Todo esto consiguió corroer el alma de Marten, que se retorcía de rabia ante la terrible ironía. ¿Cómo podía el mundo saber, ni llegar a imaginar, que la dolorosa y solemne pompa de Estado en honor de la figura romántica y carismática que habría sido el primer zar de Rusia de los tiempos modernos era en realidad poco más que un espléndido funeral por el atroz asesino en serie Raymond Oliver Thorne?
Un pequeño paquete que llegó a Manchester unas cinco semanas después del funeral en San Petersburgo ayudó a Marten a comprender que, con todo lo disgustado que estaba, no se encontraba solo en sus sentimientos.
El paquete, entremezclado entre su correo regular, no tenía remitente pero estaba sellado en Moscú. Dentro encontró una sola hoja de papel, mecanografiada a un solo espacio y doblada en cuatro trozos. Junto a ella había dos fotos en blanco y negro de 12 X 17 cm. Una llevaba un código de fecha y hora del LAPD; la otra tenía una anotación manuscrita: Depósito de cadáveres estatal, Moscú. Eran reproducciones digitales de unas huellas dactilares. La primera, lo sabía, correspondía a las huellas de la ficha del arresto de Raymond por el LAPD. La segunda, no lo sabía pero lo supuso, había sido tomada durante la autopsia de Alexander. Las huellas, como las que hicieron coincidir las del asesino de Dan Ford con la de Raymond, eran idénticas.
La hoja mecanografiada decía lo siguiente:
FSO Coronel Murzin: Antiguo soldado de la Spetsnaz. Dos años antes de la misión en Moscú pasa ocho meses de baja por enfermedad recuperándose de las heridas sufridas en un ejercicio de entrenamiento especial. Siete de esos ocho meses los pasa fuera del país. País de destino: Argentina.
FSO Coronel Murzin: Cuenta personal en el banco Credit Suisse, Luxemburgo. 10.000 dólares USA depositados mensualmente durante los últimos tres años. Los depósitos eran en concepto de nómina de CKK, AG, compañía de seguridad personal de Frankfurt, RFA. Los asuntos legales del CKK eran gestionados por el abogado con sede en Zúrich Jacques Bertrand.
J. Bertrand hizo el pedido de impresión del menú de Davos al fallecido impresor de Zúrich, H. Lossberg.
J. Bertrand era el abogado personal de la baronesa Marga de Vienne.
Antiguo soldado de la Spetsnaz, I. Maltsev. Empleado como oficial jefe de seguridad en el rancho de Alexander Cabrera en Argentina durante los últimos diez años. Miembro de la expedición de caza en el momento del accidente de Cabrera. En la Spetsnaz era especialista en armas de fuego y entrenador de combate cuerpo a cuerpo, especializado en la lucha de arma blanca. Experto también en explosivos y técnicas de sabotaje. Llegó a Reino Unido tres días antes de la explosión en el automóvil de Kitner. Actualmente en paradero desconocido.
Banque Privée, 18 Bis Avenue Robert Schuman, Marsella, Francia. Caja fuerte n. 8989 visitada por Alfred Neuss tres horas antes de su encuentro con Fabien Curtay en Mónaco.
Eso era todo. Ninguna nota adicional, ninguna firma. Lo único que contenía. Pero era obvio que lo había mandado Kovalenko. Marten no le había hablado nunca de I.M. ni de las llaves de la caja fuerte, pero la información estaba allí de todos modos. Maltsev era obviamente el I.M. con quien Raymond/Alexander debía encontrarse en el Penrith's Bar de Londres. Las especialidades letales de Maltev dejaban muy claro que el plan original desarrollado por la baronesa y Alexander un año atrás debían de haber consistido en que Maltsev se cargara a Kitner y su familia muy poco después de que éste hubiera sido presentado oficialmente a la familia Romanov y luego obligado a abdicar, de manera que quedaba eliminada cualquier posibilidad de replanteamiento que pudiera haber surgido a posteriori.
