151, Avenue George V
El francés de Marten era prácticamente inservible, pero no resultaba difícil de entender lo que acababa de leer. Una carta conmemorativa en honor de la «espléndida» familia Romanov para una cena que se celebraría en París el 16 de enero; casi todos los platos que iban a servirse eran rusos.
De pronto se dio cuenta de que hoy era el 16 de enero. ¡La cena era esta noche! Lentamente, casi hipnotizado, giró la tarjeta de la carta. Escrito del puño y letra de Ford ponía «asistirá Kitner» y luego, abajo, con la misma letra, ponía «Jean-Luc Vabres-Menú #l».
Una cena conmemorativa para la que supuso era la legendaria familia Romanov. La familia imperial de Rusia. ¡Rusia! Volvía a aparecer Rusia. Y Peter Kitner estaba invitado.
Marten volvió a mirar el recorte sobre el nombramiento de Kitner.
– Dios mío -masculló entre dientes. Kitner había sido nombrado sir en Londres el miércoles 13 de marzo del año pasado. Ése fue el día después de que Neuss se marchara de Beverly Hills con destino a Londres, lo cual significaba, debido a la duración del vuelo y la diferencia horaria, que el 13 de marzo era el día en que Neuss habría llegado a Londres. ¿Era posible que hubiera ido a ver a Kitner? Neuss le había dicho a la policía metropolitana de Londres que había ido a Londres por negocios. Eso hizo que Marten se preguntara por qué tipo de negocios, y si los investigadores le habrían pedido los detalles de los mismos. Si así fue, no lo hicieron constar en su informe, y desde luego él no podía llamarlos ahora para pedir que lo pusieran en contacto con uno de los investigadores originales. Marten apretó el puño con un gesto de frustración y desvió la mirada, mientras intentaba decidir qué hacer. De pronto se le ocurrió una persona a la que podía llamar. Alguien que podía saberlo muy bien.
Miró bruscamente al reloj. Eran casi las cinco menos cuarto de la madrugada del jueves en París, lo cual significaba que eran las ocho menos cuarto de la tarde en Beverly Hills. Marten buscó el móvil en su chaqueta. Un bolsillo, luego el otro, y luego el bolsillo interior. El teléfono no estaba. No sabía qué le había ocurrido, si lo había perdido o dejado en alguna parte, pero daba igual porque no lo tenía. De inmediato, sus ojos localizaron el teléfono que había en el despacho de Armand. No quería utilizarlo por miedo a que su llamada pudiera ser rastreada. Pero a aquella hora del día y con la presión del tiempo por la cena de los Romanov esa noche, no tenía más remedio.
Cogió rápidamente el auricular, marcó el cero y pidió que le pasaran con AT &T. En veinte segundos lo habían transferido al directorio de información telefónica de Los Ángeles y pidió que le facilitaran el teléfono del domicilio de Alfred Neuss en Beverly Hills. Le dijeron que el número no figuraba como disponible. Marten hizo una mueca y colgó. Había un número especial que la policía y otros servicios de emergencia usaban para acceder a los teléfonos que no figuraban en la guía. Lo sabía porque él mismo lo había utilizado muchas veces desde el LAPD. Lo único que ahora podía esperar era que todavía funcionara y que ni el sistema ni el número hubieran cambiado.
Volvió a coger el auricular, marcó el cero y pidió de nuevo línea con AT &T. Al cabo de un momento se la dieron y marcó el número. Le salió una voz masculina que, para su alivio, le confirmó que había accedido al servicio que quería. Respiró y luego se identificó como el detective del LAPD Gene VerMeer, de Robos y Homicidios, diciendo que estaba involucrado en una importante investigación en el extranjero y que llamaba desde París. A los pocos segundos ya disponía del teléfono personal de Alfred Neuss. Colgó y volvió a iniciar el proceso de obtener línea a través de AT &T. Al cabo de un instante marcó el número y esperó, preocupado por que, debido a la publicidad generada por el asesinato de Neuss, lo único que obtendría sería algún tipo de grabación o contestador. Pero, para su sorpresa, una mujer se puso al teléfono.
– ¿La señora Neuss, por favor?
– ¿Quién llama?
– Soy el detective Gene VerMeer, del departamento de Policía de Los Ángeles, división de Robos y Homicidios.
– Soy la señora Neuss, detective. ¿No hemos hablado alguna vez?
