– Quiero saber quién era y lo que sabe -dijo Kitner, mirando directamente a Higgs.
– Sí, señor.
– A partir de ahora tendremos un espacio aparte para la prensa. Michael te dará una lista de los periodistas autorizados y se comprobarán las credenciales. No podrá entrar nadie más.
– Sí, señor.
Michael Kitner miró a su padre.
– Si era un periodista descubriremos quién era.
Peter Kitner no dijo nada. Estaba claramente molesto y se mostraba frío y distante.
– ¿Cómo podía saber lo de Davos?
– No lo sé -dijo Kitner. Brevemente su mirada se dirigió a Higgs, para luego volverse a mirar al gentío que, incluso a esa hora y con el frío de enero, paseaba por los Campos Elíseos.
«No lo sé -se dijo Kitner-. No lo sé.»
Con el teléfono al oído, Nicholas Marten se inclinaba encima del escritorio del pequeño despacho de Armand mientras esperaba que atendieran su llamada.
– Vamos, Rebecca -la apremió-, contesta.
Era la sexta vez que llamaba. Las tres primeras llamadas las había hecho al móvil de Rebecca y no obtuvo respuesta. Preocupado y frustrado, esperó diez minutos y volvió a llamar. Sin respuesta. Finalmente colgó y llamó al hotel, dio su número de habitación y pidió que le pasaran la llamada. Con el mismo resultado.
– Vamos -masculló, mientras miraba las notas garabateadas en el bloc que tenía delante.
Vuelo de Air France 1542, sale de París Charles de Gaulle, terminal 2F, a las 7:00; llega a Ginebra a las 8:05, terminal M.
– Maldita sea, Rebecca, cógelo.
Marten sentía crecer su ansiedad con cada timbre sin contestar. Ya había despertado a Armand y obtuvo la misma información que cuando el hermano de Nadine había llegado a casa: sí, había acompañado a Rebecca hasta su habitación del Crillon. Sí, ella cerró la puerta antes de que él se marchara. Sí, oyó cómo cerraba por dentro. Eso era lo único que sabía. ¿Quería Marten que lo llevara al hotel para comprobarlo? No, estaba bien, le dijo Marten, tan sólo una confusión, nada de lo que preocuparse. Con esto, Armand asintió educadamente y volvió a acostarse.
Dos pitidos más y un hombre con acento francés atendió la llamada:
– Lo siento, señor. No contesta nadie en la habitación.
– ¿Sabe si la señorita Marten ha salido?
– No, señor.
– ¿Podría preguntar en recepción para ver si tal vez ha salido y ha dejado dicho adónde iba?
– Lo siento, señor, pero no estamos autorizados a dar esta información.
– ¡Soy su hermano!
– Lo lamento, señor.
– ¿Qué hora tiene?
– Las doce, señor.
– Por favor, intente de nuevo pasar la llamada a la habitación.
– Sí, señor.
Las doce en punto, igual que en el armario de sobremesa del despacho de Armand. Rebecca había llegado al hotel a las once, hacía exactamente una hora.
La llamada volvió a pasar, sonó una docena de agonizantes tonos y luego la voz masculina volvió a atenderla.
– Lo siento, señor, sigue sin haber respuesta. ¿Desea dejar algún mensaje?
– Sí. Dígale a la señorita Marten que su hermano ha llamado y que, por favor, me llame tan pronto como le den el recado. -Marten le dio al operador el número de casa de Armand y colgó.
Volvió a mirar el reloj.
00:03 h
Ya era jueves, 16 de enero.
¿Dónde demonios estaba Rebecca?
44
Hôtel Crillon, suite Leonard Bernstein. A la misma hora
Rebecca estaba sentada en una butaca de terciopelo rojo, boquiabierta, apenas capaz de respirar. Estaba rodeada de una elegante decoración rococó: butacas y divanes tapizados en seda roja, paredes cubiertas de paneles de madera pulida, ventanas de suelo al techo cubiertas con ricos cortinajes florales. En el rincón opuesto había un piano Steinway de cola, con la tapa abierta, listo para que alguien tocara, y todo estaba delicadamente iluminado por una mezcla de extraordinaria de delicadas y ornadas lámparas de mesa y apliques de pared.
