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Se volvió apresuradamente y miró a través de la extensa plaza. En el centro se levantaba la columna de Alejandro, que conmemoraba la derrota de Napoleón, al fondo, el Edificio General de Personal, unido a la casa de los Guardas por un magnífico arco de triunfo, encima del cual había una sólida escultura de seis toneladas de la Victoria conduciendo un carro tirado por seis caballos. Todos eran recordatorios de la victoria de Rusia en la guerra de 1812. Debían haberle infundido la esperanza y el coraje del alma rusa, y podían haberlo hecho si no fuera porque, al volverse, vio las leves pero visibles huellas de sangre que le hicieron darse cuenta de que estaba dejando rastro.

Horrorizado, avanzó cruzando la plaza, andando rápidamente, evitando echarse a correr para no llamar demasiado la atención. Al caminar, frotaba la suela de su zapato derecho contra el suelo, tratando desesperadamente de borrar la poca sangre que todavía llevaba pegada, mientras intentaba de comprender lo que había sucedido exactamente en el retrete de los muzhskoy, los lavabos de hombre. No había tenido demasiado tiempo para quitarse su ropa y cambiarse al traje de cuadros del hombre asesinado. Con las prisas, debió de haber pisado el charco de sangre con el pie derecho, y la suela de crepé debió de haberla absorbido como una esponja. De nuevo, el espectro del cuchillo lo perseguía. ¿Por qué había empezado a usarlo de nuevo? De no haberlo hecho, la baronesa seguiría viva, y también Murzin estaría allí para protegerlo.

Se apresuró, pasó frente a la columna de Alejandro, con los ojos clavados en el arco de triunfo del fondo. Lo único que oía eran los aullidos de las sirenas. A la izquierda veía a la policía, que estaba acordonando la zona de aparcamiento del personal del museo. Al menos cincuenta personas lo habían visto encima de las escaleras, manchado de sangre. Con todo el caos y la conmoción no había manera de saber cuánto tiempo tardarían la policía y el FSO en encontrar al muerto en el lavabo de hombres junto a su cazadora y sus pantalones. Pero cuando lo hicieran, la confusión sería mucho mayor. Nadie sabría bien lo que había ocurrido, por qué estaban allí las prendas del zarevich ni lo que le había ocurrido. La primera suposición -en especial después de haber sido visto ensangrentado por el público- sería que había sido atacado por la misma persona o personas que habían matado a la baronesa y a Murzin, y que estaba muerto o retenido u oculto en algún lugar del cavernoso edificio, en el que concentrarían la búsqueda. Además, nadie sabría, al menos de momento, que el hombre hallado muerto llevaba un traje de cuadros antes de morir. Todos aquellos elementos unidos le daban un tiempo precioso y el espacio que necesitaba. Un paso más y miró atrás, hacia el museo. La plaza estaba vacía. Siguió avanzando.

De pronto pensó en Marten. Lo había visto allí, al pie de la escalinata, en medio de la muchedumbre, subiendo hacia él. Iba bien afeitado y estaba muy flaco, con el pelo corto y un traje barato de pana marrón. Podía haberse tratado de otro hombre, pero no lo era, era Marten sin ninguna duda, allí, de nuevo, como, de alguna manera, siempre había estado. No sabía por qué había pensado que no lo reconocería. Ahora se daba cuenta de que sería capaz de reconocerlo en cualquier lugar. La razón era simple: sus ojos. Marten lo miraría siempre de frente, como si fuera el alma y la sombra de Alexander al mismo tiempo.

– ¡Basta! -se dijo a sí mismo-. Has de pensar con claridad. Basta ya de esta obsesión con Marten.

Levantó la vista. Estaba muy cerca del arco de triunfo. Seguía sin haber policía, al menos no en aquella zona. Al otro lado del arco estaba San Petersburgo, y sabía que una vez se metiera en el centro urbano, podía confundirse con la gente del mismo modo que lo hizo antaño en Los Ángeles. Volvió a mirar hacia la Puerta de los Inválidos. Nadie, nada. Ahora ya estaba en el arco. Se volvió para echar una última mirada. Justo entonces, la Puerta de los Inválidos se abrió y un hombre solo salió al exterior. Estaba a cierta distancia pero no había ninguna duda sobre su identidad.

Nicholas Marten.

