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Kovalenko asintió lentamente con la cabeza.

– Llamé a la Universidad de California en Los Ángeles. No había ningún Nicholas Marten que hubiera asistido a la universidad en el período que tú dijiste haber estudiado. Sin embargo, sí hubo un John Barron matriculado. Además, tovarich, la brigada tenía seis hombres. Se sabía qué había sucedido con sólo cinco de ellos, de modo que, ¿qué había sucedido con el sexto? Juntar las piezas no es muy difícil, en especial si estás donde yo estoy.

– ¡Nicholas! -gritó Rebecca detrás de ellos. Al mismo tiempo, se oyó un ruido estridente del motor, mientras el marinero lo arrancaba.

Kovalenko ignoró a los dos.

– El Ermitage está lleno de gente. El zarevich no sabrá el aspecto que tienes, ni tampoco el FSO.

Los ojos de Marten se dirigieron hacia el arma automática que Kovalenko tenía en la mano. Tenía la sensación de que un giro enorme del destino lo había transportado desde un garaje vacío de Los Ángeles hasta el corazón de San Petersburgo.

Kovalenko podía estar exigiendo lo que Roosevelt Lee había pedido. Podía haber dicho tranquilamente, «por Red», o «por Halliday», o «por Dan Ford». O, incluso, «por la brigada».

– ¿Para quién demonios trabajas? -masculló Marten.

Kovalenko no le contestó. En vez de hacerlo, miró hacia el Ermitage.

– Está ahí, probablemente en el Salón del Trono en el que hemos estado, o al menos, cerca de él. Estará furioso por lo de la zarina y amonestando a los FSO asignados a su custodia. Ni él ni ellos prestarán demasiada atención a lo que sucede a su alrededor. El museo está lleno de gente. Luego no será tan difícil escapar entre la muchedumbre, en especial si uno sabe exactamente adonde tiene que ir.

Tendré el coche esperándote en Dvortsovy Prospekt, en la puerta por la que acabamos de salir.

La mirada de Marten cortó al ruso por la mitad.

– Serás hijo de puta… -murmuró.

– Tú decides, tovarich.

– ¡Nicholas! -volvió a gritar Rebecca-. ¡Vamos!

De pronto Marten alargó el brazo, cogió el Makarov con una mano y se lo metió dentro del cinturón, por debajo de la chaqueta. Luego se volvió, mirando primero a Rebecca y luego a Clem.

– ¡Llévatela a Manchester, yo me reuniré allí con vosotras! -Marten las miró unos segundos más, tratando de grabar aquella imagen en su memoria. Luego se volvió y se empezó a alejar por el muelle.

– ¡Nicholas! -oyó gritar a lady Clem detrás de él-. ¡Sube al maldito barco! -Pero ya era demasiado tarde. Ya estaba cruzando Dvortsovaya Naberezhnaya y se dirigía hacia el Ermitage.

45

Mi querido Alexander,

Con toda la tristeza de mi corazón te comunico que no volveremos a vernos nunca más. Este destino no nos pertenecía. Echaré siempre de menos lo que pudo haber sido.

Rebecca

El latido del metrónomo retumbaba. Alexander se quedó helado, mirando fijamente aquella hoja de papel arrancada del libro de invitados con la caligrafía que tan bien conocía.

Los tres FSO asignados a Rebecca, más el que lo había llevado en el Volga hasta el museo, estaban apartados y en silencio, observando, temerosos por su propio futuro. Lo único que sabían era que cuando habían llegado al Salón del Trono, lo habían encontrado vacío. Se hizo sonar una alarma general y el edificio fue registrado por el personal de seguridad. A los cuatro agentes del FSO se les ordenó que permanecieran junto al zarevich. Sólo Dios sabía lo que pasaría a continuación.

– ¡Fuera, todos fuera! -La voz de la baronesa irrumpió en el salón como un látigo.

Alexander levantó la vista y la vio frente a la puerta, con Murzin detrás de ella.

– ¡Fuera, he dicho! -repitió.

Murzin asintió y los FSO salieron rápidamente.

– ¡Usted también! -espetó, y Murzin salió y cerró la puerta detrás de él.