Al otro lado de la puerta abierta que estaba a su izquierda había un comedor privado, y más allá, unas puertas de cristal que se abrían a una amplia terraza exterior. Detrás, la noche parisina. Aquellas puertas eran una manera de huir, si hubiera tenido el coraje. Pero sabía que no lo tenía y que no lo haría, ni ahora ni nunca.
– Respira larga y profundamente y todo irá bien.
Raymond estaba muy cerca de ella, con los ojos llenos de brillo al mirarla. La había sorprendido en su habitación y la hizo bajar rápidamente una planta, hasta una de las suites más caras del Crillon. Aparte de Adolf Sibony, el conserje de noche, nadie sabía que estaban allí. Ni los había visto nadie entrar, ni ella había avisado de que salía de su habitación. Por encima de todo estaban sus órdenes a Sibony de que no debían molestarles.
– ¿Tan difícil te resulta decir algo?
– Yo… -Rebecca temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Raymond se le acercó un poco más. Vaciló y luego la tocó. Sintió cómo se estremecía cuando le acarició la mejilla con el dorso de la mano, y luego la nuca hasta la garganta.
– Has empezado a decir algo… -le susurró- ¿Qué ibas a decir?
– Yo… -De pronto se apartó de él y se incorporó en la butaca. Rápidamente, su mirada se clavó en la de él-. Sí. Sí. Sí. Mil veces sí. Te quiero, siempre te he querido y siempre te querré. Sí, me casaré contigo, mi maravilloso señor, mi maravilloso Alexander Luis Cabrera.
Raymond la miró en silencio. Era el momento más magnífico de su vida y un momento que supo que llegaría desde el primer momento en que la había visto dormida delante del televisor, la noche que él se coló en casa de John Barron en Los Ángeles. Era obra de Dios. Era su sudba, su destino, y el motivo por el que estaba seguro de que había sido empujado hacia la vida de John Barron. No había pasado ni una hora ni un día sin que pensara en ella. Había sido el pensamiento, la visualización y las fantasías sobre ella lo que lo ayudaron a superar las operaciones y aquellos meses de recuperación.
Con su larga melena oscura y sus ojos penetrantes, la majestuosa longitud de su cuello y sus pómulos altos y delicados, la simple imagen de ella lo embrujaba. Rebecca era la viva imagen de la princesa Isabella María Josepha Zenaide, sobrina nieta del rey Luis III de Baviera que, a la edad de veinticuatro años, fue asesinada por unos revolucionarios comunistas en Múnich, en noviembre de 1918. Su retrato estaba colgado, entre otros, en la biblioteca privada de la casa solariega de la baronesa en el Macizo Central francés, y Raymond estaba cautivado por él desde que era niño. Y aquella fascinación no había hecho más que crecer a medida que se fue convirtiendo en un hombre. Regia, bellísima, inolvidable, tenía la edad de Rebecca cuando murió. Y ahora, en su mente y en sus fantasías, volvía a vivir, reencarnada en la hermana de John Barron.
Se la describió, casi sin aliento, a la baronesa cuando ésta fue a verlo junto a su cama, en su rancho de Argentina después de sus primeras operaciones. Rebecca era realmente su sudba, su destino, le dijo. La mujer a la que debía convertir en su esposa.
Fue la manera en que hablaba de ella -una y otra vez, durante meses, mientras la baronesa supervisaba su larga recuperación y la laboriosa rehabilitación de sus operaciones médicas y cosméticas- lo que hizo abrir los ojos a la baronesa del efecto que Rebecca había causado sobre aquel hombre del que era la guardiana legal. En sus ojos había una luz que no le había visto nunca, y sabía que si Rebecca era realmente como él la describía y, en función de su estado mental, podía sanarse y ser moldeada de la manera adecuada, podría representar un papel clave que faltaba en el futuro de ambos.