– Papá, me gustaría presentarte a…
Papá no la dejó acabar.
– Usted debe de ser el señor Marten.
– Sí, señor.
– Y es usted estudiante de posgrado.
– Sí, señor.
– En la facultad de Urbanismo y Paisajismo.
– Sí, señor.
– Americano.
– Sí, señor.
– ¿Qué opina de mi hija como profesora?
– Es todo un desafío, señor. Pero muy útil.
– Tengo entendido que de vez en cuando la contrata usted como profesora particular.
– Así es, señor.
– ¿Por qué?
– Porque lo necesito, señor.
– ¿Lo necesita? ¿Para qué?
La mirada del viejo lo cortó por la mitad, como si estuviera al tanto de todo.
– Para… que me dé clases. Hay cosas, términos, procesos, maneras de enfocar los temas que, como extranjero, me cuestan de entender. En especial cuando hacen referencia a la sociología europea y a la psicología del paisaje.
– ¿Sabe cómo me llamo?
– Sí, señor. Lord Prestbury.
– Bueno, está usted aprendiendo algunos de nuestros modales. -De pronto, sus ojos negros se volvieron hacia su hija-. Clementine, ¿quieres excusarnos, por favor? -Su orden fue tan brusca como inesperada.
– Yo… -Lady Clem miró a Nicholas con la sorpresa y las ganas de disculparse estampadas en su expresión. Rápidamente volvió a mirar a su padre-. Claro -dijo. Sus ojos volvieron a fijarse en Marten antes de dar media vuelta y alejarse.
– Señor Marten. -Robert Rhodes Simpson, duque de Prestbury, Caballero de la orden de la Jarretera, miró a los ojos de Nicholas Marten y, apuntando con un dedo encogido hacia él, le dijo-: Venga conmigo.
18
– Whisky. Dos vasos. Y deje la botella -le dijo lord Prestbury al joven rechoncho y de rostro rojizo, vestido con chaqueta blanca almidonada, que estaba detrás de la barra. Una barra sólida, de madera de roble, de lo que parecía ser una taberna muy oculta en algún lugar de las entrañas del complejo de Whitworth Hall. Un lugar tan oculto que ellos tres eran los únicos que, de momento, la llenaban.
Al cabo de unos momentos lord Prestbury y Nicholas Marten se sentaron a una pequeña mesa hacia el fondo, con los dos vasos y la botella del malta escocés de etiqueta privada de lord Prestbury entre ellos.
Para Marten, no había duda de por qué estaban allí. Lord Prestbury sabía de su relación con su hija, le parecía aborrecible y estaba decidido a ponerle punto y final ahora y allí mismo, probablemente con la amenaza de que expulsaran a Nicholas de la universidad si se resistía.
– Acabo justo de conocerle, señor Marten.
El padre de lady Clem sirvió tres dedos de whisky en cada vaso, luego levantó la vista y dejó que sus ojos se fijaran en el joven que tenía delante.
– Me acusan de ser brusco, y es porque tengo la costumbre de decir lo que pienso. Así es como soy y no sé si lo corregiría si pudiera hacerlo. -De pronto, lord Prestbury cogió su vaso, se bebió la mitad del whisky de un solo trago, volvió a dejar el vaso y luego miró a Marten de nuevo-. Dicho esto, me gustaría hacerle una pregunta directa y personal.
Justo en aquel momento, las dos grandes puertas de roble por las que habían entrado se abrieron y entraron dos miembros más del Consejo. Hicieron un saludo con la cabeza hacia Prestbury y se dirigieron a la barra. Prestbury aguardó a que estuvieran hablando con el camarero y luego miró a Marten y bajó la voz:
– ¿Se está usted revolcando con mi hija?
¡Dios bendito! Los ojos de Marten se clavaron en el vaso que tenía delante. Brusco y al grano, para ser exactos. El viejo lo sabía. Ahora sólo exigía la confirmación.
– Yo…
– Señor Marten, un hombre sabe si se está revolcando con alguien. Y, desde luego, sabe a quién le mete el clavo. La respuesta es simple: ¿sí o no?
– Yo…
Marten dibujó círculos con el dedo en el cristal de su vaso y luego lo cogió y se acabó el whisky de un trago.
