Marten miró a Cabrera.
– ¿Dónde está Rebecca?
– Estará aquí en un momento. ¿Te apetece tomar algo?
– Agua mineral, si tienes.
– Por supuesto.
Marten observó a Cabrera acercarse a un pequeño bar que había en la esquina de la estancia. Tenía el mismo aspecto que en las fotos que le había mostrado Kovalenko: alto, delgado, con el pelo y la barba bien arreglados. La última vez que había visto a Raymond -cuando se enfrentaban a Polchak, Lee y Valparaiso, y hasta a Halliday antes de que se pusiera del lado de Marten, en el terrible tiroteo de Los Ángeles-, estaba casi calvo en su intento de adoptar la identidad del asesinado Josef Speer. Pero el pelo no era la única diferencia. La cara era totalmente distinta, su estructura más pronunciada, la mandíbula, por lo que la barba le permitía distinguir, hasta la nariz. Y los ojos. Antes los tenía azul verdosos, ahora eran negros como la noche. Tal vez llevara lentillas, podía ser, pero dejando los ojos a un lado, si era Raymond, el cirujano plástico había hecho un trabajo excelente al cambiar su aspecto de una manera tan completa.
– Me miras con curiosidad, Marten. -Cabrera se le acercó con un vaso de agua mineral en la mano.
– Trataba de hacerme una idea del hombre que va a casarse con mi hermana.
– ¿Y cómo puntúo? -Cabrera sonrió tranquilamente y le ofreció el vaso.
– Me gustaría que me lo dijera Rebecca. Parece que te has ganado su corazón.
– ¿Por qué no la llamo y dejo que se lo preguntes a ella? -Cabrera se acercó a una mesita lateral y tocó un botón.
Al cabo de un momento se abrió la puerta del fondo y apareció Rebecca. Marten contuvo la respiración. No sólo estaba viva y sana sino que, con el espléndido vestido que llevaba, estaba extraordinariamente bella.
– ¡Nicholas! -exclamó nada más verlo. De pronto cruzó la habitación y le dio un abrazo. Lo sostuvo entre sus brazos mientras lo miraba con los ojos llenos de lágrimas y riendo al mismo tiempo-. Deseaba tanto que esto fuera una sorpresa.
Marten retrocedió para mirarla y se fijó de pronto en su collar de esmeraldas y en los pendientes de perlas y diamantes.
– Es una sorpresa, Rebecca. De eso no tienes que preocuparte.
– Alexander -de pronto ella se separó y se acercó a Alexander-, díselo. Díselo, por favor.
– Creo que primero los dos tenéis que conocer a mi padre. -Cabrera volvió a tocar el botón, y esta vez habló por un pequeño micro que había al lado-. Por favor -dijo, y luego se volvió a mirarlos-. Estaba descansado. Bajará en un momento.
– Tu padre es sir Peter Kitner -dijo Marten, con cautela-, y está a punto de convertirse en el zar de Rusia.
– Estás bien informado, Nicholas -sonrió Cabrera, relajado-. Debería estar sorprendido, pero no lo estoy, teniendo en cuenta que eres el hermano de Rebecca. Sin embargo, las cosas han cambiado. Eso es lo que Rebecca quería que te dijera. -Su sonrisa se desvaneció-. Mi padre no llegará a ser zar. Ha renunciado al trono a favor mío.
– ¿Tú?
– Sí.
– Entiendo -dijo Marten, a media voz. Ahí estaba, tal y como se lo había predicho a Kovalenko. La única diferencia es que no había funcionado de la misma manera: Cabrera no había tenido que matar a Kitner para convertirse en zar, simplemente, se limitó a aterrorizarlo para que abdicara; así no había política de por medio. No tendría que demostrar nada. Con un plumazo de Kitner, Cabrera se había convertido en zar fácilmente.
Unos golpes a la puerta sacaron a Marten de sus cábalas.
– Oui -dijo Cabrera.
La puerta se abrió y apareció sir Peter Kitner. Iba vestido formalmente y no lo acompañaba un escolta, como a Marten lo había acompañado, sino el mismísimo coronel Murzin.