Hasta sin la nota de identificación, Kovalenko se había revelado como un hombre exhaustivo y que se preocupaba. Era su manera de atar las cosas y dar credibilidad documental a lo que habían pasado juntos. Cómo se las había arreglado para obtener la huella del LAPD, no había manera de saberlo, excepto que tenía que venir del disquete de Halliday, que Kovalenko se vio obligado a entregar a su superior. Lo más probable era que hubiera pensado que algo así podía ocurrir y se hubiera preparado haciendo una copia del disquete de antemano, sin decírselo a nadie, ni siquiera a Marten.
El cómo, cuándo o por qué de las acciones de Kovalenko ya no importaba. Era su información, y su generosidad de compartirla, lo que importaba. El resultado era que Marten tenía en su posesión una prueba irrefutable de que Alexander Cabrera y Raymond Oliver Thorne eran una y la misma persona. Además sabía que, con toda posibilidad, Alexander había sido entrenado en el arte de matar por Murzin y Maltsev, y que Murzin, y tal vez Maltsev también, habían sido empleados directamente por la baronesa. Eso llevó a Marten -y, estaba convencido, a Kovalenko- a creer que había sido la baronesa quien había ordenado el asesinato de Peter Kitner y su familia, por no decir nada de encargarle a Alexander que asesinara a Neuss, a Curtay y a los Romanov de América.
¿Qué le había dicho Marten a Kovalenko cuatro meses atrás, cuando el ruso lo acompañó a pasar el control de pasaportes en Pulkovo, para tomar su vuelo nocturno a Helsinki?
– Hay algo que no comprendo. ¿Por qué robó el bolso de la mujer? ¿Por dinero? ¿Cuánto podría haber sacado, y para qué lo necesitaba? Si no llega a hacerlo y hubiera seguido andando, es casi seguro que habría logrado escapar.
Kovalenko se limitó a mirarlo y a responder:
– ¿Por qué mató a su madre?
Estas ideas y preguntas llevaron a otras. Y a lo que Kovalenko había dicho casi al mismo tiempo. Era sobre lo que hay que tener para ser policía y «la crueldad que a veces es necesaria, el hecho de matar sin remordimientos y pasando por encima de la ley que han jurado respetar cuando las circunstancias lo requieren».
Kovalenko hablaba de los policías en general, pero Marten sabía que no lo decía en ese sentido. La mayoría de policías, los que él había conocido y con los que había trabajado en Los Ángeles, primero en el coche patrulla y luego como detective de Robos y Homicidios, creían como él que estaban para hacer respetar la ley y no para crear la suya. Al hacerlo, trabajaban duro muchas horas, a veces sin que nadie se lo agradeciera, para ser considerados a menudo, por la prensa y por la opinión pública, como seres corruptos o ineficientes, o ambas cosas a la vez. La mayoría no eran ni lo uno ni lo otro. Sencillamente, tenían un trabajo increíblemente difícil y peligroso por el que recibían una atención irracionalmente cruel. Lo que Kovalenko quiso decir era algo más y estaba guiado por la misma línea de razonamiento que pertenecía a Red McClatchy. Un razonamiento profundo, complejo y muy oscuro. Y aunque estuvieran separados por miles de kilómetros y ejercieran en esferas políticas totalmente distintas, ambos hombres trataban con lo que consideraban la misma verdad: que había personas y situaciones que la ley, el público y los legisladores no estaban preparados para tratar, de modo que el problema de qué hacer con ellos caía en sus manos. Hombres como McClatchy y Polchak, Lee y Valparaiso, y hasta Halliday, y, por supuesto, Kovalenko, que asumían este tipo de responsabilidad en sus manos y se apeaban de la ley para hacerlo. En eso, Kovalenko estaba en lo cierto cuando dijo que Marten no era este tipo de policía. No lo había sido entonces ni lo sería nunca. Él no era como ellos.