– Llevo horas llamándote -le dijo al teléfono, riñendo a Alexander en ruso como si fuera un niño pequeño-. He dejado mensajes en veinte lugares distintos. ¿Por qué no me has contestado?
– Yo… -Alexander vaciló-, os pido disculpas. Hay otros asuntos…
– ¿Qué otros asuntos? ¿Qué significa que nos envíes aquí en medio de la noche, sin la más mínima explicación? ¿Nos mandas salir de Moscú con el FSO con nocturnidad sencillamente porque tú estás ocupado y quieres que nos limitemos a empolvarnos la nariz y nada más?
Alexander le hizo un gesto a Murzin para que abriera la puerta, y luego se desató y salió. Con el móvil de Murzin en la mano, anduvo por la azotea, alejándose del helicóptero.
– Baronesa, el hermano de Rebecca está vivo. Llegó anoche a Moscú. Éste es el motivo por la que he mandado que os lleven a Tsarkoe Selo.
– ¿Dónde está ahora?
– No lo sabemos.
– ¿Estás seguro de que es él?
– Sí.
– De modo que la zarina siempre ha estado en lo cierto.
– Baronesa, Rebecca no puede saberlo.
La baronesa de Vienne se apartó bruscamente del centro del salón y se acercó a los ventanales.
– Maldita sea Rebecca -escupió-. Hay otros asuntos que son infinitamente más importantes.
– ¿Qué asuntos?
– Ayer te reuniste con el presidente Gitinov.
– Sí, ¿y qué?
De pronto se metió un mechón rizado de su pelo negro detrás de la oreja y se volvió de espaldas al sol.
– No le gustaste.
– ¿Qué queréis decir?
– Que no le gustó tu actitud. Te mostraste condescendiente.
– Baronesa, estuve cortés. Conversamos. No dije nada. Si esto es ser condescendiente…
– Leyó entre líneas. Opina que eres demasiado fuerte. Que tienes otras ambiciones.
Alexander sonrió con seguridad y miró más allá de la azotea, hacia el río Moscú y el Kremlin, detrás del mismo.
– Es más perspicaz de lo que pensaba.
– Gitinov no ha llegado a presidente por ser tonto. ¡La culpa es tuya, no suya! -lo cortó la baronesa como un estilete.
Alexander se volvió de espaldas al helicóptero como si Murzin o la tripulación pudieran ver su reacción o, todavía peor, pudieran escuchar su conversación.
– ¿No has aprendido nada en esta vida? ¡Nunca jamás tienes que revelar lo que tienes dentro! -La baronesa llegó a los ventanales de la biblioteca e inmediatamente dio media vuelta, caminando malhumorada por el salón-. ¿Es que no te das cuenta del esfuerzo que ha costado llevarte hasta dónde estás? No sólo los años de moldear tu carácter, sino los años de entrenamiento físico y otra formación especial y muy personal, todo lo cual estaba pensado para hacer de ti una persona lo bastante fuerte y voluntariosa y brutal para convertirte en zar de Todas las Rusias, manipulando toda su política…
»¿Quién se ha trabajado al triunvirato durante casi dos décadas enteras, juntos y por separado, obtenido su confianza, metiéndose dentro de sus mentes, escuchando sus problemas, entregándoles dinero, mucho dinero, para sus causas? ¿Quién les convenció de que la única manera de dar estabilidad al país y construir un espíritu nacional duradero era restaurar la monarquía? ¿Quién los convenció para que exigieran que Peter Kitner se apartara a favor tuyo? -dijo, con una furia creciente-. ¿Quién?
– Vos -susurró él.
– Exacto, yo. Así que escúchame cuando te digo que todavía ahora existe mucha amargura entre el Presidente y el triunvirato. Te recuerdo que fueron ellos los que presionaron a los miembros de las dos cámaras del Parlamento para que restauraran la monarquía. Y lo hicieron porque yo convencí a cada uno de ellos que hacerlo no era sólo por el interés de Rusia, sino en el de su propia institución. Y fue por esto que ellos, y su influencia, lo arreglaron.
