El capitán Duncan Sinclair salió de su chupeta con la cara contraída en una mueca de desagrado.
– Mi padre tenía una cerdita justo con la misma cara que el capitán Sinclair -dijo Bill Whiting, lo bastante alto para que lo oyeran los treinta y tantos hombres que lo rodeaban-. No sé por qué los cazadores hablan tanto de los jabalíes. En mi vida he visto un jabalí o un toro que estuviera a la altura de la muy taimada. Era la reina del patio, de los establos, de los gallineros, del estanque, de los restantes animales y de todos nosotros. ¡Era más mala que el demonio! El mismísimo Satanás habría huido de ella y Dios no quería ni verla. Te embestía por un quítame allá estas pajas y se comía los cerditos simplemente para fastidiarnos. El macho se moría de miedo cada vez que tenía que cubrirla. Se llamaba Esmeralda.
A partir de aquel día, toda la dotación del Alexander empezó a llamar Esmeralda al capitán Duncan Sinclair.
Malhumorados y agobiados por fuertes dolores de cabeza, los marinos que no estaban en tierra recibieron la orden de poner patas arriba toda la prisión y, al ver que Power no aparecía, se vieron obligados a registrar minuciosamente todas las restantes partes del barco. Se registraron incluso las velas replegadas alrededor de las vergas en busca de John Power, que había desaparecido. Y, cuando a alguien se le ocurrió mirar, descubrieron que el esquife del Alexander también.
Aquella tarde subió a bordo el comandante Ross. Para entonces, los desventurados marinos ya habían conseguido dar la impresión de estar medio serenos. Los tenientes de navío Johnstone y Shairp recibieron la orden de regresar de inmediato del Lady Penrhyn, donde ya habían adquirido la costumbre de cenar con el capitán de la Armada John Campbell y sus dos tenientes de navío. Como consecuencia de la «rebelión del grog», Ross no estaba dispuesto a tener más problemas con el más díscolo de los once bajeles que integraban la flota. Los convictos se seguían muriendo, los marinos eran el peor hato de rebeldes que el comandante se hubiera echado a la cara y Duncan Sinclair era el hijo de la mayor puta de Glasgow.
– Encontrad a este hombre, Sinclair -le dijo el comandante-, de lo contrario, vuestra bolsa se verá aligerada de cuarenta libras. He informado del asunto al gobernador, el cual está sumamente irritado. ¡Encontradlo como sea!
Así lo hicieron, aunque no antes del amanecer del domingo, cuando la flota ya se disponía a zarpar. Las averiguaciones que se hicieron a bordo del bajel de la Compañía de las Indias Holandesas permitieron descubrir que Power se había presentado en solitario en el esquife del Alexander y había pedido trabajo como marinero en la travesía de vuelta a Holanda. Al ver que vestía las mismas prendas que el capitán holandés había visto en los numerosos convictos ingleses a bordo de los buques ingleses, éste había rechazado cortésmente su petición y le había dicho que se fuera. No sin que antes alguien, compadeciéndose de su profundo dolor, le ofreciera una jarra de ginebra. Lo que primero encontraron los equipos de búsqueda del Alexander y el Supply fue precisamente el esquife, amarrado a una roca de una desierta ensenada; Power, profundamente dormido a causa de su pena y de la ginebra holandesa, estaba acurrucado detrás de un montículo de rocas y se entregó sin ofrecer resistencia. Sinclair y Long querían condenarlo a doscientos azotes, pero el gobernador mandó decir que lo aherrojaran con dobles cadenas y lo inmovilizaran en la cubierta. La inmovilización debería durar veinticuatro horas y los hierros permanecerían en su sitio hasta que el gobernador dispusiera otra cosa.
El Alexander se hizo a la mar. Chips, el carpintero de ribera del barco, inmovilizó a John Power boca abajo en la cubierta atornillándole las esposas y los hierros. Nadie debería acercase a él so pena de ser castigado con el azote, pero, en cuanto las tinieblas de la noche envolvieron el barco, el señor Bones se acercó sigilosamente a él para ofrecerle agua que él lamió como un perro.
