Siguieron la ruta nororiental que los llevó al sur y el oeste a una considerable velocidad. Ningún barco de vela con aparejo de cruz habría podido permanecer detenido con el viento soplando directamente detrás de las velas; el viento tenía que soplar contra el borde de ataque de la vela, es decir, más hacia el costado o el bao. El mejor viento era el que soplaba desde popa del bao, aproximadamente entre la popa y la parte central del barco. Puesto que la tendencia natural de los vientos y las corrientes empujaba los barcos hacia Brasil y los alejaba de África cuando éstos navegaban por el Atlántico rumbo al sur, todo el mundo sabía que más tarde o más temprano tendrían que arribar a Río de Janeiro. Pero la inquietante pregunta era, ¿cuándo? A pesar de que todos los toneles de agua estaban llenos cuando zarparon de Tenerife, el gobernador Phillips consideró oportuno volver a llenar los toneles en las islas de Cabo Verde pertenecientes a Portugal y situadas casi directamente al oeste de Dakar.
El día 18 de junio, en medio del viento y la bruma, empezaron a avistar las islas de Cabo Verde: Sal, Bonavista y Mayo. El Alexander navegaba a una velocidad de ciento sesenta y cinco millas náuticas al día, equivalentes a ciento noventa y cinco millas terrestres. Si bien el número de millas cubiertas no equivalía al de las millas efectivamente navegadas, sino tan sólo al de las navegadas en el rumbo correspondiente. Algunos días un barco cubría un número de millas inferior por haberse pasado mucho rato navegando hacia atrás cuando al mediodía se establecía la latitud y la longitud. Los días marítimos se contaban de mediodía a mediodía, cuando se establecía la latitud calculando la posición del sol con un sextante; la longitud exacta se calculaba por medio de los cronómetros, de los cuales la flota sólo tenía uno a bordo del buque insignia Sirius. En cuanto se establecía la longitud en el Sirius, éste la indicaba a los otros diez barcos mediante las correspondientes banderas de señales.
La gigantesca y montañosa mole del Santiago apareció la mañana del 19 de junio. Todo fue bien hasta que los barcos de la flota que navegaban en estrecha formación rodearon el cabo sudoriental para llegar a puerto en Praya. De repente, se quedaron encalmados y sin el menor soplo de viento, excepto lo que los marinos llamaban «patas de gato», unas ligeras ventolinas que soplaban desde todas las direcciones del compás. Para agravar la situación, se desató una fuerte marejada que rompía contra los arrecifes en dirección a la orilla. Tras varios fallidos intentos, al ver el Scarborough y el Alexander a media milla del oleaje, el gobernador ordenó que la flota regresara a mar abierto. No podrían cargar más agua.
A continuación, el Alexander sufrió un nuevo contratiempo. Los tenientes de navío Johnstone y Shairp se llevaban unos negocios entre manos con el Lady Penrhyn, el cual era siempre uno de los dos rezagados. Los grupos de oficiales de marina de ambos barcos eran propietarios de ovejas, cerdos, gallinas y patos, y no sólo cocinaban ellos mismos su comida, sino que ellos mismos se mataban también los animales. El capitán, los oficiales y la tripulación tenían su propio ganado a bordo y era tal la importancia que se atribuía a los alimentos frescos que la tripulación no compartía el pescado que pescaba con los marinos y éstos no compartían el suyo con ellos. Siempre había varios expertos pescadores entre la tripulación, pero los marinos también disponían de sedales, anzuelos, corchos y plomos para poder pescar. Si algún convicto sabía pescar, solicitaban sus servicios a cambio de una buena ración de sopa de pescado en el menú de aquel día o del siguiente.
