Sin embargo, poniendo la llamada de Ford a Neuss en perspectiva, había tenido lugar mucho después de que el ruido por el asunto de Raymond Thorne y su interés en el joyero de Beverly Hills se hubiera calmado. De modo que si había alguna relación entre Neuss y Kitner, en especial teniendo en cuenta la fecha del 13 de marzo, a estas alturas los dos Neuss ya habrían tenido tiempo de ensayar un simple «no, Alfred Neuss no conoce a Peter Kitner» de respuesta, en especial si intentaban esconder el hecho de que los dos hombres se conocían y se habían encontrado en Londres e intentaban mantenerlo en secreto. Y Ford, con nada más concreto que una coincidencia de fechas, lo había sencillamente aceptado y había proseguido con sus asuntos.
Desde entonces, Neuss había sido asesinado y la policía y los periodistas habrían disparado preguntas desde todas las direcciones. Y la señora Neuss, todavía consternada por la pérdida de su esposo y con los nervios todavía desquiciados, aunque nadie más le hubiera preguntado sobre Kitner y su esposo, había sido pillada fuera de guardia por la pregunta de Marten y, sin darse cuenta, se había delatado. Nick Marten (o más bien, John Barron) había sido detective de homicidios el tiempo suficiente como para detectar el pequeño grito ahogado e identificarlo como sorpresa. De modo que la respuesta era sí. Alfred Neuss conocía a Peter Kitner. Pero, más concretamente, ¿se conocían lo bastante como para que Neuss hubiera visitado a Kitner en Londres el marzo pasado? Y si era así, ¿por qué? ¿Y por qué entonces? ¿Sobre qué asunto? ¿Y por qué lo ocultaban, tanto Neuss como su esposa?
Ahora Halliday había muerto en París y Dan Ford había sido asesinado por haber ido a reunirse con Jean-Luc Vabres, fuera quien fuese. De pronto Marten se preguntó por qué Ford había escrito la nota sobre la asistencia de Kitner a la cena de los Romanov y por qué, después de que Neuss hubiera sido asesinado y todo apuntara a algún tipo de trama rusa, ni siquiera le había mencionado aquella cena. Tal vez la respuesta fuera que Ford sospechaba algo pero no tenía pruebas y quería mantener a Marten al margen. O tal vez, como con todo lo demás -desde la casa de Uxbridge Street hasta I.M. y el Penrith's Bar, el 7 de abril/Moscú, e incluso el avión fletado- no había nada tangible, y sencillamente consideró la cena de los Romanov como un simple eco de sociedad de esos que a la gente le gusta leer en la prensa. Al fin y al cabo, esto también formaba parte de su profesión.
El problema era que Marten sabía ahora que entre Alfred Neuss y sir Peter Kitner había existido algún tipo de relación. De qué se trataba y cuál era su conexión con la familia Romanov, en estos momentos no tenía forma de saberlo.
De pronto se le ocurrieron dos ideas en rápida sucesión. La primera: ¿qué se conmemoraba con aquella cena?
La segunda: si el menú número 1 tenía un numeral, ¿significaba que había un menú número 2? Si lo había, ¿cuál era la ocasión? ¿Dónde iba a celebrarse y cuándo? Y si había un menú número 2, ¿por qué asunto había ido Ford a ver a Jean-Luc? ¿Y por qué en medio de la noche y en un lugar tan remoto? Por otro lado, no tenía sentido, porque Lenard había preguntado por un mapa. Volvió a mirar el menú.
Carte Commémorative.
¿Carte? ¿Qué significaba?
Junto a la lámpara, al otro lado de la mesa de Armand, había una pequeña pila de libros. Todos estaban en francés menos uno: un diccionario Francés-Inglés. Rápidamente lo cogió y lo abrió por la letra C. En la sexta página encontró carte. Significaba {marine, du del) carta; [de fichier, d'abonnement, etc., á jouer), ficha; (au restaurant) carta, menú; (de géographie), ¡mapa!