»El presidente, por otro lado, temió secretamente desde el principio que tú le hicieras sombra a ojos del pueblo. Y este temor ya ha sido traducido en realidad con la atención que el público te ha dispensado. Él sabe lo que significa ser un personaje célebre, y cree que ya acumulas demasiado poder.
»Ya es lo bastante grave que, a tres semanas de la coronación, le hayas dado motivos para sentirse incómodo. Pero si puede convertir su propia preocupación en temor por la seguridad nacional, convenciéndolos de que eres una fuerza presuntuosa y perturbadora, y si esta preocupación llega al Parlamento o a alguno de los tres, ni siquiera mi influencia y tu popularidad podrán evitar que nuestro plan se debilite hasta el punto que podría convocarse una nueva votación parlamentaria que podría llegar a disolver la monarquía antes de que llegue a reinstaurarse. Sería una votación que para el presidente Gitinov -su voz adquirió un tono gélido- sería un regalo de Dios.
– ¿Qué queréis que haga?
– El presidente ha accedido amablemente a tomar el té contigo a las seis de esta tarde en el Kremlin, donde, se le ha dicho, le presentarás tus disculpas por cualquier malentendido que ayer se hubiera podido producir y le tranquilizarás, en términos muy directos, sobre tu falta de ambición respecto a cualquier asunto que no ataña al bien del pueblo ruso. ¿Está claro -vaciló un segundo, y luego suavizó el tono-, cariño?
– Sí. -Alexander tenía la mirada perdida, humillado, no veía nada.
– Pues entonces ocúpate de que así sea.
– Sí -Alexander respiró con fuerza-, madre.
La oyó colgar el teléfono y por unos instantes se quedó allí quieto, furioso de rabia. La odiaba, odiaba a Gitinov, los odiaba a todos. Era él el zarevich, no ellos. ¿Cómo se atrevían a ponerlo en duda, a él o a sus motivos? En especial cuando había hecho todo lo que le habían pedido y había accedido a todo.
Al otro lado de la azotea podía ver la silueta oscura del helicóptero, con las puertas abiertas y las hélices girando al ralentí. ¿Qué tenía que hacer, olvidarse de Marten y devolver el helicóptero? De pronto vio un movimiento en la puerta de la nave; luego Murzin salió de la misma y se le acercó rápidamente, con una radio de dos bandas en la mano. Estaba claro que algo había ocurrido.
– ¿Qué ocurre?
– Kovalenko, el inspector de homicidios del Ministerio de Justicia que acompañaba a Marten en Davos, ha sido visto bajando de un tren a las ocho y veinticinco en San Petersburgo, procedente de Moscú.
– ¿Lo acompañaba Marten?
– Al principio se le vio solo, pero luego otro hombre se ha reunido con él dentro de la estación.
– ¿Marten?
– Es posible, pero este hombre iba afeitado y llevaba el pelo corto, y Marten pasó por el control de pasaportes con barba y el pelo largo.
– ¿Cuánto cuestan unas tijeras y unas maquinillas de afeitar? -Alexander podía sentir el latido de su corazón y con él la desagradable oleada de angustia que lo invadía al sentir que el metrónomo se le disparaba de nuevo-. ¿Dónde están ahora Kovalenko y su amigo?
– No lo sabemos, zarevich. El fartsovchik que lo ha visto no sabía ni siquiera si valía la pena avisar sobre Kovalenko, y ni tan solo lo ha seguido. Al fin y al cabo, Kovalenko no era el hombre que le habían mandado buscar. Y si se consulta con el Ministerio de Justicia, resulta que Kovalenko está de vacaciones. Su esposa lo ha confirmado, y ha dicho que se marchó sin compañía ayer para acampar y hacer montañismo por los Urales. Al parecer está siguiendo un programa para recuperar la forma física.
– San Petersburgo no está en los Urales. -Alexander se ruborizó de rabia-. Kovalenko ya fue retirado de la investigación una vez, ¿por qué ha vuelto?
– Lo ignoro, zarevich.
– Pues entérese. Y esta vez averigüe exactamente en qué departamento del ministerio está y el nombre de la persona que le da las órdenes.