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– Si fue incinerado, ¿cómo puede ser que siga vivo?

– No lo sé. Después del asesinato de Neuss, Dan se puso a investigar el tema. Jimmy Halliday también lo estaba haciendo, pero él llevaba más tiempo en ello.

– ¿Y crees que Raymond los ha matado a los dos?

– No lo sé. Ni siquiera puedo decir seguro que está vivo. Pero Alfred Neuss está muerto, y también lo están Jimmy y Dan… todos ellos se habían relacionado con él en Los Ángeles. Aunque tú no lo recuerdes con claridad, estuviste allí en el almacén ferroviario. Lo viste y él te vio a ti. Y si está en París, no quiero verte por aquí. -Marten vaciló: esto era algo en lo que no quería pensar, pero debía hacerlo-. Hay otra cosa -dijo-. Si se trata de Raymond, hay una probabilidad muy alta de que se haya sometido a una operación de cirugía estética, de modo que ahora ya no sabemos qué aspecto tiene.

De pronto, el miedo asomó por la mirada de Rebecca:

– Nicholas, tú eres el que intentó arrestarlo. Te conocerá mejor que nadie. Si sabe que estás en París…

– Rebecca, deja que me asegure de que tú estás bien y luego me preocuparé de mí mismo.

– ¿Qué quieres que haga?

– Supongo que si el señor Rothfels te ha mandado hasta aquí en su jet privado, también te habrá reservado una habitación de hotel.

– Sí, en el Crillon.

– ¿El Crillon?

– Sí. -Rebecca se sonrojó y sonrió. El hotel Crillon es uno de los más lujosos y caros de París-. Está bien eso de tener un jefe rico.

– Estoy seguro. -Marten sonrió, y luego su sonrisa se desvaneció-. Le pediré al hermano de Nadine que te acompañe al hotel. Cuando llegues, quiero que subas a tu habitación, cierres la puerta y no le abras a nadie. Te reservaré un billete de vuelta a Ginebra mañana por la mañana. Dile al conserje que disponga un coche del hotel para llevarte al aeropuerto. Asegúrate de que el conserje conoce personalmente al chofer, y pídele que llame a la aerolínea y que disponga que el chofer se quede contigo hasta que embarques. Mientras tanto, yo llamaré a los Rothfels y les pediré que alguien te espere en el aeropuerto y te lleve hasta Neuchâtel.

– Estás asustado, ¿no?

– Sí, por los dos.

Rebecca estaba hecha un lío de sentimientos mientras Nicholas salía a buscar al hermano de Nadine. Si Dan Ford hubiera muerto por un accidente o por alguna enfermedad letal, estarían igual de devastados, pero de la manera en que había ocurrido, tan rápida y horrible e inesperadamente, resultaba incomprensible. E incomprensible era también la idea de que Raymond siguiera vivo y estuviera provocando tanto terror, tantos meses después y a tantos kilómetros de distancia de donde todo empezó.

Sin embargo, con todo lo espantosa y abrumadora que resultaba la situación, había algo aparte que quería compartir desesperadamente con su hermano. Era sobre ella y su amor y luz de su vida, Alexander Cabrera, y lo importantes que se habían vuelto el uno para el otro. Y aunque su relación había sido un gran secreto, y a pesar del pacto de silencio que lady Clem compartía con ella, tenía la sensación de que se acercaba el momento en el que Alexander cumpliría su promesa y le pediría que se casara con él y quería que Nicholas lo supiera de antemano.

En el pasado, el secretismo de su relación había sido divertido, un juego bravucón del escondite en el que el hermano mayor no sabía lo que la hermana pequeña hacía. Pero ahora que su relación con Alexander se estrechaba y los llevaba hacia lo inevitable, tenía la sensación de estarle escondiendo deliberadamente algo a Nicholas y eso la hacía sentirse incómoda.