49

Marten vio el leve rastro de sangre del zapato justo delante de la puerta. Y entonces, en la plaza, lejos de él, un hombre con traje de cuadros que de pronto se giraba y miraba hacia él antes de salir disparado para refugiarse en las sombras de debajo de un gran arco que unía dos edificios.

Marten echó a correr mientras con una mano buscaba su teléfono móvil.

– ¡Está solo y está huyendo! -saltó la voz de Marten en el teléfono de Kovalenko.

– ¿Dónde está? ¿Y tú, dónde estás? -Kovalenko, estacionado frente a la entrada secundaria del museo, estaba ya arrancando el motor del Ford.

– Cruza la plaza de detrás del museo. Acaba de pasar por debajo de un arco, al fondo.

– No lo pierdas de vista, voy para allá.

Alexander ya había pasado bajo el arco y caminaba hacia el bullicioso Nevsky Prospekt. Miró atrás por encima de un hombro y no vio a nadie. Entonces llegó a Nevsky Prospekt y bajó por él, en dirección opuesta al museo y al río.

Marten pasó por debajo del arco a la carrera. Delante de él vio a tres muchachas que caminaban y charlaban animadamente entre ellas. Rápidamente se les acercó.

– Por favor, ¿han visto a un hombre con traje de cuadros? -preguntó.

– No English -dijo una de ellas, con dificultad, y las tres se miraron entre ellas.

– Gracias, disculpen. -Marten siguió corriendo hacia el fondo de la calle. Al cabo de treinta segundos llegó a Nevsky Prospekt, justo cuando el Ford beige de Kovalenko se detenía.

– Le he perdido. -Marten subió al lado de Kovalenko y cerró la puerta de un golpe-. Lleva un traje ocre a cuadros.

– Muy bien -dijo Kovalenko, arrancando el Ford de nuevo-. Ésta es la calle más importante de San Petersburgo, tovarich, tal vez de toda Rusia. Cada día la recorren millones de personas. Le resultará muy fácil esconderse, a menos, claro está, que lo reconozcan. Entonces ya no podrá ocultarse. Tú mira por la derecha, yo miraré por la izquierda.

De pronto se oyó el crujido de la radio del coche y el parloteo policial sonó por el radio receptor que Kovalenko había dejado en el salpicadero del coche.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Marren.

– El Ermitage. Han encontrado otro muerto en el lavabo de la primera planta.

– ¿Qué quieres decir, otro…?

– Había dos muertos arriba, el coronel Murzin, el comandante de la guardia personal del zarevich del FSO y… -Kovalenko vaciló- la baronesa.

– ¿La baronesa?

– Tovarich, ha matado a su propia madre.

50

Alexander se abría paso por entre la muchedumbre lenta que abarrotaba las aceras de Nevsky Prospekt. De momento, con las gafas de sol y el traje del hombre asesinado, nadie lo había reconocido; ni siquiera nadie se había girado a mirarlo con curiosidad. Miró hacia atrás, vigilando ambas aceras con atención. Lo único que veía era una masa de gente sin rostro y la calle en medio, llena de tráfico. Ni rastro de Marten. Siguió andando.

En el suelo delante de él había cartones pisoteados de envoltorios del McDonald's. Al lado, una botella de Coca-cola pisoteada. Doce pasos más allá pasó por delante de un Pizza Hut; media manzana más adelante, una tienda en la que vendían calzado deportivo Nike y Adidas, y luego otro escaparate lleno de gorros de béisbol de equipos americanos. Podía estar en Londres, París o Manhattan, daba igual. Las tiendas, la gente, nada importaba. Aparte de Marten, lo único que tenía en la cabeza era el helicóptero Kamov repostado en el aeródromo de Rzhevka, y el piloto que aguardaba su regreso. Adonde iría en él no importaba. Tal vez hacia el sur, a Moscú, y llamaría al presidente Gitinov desde el aire para decirle que la zarina había sido secuestrada y que él había logrado huir de la masacre del Ermitage e iba de camino a Moscú, a refugiarse en el Kremlin. O al oeste, a la mansión del siglo xvn de la baronesa en el Macizo Central de Francia. O quizá -su cabeza erraba mientras pensaba en las posibilidades- iría hacia el este, cruzando Rusia hasta Vladivostok, luego Japón, hacia el sur, utilizando las Filipinas, Nueva Guinea y la Polinesia francesa para parar a repostar, cruzando el Pacífico del sur de camino a su rancho en Argentina.