Los oficiales de marina consumían habitualmente aves de corral, Pero, en aquellas latitudes tropicales, la carne de un cordero o de un cerdo enteros se estropeaba antes de que se pudiera comer. A un convicto hambriento como Richard Morgan le habría parecido lógico que los oficiales de marina llegaran a un acuerdo con el capitán y la tripulación del barco para poder compartir la carne. Pero no era así. Lo que pertenecía a los oficiales de marina sólo lo podían consumir los oficiales de marina. Por consiguiente, cuando Johnstone o Shairp mataban un cerdo o una oveja (las cabras se conservaban para la leche), colgaban un mantel en la proa del Alexander; al verlo, el capitán Campbell y sus dos tenientes de navío, enviaban un bote para recoger su mitad correspondiente de la carne. De igual manera, cuando el Lady Penrhyn colgaba un mantel en su proa, los tenientes de navío del Alexander se trasladaban en bote al Lady Penrhyn para recoger su mitad correspondiente.
Para gran alegría de Johnston y Shairp, el 21 de julio el Lady Penrhyn colgó una sábana. Ambos marinos requisaron de inmediato una lancha y fueron a recoger su parte del festín. El gobernador Phillip, el capitán Hunter, el comandante Ross, el juez abogado David Collins y otros altos personajes del Sirius contemplaron con asombro cómo los oficiales de marina del Alexander se lanzaban alegremente al agua en medio de una fuerte marejada procedente del noroeste. La lancha, impulsada hábilmente por los remos de doce soldados rasos, hizo el viaje de ida y vuelta al Alexander sin el menor contratiempo. Mientras la carne se almacenaba en su correspondiente lugar de la cubierta, a Johnstone y Shairp se les hizo la boca agua de sólo pensar en el suculento lomo de cerdo y las cebollas de Tenerife braseadas con leche de cabra.
El capitán Sinclair los mandó llamar.
– El Sirius -les dijo sin la menor inflexión en la voz- está lleno de banderas. Os sugiero que os acerquéis a popa para ver qué dicen.
Ambos tenientes subieron los peldaños de popa, donde Sinclair tenía su gallinero, un corral de cabras y ovejas y seis rollizos cerdos en una pocilga sin el menor asomo de barro y bien protegida del sol, en la cual un recipiente de agua salada permitía que los animales sumergieran las patas para bajar su temperatura corporal.
– Ningún bote puede abandonar el Alexander sin autorización expresa del gobernador -decían las banderas.
Semejante brevedad no podía suscitar la menor emoción, pero el comandante Ross rectificó aquella omisión más tarde cuando él y una lancha del Sirius visitaron el Alexander.
– ¡A vosotros dos os voy a azotar hasta dejaros en carne viva las costillas, grandísimos cretinos! -rugió, dirigiéndose como de costumbre a quienquiera que deseara escucharle; su figura se tambaleaba de babor a estribor y no quería perder su valioso tiempo apartándose con aquellos bellacos a la intimidad del castillo de proa para decirles lo que pensaba de ellos-. Me importa una puta mierda lo que Campbell y sus imbéciles del Lady Penrhyn se lleven entre manos con vosotros o vosotros con ellos… ¡Pero este condenado ir y venir se va a terminar ahora mismo!
Dicho lo cual, se encaminó hacia la escala de cuerda, bajó por ella y saltó a la lancha del Sirius sin levantar ni una sola gota de espuma de mar; después se dirigió al Lady Penrhyn para expresar de nuevo los mismos sentimientos.
Al ver que tanto los subalternos de la marina se reían con la misma fuerza que la tripulación y los convictos, los tenientes Johnstone y Shairp se encerraron en el castillo de proa para contemplar la posibilidad de un suicidio.
Mientras se mantuvieron las rutas nororientales, la flota navegó a buena velocidad, pero, a finales de junio, les falló el viento y los barcos tuvieron que depender de las pocas brisas que soplaban, lo cual los obligó a efectuar constantes viradas y a permanecer inmóviles; cuando el timonel efectuaba una virada, todo el mundo se mantenía atento para ver si con ello se podía encontrar un viento capaz de impulsar el bajel en la dirección apropiada. Cuando no aparecía el viento, se efectuaba otra virada y se iniciaba otro período de espera. Viradas, detenciones, viradas y detenciones…