Tres escalinatas con alfombras rojas llevaban hasta el trono dorado de Pedro el Grande, y Alexander estaba arriba de ellas, observándola acercarse.

– Se ha ido. -Los ojos de Alexander estaban ausentes, como si no viera nada o no tuviera ni idea de dónde estaba. Lo único que había, lo único que existía, era el terrible bum, bum, bum, bum del metrónomo que lo atormentaba.

– La encontrarán, por supuesto. -La voz de la baronesa era tranquila, incluso balsámica-. Y cuando la encuentren… -su voz se arrastró y ella sonrió levemente-. Ya sabes que la quiero como a una hija, pero si tuviera que morir, el pueblo te adoraría incluso más.

– ¿Qué? -Alexander fue devuelto al presente de golpe.

La baronesa se le acercó un poco más hasta quedarse, finalmente, al pie de las escaleras, con la mirada levantada hacia él.

– Ha sido secuestrada, por supuesto -afirmó-. Los ojos del mundo se concentrarán en este hecho. El presidente Gitinov no puede decir nada, sólo sumarse al horror nacional. Y luego, al final, encontraremos su cuerpo, ¿Lo entiendes, mi amor? Los corazones del mundo estarán en tus manos. No habíamos podido tener mejor suerte.

Alexander la miraba incrédulo. Tembloroso, incapaz de moverse, como si sus pies, de pronto, se hubieran fundido con el suelo.

– Todo esto forma parte de tu destino. Nosotros somos los últimos Romanov. ¿Sabes cuántos fueron destruidos después de convertirse en zares? Cinco. -Subió un peldaño, acercándose más a él, con su voz tan suave de siempre-. Alejandro I, Nicolás I, Alejandro II, Alejandro III, y tu bisabuelo, Nicolás II. Pero a ti no te ocurrirá. No lo permitiré. Serás coronado zar y no serás destruido. Dímelo… -Subió el segundo peldaño y sonrió delicada, cálidamente.

Alexander la miraba fijamente.

– No -murmuró-, no lo haré.

– Dímelo, mi amor… dilo como lo has dicho desde que tienes el don de la palabra. Dímelo en ruso.

– Yo…

– ¡Dímelo!

– Vsay -Alexander inició el mantra. Era un autómata, incapaz de hacer nada más que lo que ella ordenaba-. Vsay… ego… sudba… V rukah… Gospodnih.

Vsay ego sudba V rukah Gospodnih. Todo su destino en las manos de Dios.

– Otra vez, mi amor.

– Vsay ego sudba V rukah Gospodnih -repitió él, como un niño cediendo a las exigencias de su madre.

– Otra vez -le susurró ella, mientras subía el último peldaño hasta quedarse frente a él.

– ¡Vsay ego sudba V rukah Gospodnih! -dijo con energía y convicción, como un juramento hacia Dios y hacia él mismo. Del mismo modo en que lo hizo cuando cayó en manos de la policía de Los Ángeles. -¡Vsay ego sudba V rukah Gospodnih!

De pronto tenía los ojos desorbitados y sacó el cuchillo del bolsillo de su chaqueta, con su hoja afilada resplandeciendo en su mano. El primer corte le seccionó la yugular. Luego vino otro corte. Y el tercero. Y el cuarto. ¡Y el quinto! Su sangre estaba por todas partes, por el suelo, por las manos de él, por su chaqueta, por su cara, por sus pantalones. La sintió deslizarse por su cuerpo y caer al suelo, a sus pies, con un brazo sobre el reposapiés del trono dorado.

De alguna manera alcanzó a cruzar el salón y abrió la puerta de un manotazo. Murzin estaba allí, a solas. Se miraron a los ojos. Alexander lo cogió por las solapas y lo metió en el salón.

Murzin miró horrorizado.

– Dios mío…

El cuchillo volvió a brillar. Murzin se llevó las manos a la garganta. La última mueca de su vida fue de asombro.

Con un gesto mecánico, Alexander se arrodilló y sacó el rifle automático Grach de 9 mm de la pistolera de Murzin. Luego se levantó, retrocedió y salió por la puerta, con el rifle embutido dentro de su cinturón y el cuchillo ensangrentado otra vez dentro de la chaqueta.