Marten sintió la extrañeza en su voz.
– Sí, por supuesto, señora Neuss -reaccionó rápidamente-. La llamo desde Francia, la conexión no es muy buena. Estoy en París investigando el asesinato de su marido con la policía local.
Marten se frotó la camisa con el auricular para simular ruidos que dificultaban la conexión. No sabía si eso funcionaría pero lo dio por bueno mientras se dedicaba una sonrisita para sus adentros-. Señora Neuss, ¿sigue ahí?
– Sí; dígame, detective.
– Empezaremos por el día en que su esposo aterrizó en París y luego iremos hacia atrás. -De pronto Marten se acordó de lo que Dan Ford le había dicho cuando volvían del aeropuerto. Era algo que le había parecido poco importante a la luz de todo lo que estaba ocurriendo en aquel momento y tal vez todavía lo fuera, pero ahora tenía la oportunidad de preguntarlo antes de seguir con lo demás-. Su marido voló de Los Ángeles a París, y luego tomó un vuelo de conexión a Marsella antes de seguir hasta Mónaco.
– Yo no sabía lo de Marsella hasta que ustedes me lo dijeron. Supongo que era simplemente una conexión conveniente.
– ¿Está segura?
– Detective, ya le he dicho que no lo sabía. Tampoco le pedí que me detallara su itinerario. No era ese tipo de esposa.
Marten vaciló. Tal vez fuera cierto. Tal vez la parada en Marsella fuera tan sólo una conexión conveniente.
– Permítame que me remonte un poco más atrás. -Ahora Marten llegó al tema que le importaba-. Creo que usted y él estuvieron en Londres el año pasado. El trece de marzo, para ser exactos.
– Sí.
– Su marido le dijo a la policía de Londres que había ido por negocios.
– Así es.
– ¿Sabe exactamente de qué negocios se trataba? ¿Con quién se reunió?
– No, lo siento. Estuvimos muy pocos días. Salía por la mañana y no volvía a verlo hasta la noche. No sé lo que hacía durante el día. No me hablaba de este tipo de cosas.
– ¿Qué hacía usted mientras tanto?
– Salía de compras, detective.
– ¿Cada día?
– Sí.
– Una pregunta más, señora Neuss. ¿Era su marido amigo de Peter Kitner?
Marten oyó una pequeña expulsión de aire, como si la pregunta la hubiera cogido fuera de juego.
– Señora Neuss -la apremió-, le he preguntado si su marido era amigo de…
– Es la segunda persona que me lo pregunta.
Marten, de pronto, se reanimó:
– ¿Quién fue la primera?
– Un tal señor Ford, del Los Ángeles Times, llamó a mi marido un poco antes de Navidad.
– Señora Neuss, el señor Ford acaba de ser hallado muerto, asesinado, aquí en Francia.
– Oh… -Marten sintió su fuerte reacción-. Lo siento mucho.
– Señora Neuss -la volvió a presionar Marten-, ¿conocía su marido a Peter Kitner?
– No, no lo conocía -contestó rápidamente-. Y ya se lo dijo al señor Ford.
– ¿Está segura?
– Sí, estoy segura.
– Gracias, señora Neuss.
Marten colgó el teléfono, con su pregunta sin contestar. La señora Neuss le había mentido al responder que su marido no conocía a Peter Kitner. Que Ford le hubiera hecho exactamente la misma pregunta le sorprendía poco porque, por la razón que fuera, estaba interesado en Kitner y pensó que había algún tipo de relación entre los dos. Por qué había esperado tanto tiempo en intentar descubrirlo resultaba difícil de juzgar, a menos que se hubiera encontrado con la noticia de Kitner justo antes de Navidad y que la coincidencia de la fecha del 13 de marzo se le hubiera ocurrido entonces. Eso le hizo preguntarse si Ford habría intentado llamar a Kitner para preguntarle sobre Neuss… y si él habría respondido lo mismo. Por desgracia, la probabilidad de hablar por teléfono directamente con alguien como Kitner, y luego conseguir que respondiera a preguntas de carácter personal, era semejante a cero hasta para un periodista, o para un policía, a menos que tuvieran algún tipo de sospecha muy fundada de que Kitner hubiera cometido algún crimen. Además, si lo intentaba, se arriesgaba a que la gente de Kitner descubriera su identidad. De modo que, al menos de momento, dejó la idea aparcada.