A Richard le habían encomendado las tareas de pesca no tanto porque hubiera demostrado tener una suerte especial cuanto por su inmensa paciencia; cuando los hombres como Bill Whiting decidían pescar, esperaban que los peces picaran nada más lanzar el sedal y se negaban a permanecer apoyados en la barandilla con la caña en el agua, en caso necesario durante horas y horas. Con el sol directamente encima, la cubierta ya no era un lugar muy agradable, sobre todo para las blancas y delicadas pieles inglesas. En este sentido, Richard seguía teniendo suerte; la piel se le había enrojecido durante la travesía a Tenerife, pero, poco a poco, se le había bronceado casi tanto como la del moreno galés Taffy y otros que tenían la piel un poco más aceitunada. Los rubios y pecosos Bill Whiting y Jimmy Price tuvieron que permanecer un largo período bajo cubierta por culpa del dolor y las ampollas, sometidos a la aplicación de un bálsamo de Richard y de una loción de calamina con que el médico Balmain les untaba despiadadamente la piel.
Por consiguiente, cuando vio que los marineros colocaban unos toldos de lona desde los estays a los obenques o cualquier otro elemento del barco que se proyectara hacia fuera y no impidiera que los hombres treparan a lo alto de los mástiles, Richard se mostró muy complacido.
– No sabía que Esmeralda se mostrara tan considerado con las quemaduras de sol -le dijo a Stephen Donovan.
Donovan soltó una sonora risotada.
– ¡Richard! ¡A Esmeralda le importa un carajo el toldo! No, lo que ocurre es que estamos acercándonos a la línea del ecuador, y por eso nos pasamos tanto tiempo encalmados. Esmeralda sabe que están a punto de empezar las tormentas, eso es todo. Los toldos son para recoger el agua de lluvia, ¿comprendes? Colocan un tonel en el extremo inferior para que recoja el agua de escorrentía. Constituye todo un arte extender la lona -viejos restos de vela- de tal manera que forme una especie de plato con un extremo a modo de embudo. Creo que hemos perdido el rumbo y lo mismo le ocurre al pobre Esmeralda.
– ¿Por qué sois cuarto oficial, señor Donovan? Me parece, por lo que he podido observar en la cubierta, que ejercéis casi tanta autoridad como el señor Long y ciertamente mucha más que el señor Shortland o el señor Bones.
Los ojos azules entornaron ligeramente los párpados y la boca esbozó una leve sonrisa, un poco amarga le pareció a Richard.
– Pues verás, Richard, soy un irlandés muy curioso y, a pesar del tiempo que pasé con el almirante Rodney en las Indias Occidentales, pertenezco a la marina mercante. Esmeralda me puso como segundo oficial, pero el agente naval quería un acomodo para su hijo. Esmeralda se lo tomó muy a mal cuando le comunicaron que el señor Shortland subiría a bordo como segundo oficial; él y su padre el teniente Shortland tuvieron una trifulca impresionante. Como consecuencia de ello, el teniente Shortland consideró oportuno trasladarse al Fishburn. Pero el hijo se quedó. El señor Bones no estaba dispuesto a renunciar a su puesto de tercer oficial y, de esta manera, yo me convertí en cuarto oficial. Se podría decir que hay un oficial por cada guardia.
Richard frunció el entrecejo.
– Yo creía que el capitán era el dueño y señor de su barco y el que tenía la última palabra.
– Eso no ocurre cuando está uno asociado con la Armada Real. Walton quiere sacar más tajada de esta misión de transporte. Por eso el capitán Francis Walton, un pariente suyo, es el capitán del Friendship. Esmeralda es socio de Walton & Company. Si te fijaras bien, descubrirías que casi todos los capitanes de los bajeles de transporte y de los barcos almacén son accionistas de sus compañías. -Donovan se encogió de hombros-. Si el experimento de Botany Bay alcanza el éxito, el transporte de convictos se convertirá en un próspero negocio.
– Es bueno saber -dijo Richard sonriendo- que nosotros, miserables desgraciados, seremos una fuente de prosperidad para ciertas personas.