– La conoce usted desde hace ocho meses. Ella es el motivo por el que está usted en la universidad, ¿es eso correcto?
– Sí, pero…
Lord Prestbury lo miró, luego volvió a llenar los dos vasos.
– Por Dios, hombre, si ya conozco la historia. La conoce usted en la Balmore, adonde ha llevado a su hermana para recibir tratamiento. Acaba usted de resultar herido en un accidente industrial y está pensando en qué hacer con el resto de su vida. El diseño de paisajes es un sueño que tiene desde toda la vida y, con el apoyo de Clementine, decide usted perseguirlo.
– ¿Se lo ha contado ella? -Marten estaba estupefacto. No tenía ni idea de que lady Clem le hubiera contado nada de él, excepto que era uno de sus estudiantes.
– No, señor, acabo de inventármelo. ¡Pues claro que me lo ha contado ella! -De pronto, la mano de lord Prestbury salió disparada por encima de la mesa y cogió a Marten por la muñeca, con sus ojos azabache, clavados en él de nuevo-. No estoy aquí para causar ningún problema, señor Marten. Estoy gravemente preocupado por mi hija. Sé que no la veo a menudo. Desde luego, no lo bastante a menudo. Pero se acerca a la treintena. Conozco las normas de la universidad mucho mejor que usted, estoy seguro. Los profesores y los estudiantes no pueden compartir lecho. Es una buena norma. Y necesaria. Pero, por Dios, Clementine habla de usted como si fuera su mejor amigo en todo el mundo. Y eso es lo que me preocupa. Y el motivo por el que tengo que saber, entre caballeros, si se la está usted tirando o no.
– No, señor… -mintió Nicholas Marten. No tenía ninguna intención de caer en una de las famosas trampas del viejo: suplicar una respuesta sincera y luego frotársela por la cara.
– ¿No?
– No.
– Oh, Dios mío. -Lord Prestbury soltó la muñeca de Marten y se apoyó en el respaldo de su butaca. Pero rápidamente volvió a inclinarse hacia él-. Por el amor de Dios, ¿por qué no? -dijo, en un susurro áspero-. ¿No la encuentra atractiva?
– Es extremadamente atractiva.
– Entonces, ¿qué problema hay? A estas alturas ya debería haber sido madre una o dos veces, por lo menos. -Lord Prestbury cogió su vaso y dio otro trago largo de whisky-. Está bien, pues. Si no es usted, ¿sabe de algún otro tipo que se la esté beneficiando?
– No, señor, no lo sé. Y, con todos los respetos, me resulta muy difícil continuar esta conversación. Si me disculpa…
Marten iba a levantarse, pero lord Prestbury le ordenó:
– ¡Siéntese, señor!
Los dos miembros del Consejo se volvieron a mirarlos desde la barra. Lentamente, Nicholas Marten volvió a sentarse. Entonces, mirando temeroso a lord Prestbury, cogió su vaso y tomó un trago largo.
– No lo entiende, señor Marten -le dijo el viejo, claramente desanimado-. Como le he dicho, no paso mucho tiempo con mi hija, pero en todos los años que lleva en Manchester sólo ha traído a casa a hombres en un par de ocasiones. Y no se trataba del mismo hombre. Mi esposa murió hace trece años, y lady Clementine es mi única hija. Me preocupa terriblemente que, como padre sin pareja (dejando a un lado la Orden de la Jarretera, la Cámara de los Lores, el rango nobiliario y el orgulloso y antiguo linaje), me haya salido una hija -lord Prestbury se le acercó un poco más y susurró-, bollera.
– ¿Cómo?
– Bollito.
– No le entiendo, señor. -Marten tomó otro trago y sostuvo el vaso en la mano, esperando qué era lo siguiente que venía.
– Lesbiana.
Marten reaccionó de pronto, tragando de golpe el whisky que tenía en la boca. El trago casi lo hizo atragantarse y tosió con fuerza, llamando de nuevo la atención de los dos hombres que se sentaban en la barra. Lord Prestbury ignoró todo el asunto y se limitó a mirarlo.
– Se lo ruego, señor. Dígame que no lo es.