Kovalenko miraba a la carretera mientras los faros del Ford iban iluminando alternativamente las entradas de plantaciones de patatas y densos bosquecillos de abedules y arces, todavía desnudos, y, en medio, bosques todavía más densos de paneles iluminados con anuncios de Ford, Honda, Volvo y Toyota.
– Esto es lo que va a suceder, tovarich. -Kovalenko miró a Marten y luego otra vez a la carretera-. A estas alturas ya habrán descubierto el cadáver. Se quedarán horrorizados cuando se den cuenta de quién es. Tardarán un rato en deducir lo que ha sucedido en el Ermitage, pero luego lo harán, en especial cuando vean que todavía lleva la navaja en el bolsillo de la americana.
»Al cabo de poco Moscú emitirá el comunicado oficial de que el zarevich ha muerto, asesinado cuando intentaba capturar a los asesinos de la baronesa y de su FSO, el coronel Murzin, en el Ermitage. Las tres personas a las que ha matado por el camino serán identificados como conspiradores, y se organizará una misión exhaustiva de busca y captura de su asesino o asesinos. Lo más probable es que la culpa recaiga sobre alguna facción comunista, porque los demócratas siguen enfrentados con los comunistas. Al final, para proteger el respeto a la ley, puede que incluso haya un arresto y un juicio.
»Tu hermana, la zarina, amada por el zarevich asesinado antes de su coronación, amada por el pueblo ruso, estará en un lugar desconocido, enviada a un lugar secreto en el que pasar un periodo de duelo junto a su buena amiga y confidente, la hija del conde de Prestbury, lady Clementine Simpson.
»Lo siguiente serán unos cuantos días de duelo oficial. El féretro de Alexander será expuesto en el Kremlin, aclamado como un héroe nacional. A ello le seguirá un funeral de Estado, y acto seguido será enterrado junto a su padre y los otros emperadores rusos en la cripta de la capilla de Santa Catalina de la catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo. Se esperará que tu hermana asista al acto y, sin duda, tú también.
– Eso no responde…
– ¿A por qué lo he matado? Era un loco, y Rusia no se merece tener a un zar loco.
Marten seguía enojado.
– Lo que estás diciendo es que si ese loco estuviera vivo y detenido, deberíais someterlo a un juicio y, al final, tendríais la obligación de meterlo en la cárcel de por vida o de ejecutarlo. Y eso no es lo que más convenía al gobierno ruso. De modo que tú te has ocupado de liquidar el asunto.
Kovalenko sonrió un poco.
– Eso es una parte de la verdad.
– ¿Cuál es el resto?
– Como ya he apuntado, cabía siempre la posibilidad de que llevara la navaja u otro revólver. ¿Qué habría pasado si, cuando te le acercaras, hubiera intentado matarte? Conocemos demasiado bien sus acciones. Habría actuado con rapidez, y no habrías tenido más remedio que matarle o ser víctima, ¿no es cierto?
– Es posible.
Kovalenko apretó los ojos y miró a Marten.
– No, tovarich, no es posible, es seguro. -Lo miró un rato más, dejando que Marten quedara convencido, y luego volvió a mirar a la carretera-. Primero te diré que es cierto, que te tenía fichado cuando nos fuimos de París, y que también es cierto que te he mandado al museo a matar a Alexander porque sabía que eras capaz de hacerlo y tenías un motivo para hacerlo, y además porque así no tenía que involucrar a nadie más.
»Pero cuando te estaba esperando fuera he recordado lo que ocurrió cuando tú y tu hermana os reencontrasteis, y cómo ha reaccionado al verte y ante lo que le has dicho. Me di cuenta de que había tomado la decisión equivocada. Si hubieras sido tú el responsable de matar al zarevich, nunca más podrías mirarla a la cara sin temer que ella viera la verdad de lo que habías hecho en tus ojos y habrías tenido que vivir el resto de tus días así, consciente de que habías matado al hombre al que ella había amado más que a la propia vida, aunque fuera lo que sabemos que era.
