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En poco tiempo siguió el rastro de Rebecca hasta el santuario de Saint Francis en Los Ángeles y se enteró de que su cuidado estaba al cargo de la doctora Flannery. A las pocas horas el ordenador personal de la doctora fue pirateado y el expediente de Rebecca copiado. La baronesa supo así adonde había ido Rebecca y el nombre del terapeuta al que había sido transferida. En muy poco tiempo, los archivos del ordenador en la Balmore de la doctora Maxwell-Scot fueron espiados y la baronesa se enteró de la enfermedad que afectaba a Rebecca y de su excelente prognosis. También se enteró de quién era el garante de los honorarios clínicos de Rebecca: su hermano, Nicholas Marten, que primero residía en Londres, en el hotel Hampstead Holiday Inn y más tarde, en el número 221 de Water Street, en Manchester, Inglaterra.

El hecho de que Rebecca ya se encontrara en Europa simplificaba bastante las cosas. Lausana, Suiza, era la sede europea de la corporación que Alexander presidía, y Suiza era un escenario ideal para que le presentaran a Rebecca e iniciar su relación.

La experiencia de maître Jacques Bertrand, el abogado residente en Zúrich de la baronesa, entró en juego de inmediato. A los pocos meses los agentes inmobiliarios encontraron un elegante balneario privado en Neuchâtel, a poca distancia por carretera de Lausana. Se hizo una oferta para su adquisición, pero sus dueños dijeron que no estaba en venta. Se hizo una segunda oferta, que también fue rechazada. Pero la tercera no lo fue. El precio era fabuloso.

En cuarenta y ocho horas se saldó la venta. Joseph Cumberland, un prominente abogado de Londres, convocó una reunión con Eugenia Applegate, presidenta de la Fundación Balmore. En la misma, le habló de un cliente que era un gran admirador del trabajo que se hacía en la clínica y que había adquirido recientemente un balneario a orillas del lago Neuchâtel, en Suiza. Dicho cliente, que deseaba permanecer en el anonimato, estaba dispuesto a donar la finca y sus terrenos a la fundación. Además se establecía un sistema de becas privadas para hacer posible el funcionamiento de la institución y para cubrir los gastos de los pacientes. La esperanza era que aquel lugar, alejado del bullicio, el ruido y las distracciones de Londres, permitiría a los terapeutas desarrollar un programa concentrado que, con acceso inmediato al aire libre y, por lo tanto, a las actividades físicas como el remo y el senderismo, pudiera acelerar el proceso de curación de sus pacientes y, así, reducir considerablemente el período de terapia.

El número de pacientes iba a limitarse a las habitaciones privadas disponibles, que eran veinte, y serían supervisados por personal elegido por la fundación. Acto seguido, puesto que el donante había hecho las diligencias pertinentes y había estudiado cuidadosamente la operativa de la clínica durante los meses recientes, se sugería firmemente que el equipo médico inicial incluyera a algunos de los psicoterapeutas actuales de la Balmore, los doctores Alistair James, Marcella Turnbull y Anne Maxwell-Scot, que se llevarían, por supuesto, a sus pacientes más habituales.

Y entonces venía lo último. Debido a la situación con Hacienda del donante, la transmisión del título de propiedad y el inicio de operación de las instalaciones debía tener lugar en un periodo no superior a treinta días. Si esto era o no factible debía decidirlo la propia fundación.

Para la Balmore, para la fundación, el regalo era enorme. Al cabo de treinta y seis horas, un grupo de miembros del consejo de la fundación había visitado el lugar, los abogados de la Balmore habían sido consultados y la propuesta fue aceptada. Dos días más tarde se intercambiaron la documentación. El domingo 19 de mayo, con dos días de ventaja sobre la fecha límite, las instalaciones fueron equipadas, repintadas y bautizadas con el nombre Jura, por las cercanas montañas de Jura, y se inauguraron. El martes 21 de mayo, el centro estaba en pleno funcionamiento con los doctores James, Turnbull y Maxwell-Scot y sus pacientes principales instalados, Rebecca la primera de todas.