– Buenas tardes, zarevich -le dijo Murzin a Cabrera, y luego miró a Marten-. El señor Kovalenko me ha pedido que me disculpe por él. Las circunstancias lo han obligado a regresar a Moscú de inmediato.
Marten asintió con la cabeza y no hizo ningún comentario. Kovalenko se había marchado. El cómo o el porqué no era algo que pudiera preguntar. La cruda realidad era que, a partir de ahora, estaba solo ante el peligro.
– Padre -dijo Cabrera, mientras acompañaba a Kitner al interior de la biblioteca-, quiero que conozcas a la mujer que amo y con la que pronto me casaré.
Kitner no reaccionó en absoluto, se limitó a hacer una media reverencia al acercarse a Rebecca. Ella lo miró un momento y luego lo abrazó de la misma manera en que había abrazado a Marten. De nuevo, lágrimas de felicidad le humedecieron los ojos y luego retrocedió, tomó la mano del hombre entre las suyas y le dijo en ruso fluido lo maravilloso que era conocerle y tenerlo allí con ellos. Era la expresión pura de los sentimientos que le brotaban del corazón.
– Este es mi hermano -dijo, volviéndose hacia Marten.
– Nicholas Marten, señor. -Marten le ofreció la mano.
– Es un placer -dijo Kitner en inglés antes de estrechar lentamente la mano de Marten. Fue un saludo blando y apenas perceptible, y el hombre le soltó la mano apenas se la había cogido. Los ojos de Kitner, su actitud entera, parecían ausentes, como si fuera consciente de lo que estaba ocurriendo pero, al mismo tiempo, no se enterara de nada. Era difícil saber si estaba sencillamente cansado o si estaba bajo los efectos de algún tipo de droga. Fuera como fuese, su manera de comportarse era abúlica y extraviada, apenas la actitud que uno espera del hombre que dirige un imperio mediático y que debía convertirse en zar hasta abdicar a favor de Cabrera.
– Así, mi amor, ¿lo ves? -Cabrera rodeó a Rebecca cariñosamente con un brazo-. Toda nuestra familia reunida. Tú y yo, la baronesa, mi padre y tu hermano.
– Sí -sonrió ella-. Sí.
– Zarevich -intervino de pronto Murzin, señalando su reloj. Cabrera asintió con la cabeza y sonrió con calidez. -Rebecca, es hora de que recibamos a nuestros invitados. Baronesa, padre, Nicholas; por favor, acompáñennos.
93
20:00 h
El gran salón de baile de Villa Enkratzer tenía sesenta metros de largo y casi los mismos de ancho. El suelo de mármol pulido era como una tabla de ajedrez, blanco y negro. El techo, alto y abovedado, estaba pintado con gloriosos frescos celestiales del siglo XVIII; en el centro, Zeus, entronizado sobre un águila volando, presidía una reunión de dioses.
Una orquesta de veinte maestros con chaqué animaba la velada cerca de la cristalera del fondo, mientras el centenar aproximado de elegantes invitados de la baronesa Marga de Vienne y de Alexander Cabrera permanecían sentados alrededor de las mesas con mantelerías de hilo que rodeaban el perímetro del salón o bailaban al ritmo de la música.
– ¡Nicholas! -Lady Clem dejó solo a su padre en la pista de baile en el instante en que vio a Marten entrar, y se dirigió hacia él. No le importó en absoluto que Marten formara parte del entorno inmediato de Alexander Cabrera y estuviera haciendo una entrada formal y espectacular a la sala. Todos los presentes estaban al tanto de lo ocurrido, que sir Peter Kitner Mikhail Romanov había abdicado del trono y que mañana Alexander Cabrera, nacido Alexander Nikolaevich Romanov, sería presentado formalmente al mundo como zarevich de Todas las Rusias.
– ¡Clementine! -Lord Prestbury trató de llamarla de nuevo a su lado, reprendiéndola en voz baja.
No hubo necesidad. Tan pronto como vieron entrar al zarevich, los músicos dejaron de tocar; al mismo tiempo, la gente se quedó quieta y el silencio invadió la sala. Y entonces, como había sucedido con Peter Kitner apenas veinticuatro horas antes, un aplauso fuerte y sostenido se levantó a modo de saludo a Cabrera.