»Y luego, tovarich, hay otra cosa, y es una verdad básica. Algunos hombres, por muy preparados que estén técnicamente y por muy sacrificados que sean, no tienen madera de policías. La crueldad que a veces es necesaria, el hecho de matar sin remordimientos y pasando por encima de la ley que han jurado respetar cuando las circunstancias lo requieren, no forma parte de ellos. -Kovalenko lo miró y le sonrió con calidez-. Tú eres uno de esos hombres, tovarich. Vuelve a tus jardines ingleses. Es una vida mucho mejor.
EPÍLOGO
Kauai, Hawaii. Cuatro meses más tarde
El mar era turquesa brillante y la arena blanca resplandecía caliente bajo el sol. Más allá de la arena y bajo la superficie del océano había colores inimaginables. Blancos sobrenaturales, franjas de corales radiantes y espectaculares magentas, naranjas nunca vistos en la tierra, matices de negro que no aparecen en ninguna carta de colores, todos en la magia de los peces tropicales que subían a picotear las migas de pan que Marten sacaba de una bolsita de plástico para darles de comer mientras se bañaba, contemplando aquel mundo desde sus gafas de buceo, al tiempo que respiraba con el tubo.
Más tarde, hacia el atardecer, guardó el material de buceo en el maletero del coche alquilado y paseó por la playa desierta de Kekaha.
La venta de un breve artículo sobre el uso de pizarras en el diseño de jardines privados a una revista internacional de interiorismo y paisajismo le había proporcionado un primer contrato para la entrega de una serie de artículos similares de frecuencia mensual. El dinero del anticipo, aunque no era mucho, le permitió pagar el cargo de su tarjeta de crédito por el alquiler del barco pesquero y le dejó lo bastante para cuidar un poco de su salud mental, o la poca que le quedaba, sin mermar sus ahorros. Había venido aquí a Kauai siete días atrás, a unos once mil kilómetros de Inglaterra, con su tan atrasado trabajo de la universidad, como sus estudios del semestre, finalmente entregado, y sus exámenes superados con resultados brillantes.
Delgado y moreno, con una barba de cinco días y vestido tan sólo con unas bermudas descoloridas y una camiseta de la Universidad de Manchester igualmente desteñida, podía pasar perfectamente por un trotamundos playero.
Kekaha era la playa a la que Rebecca y él solían ir de vez en cuando de niños, con sus padres. Era un lugar que conocía bien y del que guardaba muy buenos recuerdos. Por eso había venido aquí ahora, solo, a pasear y pensar y a intentar obtener cierta perspectiva razonable de lo que había ocurrido. Y tal vez, finalmente, recuperar ni que fuera una pequeña parcela de tranquilidad mental. Pero era una meta que se presentaba difícil, hasta escurridiza. Su contexto era crudo y obsceno como siempre, y su realidad no era el material del que están hechos los sueños, sino las pesadillas.
Alexander Nikolaevich Romanov, zarevich de Todas las Rusias, había sido enterrado cinco días después de su muerte, como lo había predicho Kovalenko, con los honores de un héroe nacional. Rebecca y Clem habían ido a San Petersburgo; también él lo hizo -invitado oficialmente como familiar de Rebecca-, para darle apoyo emocional. Estuvo en la espléndida cripta de la catedral de Pedro y Pablo, junto a los padres biológicos de Rebecca y los presidentes de Rusia y de Estados Unidos, y los primeros ministros de una docena de países.
La presencia masiva de dignatarios extranjeros y la cobertura mediática que la acompañó estuvo sólo superada por la enorme afluencia de notas de pésame de gente de todo el mundo. El Kremlin sólo recibió decenas de miles de tarjetas de pésame y el doble de e-mails. Aunque la boda entre Alexander y Rebecca no había llegado a celebrarse, veinte mil notas manuscritas fueron entregadas en la oficina de correos central del Kremlin, dirigidas a la zarina. Cientos de ramos de flores fueron depositados al pie del puente sobre el canal Ekaterininski en el que Alexander fue asesinado. La gente, con lágrimas en los ojos, encendía velas y dejaba flores y fotos de él frente a las embajadas rusas de todos los continentes.