¡Jesús bendito! He oído hablar de las ballenas y de los tiburones. Sabía que el tiburón era un pez de gran tamaño, pero jamás habría podido imaginar que fuera tan grande como una ballena. Éste sí que no sabe lo que es la alegría. Su ojo me ha dicho que carece de alma.
La ballena pegó un brinco en el aire a una distancia del barco de aproximadamente un cable, y todo ocurrió tan de repente que sólo los que, como Richard, estaban pescando en la banda de estribor vieron que la poderosa criatura rompía la superficie en una iridiscente explosión de agua. Una cabeza picuda, un ojo pequeño que derrochaba conocimiento, un par de moteadas aletas, brincando incesantemente arriba y abajo, y un largo cuerpo tan cubierto de percebes como el casco de un barco, cuarenta pies del cual aparecían surcados por toda una serie de estrías de color gris azulado. Cuando volvió a caer, se hundió en el agua en medio de una nube de espuma; al cabo de un momento de sobrecogida espera, aparecieron de nuevo las aletas de la soberbia cola plantada como un estandarte, e inmediatamente golpearon el agua con un ruido semejante al de un trueno en medio de un deslumbrante arco iris de espuma. El Leviatán de los mares, más espléndido que cualquier bajel.
Aparecieron otras ballenas repartidas por toda la superficie del agua, como los elefantes que él había visto una vez en un aguafuerte, con sus surtidores de aire y agua, surcando majestuosos las aguas o bien rompiendo la superficie en uno de sus impresionantes saltos. Una madre y su cría se pasaron un buen rato jugando junto al Alexander; la madre tenía el cuerpo cubierto de percebes y surcado por terribles cicatrices, mientras que la cría lo tenía absolutamente intacto. Richard hubiera deseado arrodillarse para agradecer a Dios aquel soberbio espectáculo, pero no podía dejar de contemplar las ballenas ni un solo instante. ¿Adónde se dirigiría su flota? Como las marsopas y los delfines, las ballenas eran unas alegres viajeras.
Los chubascos empezaron poco después de que cesara el viento y había que aprovecharlos. El cielo estaba despejado, pero las nubes no tardaron en aparecer en onduladas formas de color azul oscuro, rematadas por unos abanicos de un blanco purísimo en medio de unos siniestros retumbos. De pronto, se desencadenó una tormenta que convirtió el mar en una hirviente furia, la lluvia amainó, estallaron los relámpagos y retumbaron los truenos. Una hora después, volvieron a contemplar el azul del cielo y el barco se volvió a encalmar.
Varios convictos y marinos dormían en cubierta, aunque, para gran asombro de Richard, muchos hombres preferían no hacerlo. De todos modos, los convictos estaban acostumbrados a dormir sobre duras y planas tablas y, sin embargo, casi todos ellos preferían la maloliente prisión en cuanto oscurecía, lo cual ocurría con sorprendente rapidez en aquellas latitudes. Las hamacas resultaban muy agradables por muy sofocante que fuera el calor, pero sus compañeros preferían estar abajo, lo cual significaba que los hombres temían los elementos.
No así Richard, el cual buscaba un poco de sitio libre en la cubierta, lejos de los pies de los marinos, y se tumbaba para contemplar el soberbio espectáculo de los relámpagos que entraban y salían de las nubes, a la espera de que el agua lo dejara empapado, a la espera de que se le detuviera el corazón a causa del sobresalto de un repentino relámpago seguido del fragor de un trueno cuando la tormenta se desplazaba por encima de su cabeza. Lo mejor de todo era la lluvia. Se llevaba la pastilla de jabón, guardaba la ropa debajo del extremo de una de las lanchas, disfrutaba con la sensación de la espuma del jabón, sabiendo que la lluvia duraría justo el tiempo suficiente para eliminarla. Aprovechaba para lavar todo lo que podía: la estera, la ropa de sus compañeros e incluso las mantas, a pesar de las protestas que provocaba el hecho de su progresivo encogimiento.