– Especialmente para algunas personas llamadas William Richards, hijo. Es el contratista… y el sujeto a quien tienes que dar las gracias por la comida que recibes, Dios lo envíe a pudrirse eternamente en el infierno. ¡Y quiera Dios enviarnos uno o dos peces!
El sedal que sostenía Richard en su mano experimentó una sacudida. Lo mismo le ocurrió al de Donovan. Un marinero situado más hacia popa lanzó un grito; acababan de tropezar con un enorme banco de albacoras y los peces picaban tan rápido que a los que estaban contemplando a los pescadores se les encargó la tarea de colocar el cebo en los anzuelos para que los sedales pudieran volver a lanzarse de inmediato antes de que los peces se alejaran. Al final de aquel torbellino de actividad, había más de cincuenta enormes albacoras de gran tamaño agitándose y dando brincos en la cubierta mientras los marineros y los marinos afilaban sus cuchillos para limpiar, escamar y cortar en filetes.
– Hoy habrá sopa de pescado en abundancia -dijo Richard, rebosante de satisfacción-. También me alegro de que ya no comamos al mediodía. Un hombre duerme mejor con la tripa llena. Sé que nuestros tenientes se quejan de que estos preciosos animales son un alimento muy seco, pero la carne es fresca.
El mar constituía una fuente de distracción, pues siempre ocurría algo. Richard se había acostumbrado al espectáculo de las grandes marsopas y de los delfines de tamaño algo inferior que se perseguían entre sí, jugaban y brincaban fuera del agua, pero jamás dejaban de fascinarlo. La vida para los moradores del mar, pensaba, no podía ser una simple cuestión de supervivencia. Aquellas criaturas disfrutaban de la vida. Era imposible que un ser tan despreocupado como una saltarina marsopa pudiera no ser consciente del deleite de aquel acto, por más que hombres tan tercos como el señor Long se empeñaran en decir que los brincos no eran más que un truco para alejar a los depredadores con sus chapoteos y alborotos.
Los pájaros siempre estaban presentes, a veces en gran número… jilgueros, distintas variedades de petreles e incluso gaviotas. Puesto que el Alexander no era muy generoso con las sobras excepto cuando se tenía que desprender de las tripas del pescado, Richard averiguó que la presencia de numerosas aves correspondía a la de bancos de peces de tamaño excesivamente pequeño para que mereciera la pena pescarlos.
Vio su primer tiburón y su primera ballena el mismo día, un día de gran calma, en el que el agua se movía con tal placidez que ni siquiera se formaban gorgueras de espuma. El agua era tan transparente como el cristal, y él habría deseado nadar en ella. Se preguntó si, en algún momento de la travesía, el señor Donovan o tal vez algún marinero accedería a enseñarle a nadar. Lo que más le llamaba la atención era que ninguno de ellos se arrojara por la borda ni siquiera en días tan apacibles como aquél, en los que un hombre no hubiera tenido ninguna dificultad en volver a subir a bordo.
De pronto, apareció la impresionante criatura. No comprendió por qué razón el simple hecho de contemplarla le heló la sangre en las venas, a pesar de su belleza. Primero vio la aleta cortando el agua como un cuchillo. La aleta sobresalía dos palmos por encima de la superficie, acercándose directamente a la sanguinolenta masa de albacora que flotaba junto al costado del barco y en su estela. La cosa pasó nadando velozmente como una oscura sombra de tamaño interminable; Richard calculó que debía de medir veinticinco pies de longitud; su parte central era tan redonda como un barril, pero se iba estrechando progresivamente hasta llegar a una especie de puntiagudo hocico por delante y una fina cola por detrás, provista de una bifurcada aleta que le servía de timón. Un gigantesco ojo negro tan grande como un plato se abría en la enorme cabeza; al llegar al revoltijo de las tripas de pescado, se volvió de lado para atraparlas en unas inmensas fauces provistas de unos terribles dientes. Richard contempló fugazmente su lustroso vientre blanco antes de que los restos de la albacora desaparecieran; el tiburón devoró todo lo que pudo encontrar y después se alejó en dirección a la estela del Alexander por si hubiera algo más.