¡Mapa!
Tal vez Kovalenko hubiera malinterpretado el francés y pensó en «mapa» cuando el significado que realmente aplicaba era «menú».
Marten dejó el diccionario y revisó todo el resto del archivo de Ford buscando más sobre un segundo menú, Kitner, los Romanov o Jean-Luc Vabres, pero no encontró nada hasta que se tropezó con un sobre de nueve por doce centímetros marcado con la palabra kitner escrita a lápiz. Lo abrió y encontró una serie de fotocopias de artículos sobre Peter Kitner extraídas de las bases de datos de varios periódicos de todo el mundo. La mayoría incluían fotos del alto, distinguido y canoso Kitner y estaban en inglés, aunque había varios en idiomas distintos: alemán, italiano, japonés y francés. Un repaso rápido le dijo que la mayoría eran elogios de Kitner, su familia, su condecoración como Sir de la corona británica, la construcción de su imperio de comunicaciones desde sus orígenes como hijo de un relojero suizo moderadamente adinerado. Por lo que podía deducir, no había nada que pudiera indicar el motivo que lo llevaría a asistir a una cena en, honor de los Romanov, aparte del hecho de ser sir Peter Kitner y probablemente formar parte de la lista de privilegiados de miles de celebraciones sociales que tenían lugar por el mundo en cualquier momento. En cuanto al buscado segundo menú, o tal vez alguna referencia al mismo, o a Jean-Luc Vabres, no había nada.
Finalmente, Marten volvió a guardar los recortes y cerró el archivador. Cansado y desanimado por no haber podido descubrir nada más, se estaba levantando, dispuesto a meterse en la cama, cuando sus ojos se tropezaron con la agenda de Halliday y, de pronto, se preguntó si podía haber algo que se le hubiera pasado por alto en aquel amasijo caótico de papeles y de notas. Tal vez Halliday también se hubiera tropezado con los Romanov o con Kitner.
Abrió la agenda y volvió a repasarla, esta vez buscando expresamente alguna referencia a Kitner, a los Romanov, a Jean-Luc Vabres o a un menú.
5:20 h
Completamente agotado y sin haber encontrado nada, llegó a la última página de la agenda. Las únicas páginas todavía intactas de esta revisión eran los papeles sueltos embutidos en la cubierta trasera, que había empezado a mirar antes. Dio un fuerte suspiro e hizo un último esfuerzo y las volvió a sacar. Vio las mismas fotos de los niños de Halliday y los cheques de viaje que había visto antes, y luego el billete electrónico de Halliday y su pasaporte. Sin ningún motivo especial, abrió el pasaporte. La foto de Halliday se lo quedó mirando. La observó unos segundos, se dispuso a cerrarlo y no lo hizo. Algo lo atrajo hacia los ojos de Halliday. Era casi como si el detective asesinado lo estuviera llamando desde el otro lado, tratando de decirle que siguiera buscando. Pero ¿dónde? Lo había mirado todo, no había nada más. Poco a poco, Marten cerró el pasaporte, lo puso con el resto de papeles y luego empezó a meter otra vez los papeles en la solapa. Fue entonces cuando vio el bulto raro en el que el soporte de cartón de la parte de calendario de la agenda había sido metido por dentro de la solapa de piel de la cubierta. Pensó que el bulto era tan sólo que el cartón se había arrugado y trató de alisarlo, para que los papeles entraran más fácilmente en el bolsillo. Pero no lo logró.
– Maldita sea -blasfemó, cansado de intentarlo. Entonces se dio cuenta de que el bulto no era una arruga del cartón sino algo más. Sacó todo el cartón y abrió el bolsillo de la solapa de piel. Dentro vio un pequeño paquete de tarjetas de tres por cinco atadas con una goma elástica. Rápidamente sacó el paquete y le quitó la goma. Las tarjetas se abrieron. En medio había un solo disquete de ordenador.