatía del oficial de marina se hubiera decantado más por ellos que por el capitán Duncan Sinclair. Los dos tenientes de navío apenas habían permanecido a bordo, pues estaban ocupados cenando con sus amigos en barcos mejores, regateando el precio de las cabras o las gallinas en el mercado de Santa Cruz o bien viajando tierra adentro para admirar las bellezas de una fértil meseta en la ladera de la montaña.
Algunos convictos se las habían agenciado para conseguir también un poco de ron, y el Scarborough estaba vendiendo ginebra holandesa que había recogido flotando en las aguas de las islas Scilly y que, para los paladares ingleses, era demasiado áspera y amarga. La ginebra inglesa era tan dulce como el ron, lo cual era el principal motivo de que tantos hombres (y también mujeres) tuvieran los dientes estropeados. Tommy Crowden, Aaron Davis y los demás ocupantes del catre de abajo estaban roncando por efecto del ron que habían comprado al sargento Knight; de hecho, los ronquidos que emanaban de la prisión del Alexander eran más fuertes que nunca desde que los hombres embarcaran en el barco. El viernes, sólo subieron a cubierta los que, como Richard, preferían guardarse el dinero para cosas más importantes, y el viernes por la noche se empezó a oír el retumbo de las cuadernas del buque.
Cuando ya habían transcurrido cinco horas de la mañana del sábado, el altivo y arrogante primer oficial William Aston Long se presentó para averiguar el paradero de John Power.
Los rostros lo miraron con absoluta inocencia; el señor Long se fue con expresión visiblemente contrariada.
Varios soldados rasos, atontados por la bebida, empezaron a gritarles que más les valía subir inmediatamente a cubierta y espabilar. Los perplejos convictos se levantaron de sus catres o bien de los lugares que ocupaban alrededor de la mesa; estaban esperando que les dieran de comer de un momento a otro.