Fue una hazaña hecha realidad sólo gracias a una fortuna extraordinaria y a una chutzpah sin igual, dos elementos que la baronesa poseía en abundancia. Sin embargo, todavía no había terminado. Al mes siguiente, y petición de Alexander, Gerard Rothfels y su familia se mudaron de Lausana a Neuchâtel y, poco después, Alexander Cabrera fue introducido en la vida de Rebecca.

Y un poco más de siete meses después de su primer encuentro en Jura, y por voluntad propia, Rebecca accedía a convertirse en su esposa.

– Qué hijos tan hermosos tendremos -le susurró él, atrayéndola hacia él-. Qué hijos tan hermosos.

– Sí. -Rebecca se rio y lloró y trató de enjugarse las lágrimas, todo al mismo tiempo-. Tendremos unos hijos muy, muy hermosos.

Todo aquello era increíble. Y Alexander lo sabía.

45

00:30 h

Rebecca observó a Alexander levantarse del sofá y cruzar la estancia para atender la llamada en su móvil.

Con una copa de champán en la mano y un poco borracha por primera vez en su vida, se preguntó cuántas veces lo había visto hacer aquel gesto. Estaban profundamente enamorados y acababan de comprometerse en matrimonio. Aquél debía haber sido un interludio tranquilo y muy personal en sus vidas, pero él, de todos modos, contestó al teléfono. Siempre estaba ocupado, siempre trabajando. Le llegaban llamadas de cualquier rincón del mundo prácticamente a cualquier hora, y él contestaba siempre. Todo lo hacía rápida e intensamente, pero, al mismo tiempo, mostraba siempre una delicadeza extrema, en especial hacia ella. Eran características muy similares a las de su hermano y por un momento pensó en lo notable que era el parecido entre ellos y se preguntó si, cuando se conocieran, podrían convertirse en amigos para siempre. Esta idea le hizo darse cuenta de que no tenía más remedio que revelarle a Alexander su pasado, en especial ahora que había aceptado convertirse en su esposa.

– Bajo en cinco minutos.

Alexander colgó el teléfono y se volvió a mirarla.

– Era Jean-Pierre, que me espera fuera en el coche. Parece ser que tu hermano ha venido a verte al hotel.

– ¿Mi hermano?

– Seguro que ha intentado ponerse en contacto contigo y no ha podido. Irá al mostrador de recepción a pedir que llamen a tu habitación. Si no estás allí, armará un pequeño revuelo y mandarán a alguien a buscarte.

Alexander experimentó la misma sensación que había tenido dos horas antes, cuando vio a Marten delante del piso de la rue Huysmans. Éste era el motivo por el que debía ser asesinado. Dejarlo vivir ni que fuera un día más era flirtear con el momento en que dejaría de estar medio paso por detrás de él para caerle justo encima y a punto de asfixiarlo. Pero, aun con aquel riesgo creciente, ahora no podía matar a Marten. Davos se estaba acercando y, además, la muerte de su hermano provocaría en Rebecca un torbellino emocional que probablemente la mandaría de nuevo al punto del colapso, y eso era algo que no dejaría que ocurriera.

– ¿Lo quieres conocer? -Rebecca se había levantado de pronto y se dirigía hacia él, feliz y sonriente-. Ahora, esta noche, para que podamos darle la noticia.

– No, esta noche no.

– ¿Por qué? -Se detuvo, con la cabeza ladeada, contrariada.

Alexander la miró en silencio. No se encontraría con Marten, no podía correr el riesgo de que, de alguna manera, Marten lo reconociera, hasta que llegara el momento de liquidarlo.

– Rebecca -Alexander se acercó a ella y le tomó las manos delicadamente entre las suyas-, sólo tú y yo sabemos lo que ha ocurrido esta noche entre nosotros. Por varios motivos, es muy importante que guardemos nuestra felicidad como un secreto entre nosotros unos cuantos días más. Más adelante lo anunciaremos y organizaremos una celebración magnífica en Suiza, a la que, por supuesto, invitaremos a tu hermano. Y cuando nos conozcamos, lo abrazaré con todo mi cariño, respeto y buena voluntad.