El tiempo era bueno y soleado y soplaba una suave brisa cuando la flota dejó atrás la nublada mañana de Tenerife. Esta vez se pasaron tres días enteros sin perder de vista la isla, una visión que, a última hora de la tarde, se convirtió en un espectáculo inolvidable. El pico del Teide se levantaba hasta una altura de doce mil pies por encima del nivel del océano, con su escarpada cumbre cubierta de nieve de un blanco purísimo y rodeada por un círculo de nubes grises. A la puesta del sol, la nieve adquirió un tono rosado, las nubes se tiñeron de rojo carmesí y de algo que, bajo el rojizo resplandor, semejaba lava fundida y se deslizaba por un costado directamente hasta el mar. Era una especie de torrente de roca cuya singularidad jamás había sido borrada por el sol, el viento o las ráfagas de arena procedentes de los lejanos desiertos de África. ¡Una belleza sublime!
Por la mañana aún estaba allí pero algo más lejos y, al tercer día, cuando el viento se enfrió y el mar se embraveció, fue como si la mano que había trazado con pulso firme el horizonte hubiera experimentado una repentina sacudida, dando lugar a la aparición de un minúsculo colmillo. Tenerife se encontraba a cien millas de distancia cuando el horizonte volvió a su perfección inicial.
El 15 de junio cruzaron el trópico de Cáncer, un acontecimiento que se celebró con una vistosa ceremonia. Todos los que jamás habían estado al sur de aquella imaginaria línea fueron obligados a presentarse a juicio en presencia nada menos que del mismísimo padre Neptuno. La cubierta estaba engalanada con caparazones de molusco, redes, algas y una enorme bañera de cobre llena de agua de mar. Dos marineros tocaron unas caracolas mientras un personaje de temible aspecto era conducido desde el alcázar sentado en un trono hecho con un tonel. Costaba reconocer en él a Stephen Donovan. Su cabeza estaba coronada con algas y un mellado cerco de latón, su barba era un amasijo de algas, su rostro, su pecho y sus brazos estaban teñidos de azul Y, de cintura para abajo, iba envuelto en la cola de un pez espada pescado la víspera, cuya carne y cuyas entrañas le cubrían las piernas. Sostenía en una mano un tridente que, en realidad, era un instrumento de hierro con tres dientes de púas que los marineros utilizaban para arponear los peces de gran tamaño. Cada hombre, conducido por dos marineros pintados de azul y cubiertos de algas, fue empujado hacia delante. Una vez allí, se le preguntó si había cruzado la línea y, si contestaba que no, era arrojado a la bañera de cobre llena de agua de mar. Tras lo cual, el padre Neptuno lo embadurnaba un poco con pintura azul y lo soltaba. Lo mejor para los espectadores fue contemplar como remojaban a los tenientes de navío Johnstone y Shairp, a pesar de que ambos conocían la ceremonia a la perfección y se habían enfundado en unos blusones para la ocasión.
Después se repartió -y se siguió repartiendo- ron entre toda la tripulación e incluso entre los convictos; alguien sacó una flauta metálica y los marineros se pusieron a danzar de una manera muy rara, brincando arriba y abajo con los brazos cruzados, describiendo círculos y apoyando alternativamente el peso del cuerpo en un pie y en el otro. Después pasaron al rítmico canto de las salomas, tras lo cual pidieron a los convictos, a quienes la tripulación oía cantar a menudo, que entonaran un par de canciones. Richard y Taffy cantaron una trova de Thomas Tallis, pasaron al tradicional Mangas verdes y, finalmente, invitaron a los demás a entonar baladas de taberna y cancioncillas populares. Todo el mundo recibió un cuenco lleno a rebosar de sopa de pez espada preparada por el señor Kelly y tan exquisita que hasta el pan duro remojado en ella sabía a gloria. Al anochecer, se encendieron unas lámparas y los cantos se prolongaron hasta bien pasadas las diez de la noche, en cuyo momento el capitán Sinclair ordenó por medio de Trimmings, su mayordomo, que toda la tripulación excepto los hombres que estuvieran de guardia se fuera de una puñetera vez a la cama.