– ¡Todo lo que no está clavado o atornillado, Richard, tú te lo llevas arriba y lo lavas! -le dijo Bill Whiting, indignado-. ¿Cómo es posible que puedas aguantar allí arriba? Cuando nos ataquen y nos hundamos, yo quiero estar abajo.
– Las mantas ya se han encogido todo lo que se podían encoger, Bill, y no comprendo por qué te enfadas tanto. Todo se seca en una hora. Estás tan ocupado roncando que ni te enteras de que me he llevado las cosas.
El hecho de que Bill hubiera recuperado su habitual descaro se debía a la frecuencia con que comían pescado, un aspecto del viaje a través del charco del Rey en el que Richard no se le había ocurrido pensar. Para entonces, el pan ya se encontraba en muy malas condiciones y estaba lleno de unos serpeantes gusanos que él fingía no ver y que casi todos los hombres se comían con los ojos cerrados. El hecho de que estuviera más blando indicaba que se habían multiplicado aquellos molestos bichitos. Nada podía vivir en la carne salada, pero los guisantes y la harina de avena tenían inquilinos. Y al grupo de Richard se le estaba acabando el extracto de malta.
– Señor Donovan -le dijo Richard al cuarto oficial que en justicia habría tenido que ser el segundo-, cuando lleguemos a Río de Janeiro, ¿tendréis la bondad de hacerme un favor? No me atrevería a pedíroslo si no confiara en vos y pensara que nadie más bajará a tierra.
Era cierto. Las horas y horas que ambos se habían pasado pescando juntos habían forjado una amistad tan estrecha como la que le unía a sus hombres. Y puede que incluso más estrecha. Stephen Donovan tenía peso y ligereza, sensibilidad y acusado sentido del humor, junto con un infalible instinto para adivinar los pensamientos de Richard. Era más hermano suyo de lo que jamás hubiera sido William y, al final, el hecho de que Donovan no lo considerara un hermano ya había dejado de importarle. Al principio, los convictos le tomaban el pelo a causa de aquella extraña amistad y de su sospechosa permanencia en cubierta durante la noche. Pero Richard hacía oídos sordos a los comentarios de los que se burlaban de él y su prudencia le aconsejaba no reaccionar a la defensiva, gracias a lo cual todos acabaron considerando aquella relación como una simple amistad.
El día en que Richard formuló su petición ambos estaban pescando; era uno de aquellos irritantes días en que ningún pez picaba el anzuelo. Donovan llevaba puesto un sombrero de paja de marinero al igual que Richard, quien había comprado el suyo al compañero del carpintero, más aficionado al ron que al sol.
Donovan emitió un pequeño chasquido de placer.
– Me encantaría hacerte un favor -contestó.
– Tenemos un poco de dinero y necesitamos unas cuantas cosas: jabón, extracto de malta, una especie de receta de vieja para pequeñas heridas y pinchazos, aceite de brea, más trapos, un par de navajas y dos tijeras.
– Guárdate el dinero para comprarte el pasaje de vuelta a casa, Richard. Tendré mucho gusto en buscarte lo que necesitas sin necesidad de que me pagues nada a cambio.
Levantando los hombros, Richard meneó la cabeza.
– No puedo aceptar regalos -dijo enérgicamente-. Quiero pagar.
Donovan enarcó una ceja, sonriendo.
– ¿Acaso crees que busco tu cuerpo? Me duele que lo pienses.
– ¡No, por Dios! No puedo aceptar regalos porque no puedo corresponder. ¡Eso no tiene nada que ver con los cuerpos, maldita sea!
De repente, Donovan se echó a reír con un sonido que el cielo atrapó y se llevó lejos de allí.
– ¡Vaya, qué diálogo tan sublime! ¡Parezco una doncella de una publicación destinada a las damas! ¡Nada resulta tan ridículo como una señorita Molly víctima de las angustias de un amor no correspondido! Acepta el regalo que sólo pretende mejorar tu suerte y no ya echar sobre tus hombros el peso de las obligaciones. ¿Es que todavía no te has dado cuenta, Richard? Somos amigos.