La velada de hoy había sido un ejemplo perfecto. No le había contado toda la verdad sobre la insistencia de Gerard Rothfels de que fuera en el avión privado de la empresa desde Suiza. Era cierto que Rothfels había hecho los trámites, pero los había hecho siguiendo las órdenes de Alexander. Y no había sido un chofer de la empresa quien la había recogido en el aeropuerto de Orly, sino Jean-Pierre Rodin, el chofer y guardaespaldas de Alexander. Ella había tenido la esperanza de que fuera el propio Alexander quien fuera a recibirla en persona al aeropuerto, de modo que ella pudiera haber intentado convencerlo de que la acompañara para presentarle a su hermano, aun en aquellas circunstancias terribles, pero resultó que él se encontraba en Italia por trabajo y Jean-Pierre le dijo que no regresaría París hasta muy tarde aquella noche, así que era un asunto de simple logística y, por ahora, fuera de cuestión.

Y luego estaba Raymond y la duda de si contarle su historia a Alexander. Hacerlo despejaría el motivo por el que había que estar preocupado, y mientras que tanto Clem como Alexander estaban al tanto de su crisis, ninguno de ellos sabía el detonante que la había provocado, ni tampoco lo ocurrido para que saliera de ella.

La historia que les había contado había sido maquinada por Nicholas y por su psiquiatra, la doctora Flannery, antes de marcharse de Los Ángeles. En ella decían que ella y Nicholas se habían criado en un pueblo pequeño de Vermont. Cuando ella tenía quince años, sus padres murieron con una diferencia de dos meses y ella se marchó a California a vivir con su hermano, que estaba estudiando allí en la universidad. Al poco tiempo de llegar, un día fueron a la playa con Nicholas y sus amigos. Ella y una muchacha del grupo se pusieron a pasear y, al cabo de un rato, vieron a un chico muy joven atrapado en una fuerte corriente que lo arrastraba mar adentro y que pedía ayuda a gritos. Rebecca mandó a su amiga a buscar al socorrista y ella se lanzó al agua, nadando entre la fuerte corriente, hacia el chico. Cuando lo alcanzó, luchó con todas sus fuerzas entre el fuerte oleaje durante lo que le parecieron horas para mantener las dos cabezas fuera del agua hasta que llegaron los socorristas. Fue sólo entonces cuando ella se enteró de que el chico ya estaba muerto. Más tarde le dijeron que probablemente ya estuviera muerto cuando lo alcanzó. De pronto, fue consciente de que todo aquel tiempo había estado agarrada a un cadáver. Aquella idea, tan seguida de la pérdida tan reciente de sus dos progenitores, la dejó en estado de shock y, casi al instante, sufrió un enorme bloqueo psicológico. Un bloqueo que le duró años, hasta que finalmente empezó a salir del túnel y su hermano la trasladó a la clínica Balmore para seguir un tratamiento especializado con la doctora Maxwell-Scot.

Así, si ahora contaba lo de Raymond, apenas les podría contar lo del tiroteo en el almacén ferroviario y tendría que poner aquella carga sobre Nicholas. Tendría que contarle a Alexander que su hermano no sólo conocía a Dan Ford de cuando era periodista de sucesos en Los Ángeles, sino que, a través de él, había conocido también al detective Halliday, y que los dos habían estado muy involucrados en la investigación de Raymond allí.

Ahora Ford y Halliday estaban muertos en París, y si su asesino era realmente el mismo Raymond, al que se creía muerto pero no lo estaba, había muchos motivos para creer que podía ir también a por Nicholas. Y luego, a su vez, ir a por ella por miedo a que Nicholas le hubiera contado algo.

De modo que lo que ahora se preguntaba Rebecca era, ¿por qué alarmar a Alexander si Nicholas le había dicho que no estaba en absoluto seguro de que el asesino hubiera sido Raymond, ni de que Raymond estuviera realmente vivo? Al reflexionar sobre la cuestión decidió sencillamente que era mejor no contar nada al respecto y olvidarse del tema.