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La respuesta de Nicholas Marten, aunque podría haber sido cualquiera, no llegó nunca, porque en aquel mismo instante todos los timbres y campanas de la alarma de incendios de Whitworth Hall se dispararon de golpe.

19

Nicholas yacía a oscuras y contemplaba cómo dormía a lady Clem -desnuda, como lo hacía siempre cuando estaban juntos-, con el cuerpo elevándose y descendiendo con tanta gracia mientras respiraba; su magnífica melena de pelo castaño cayéndole suavemente por la mandíbula; la piel tan blanca; los pechos, grandes y firmes, con las grandes areolas alrededor de los pezones que tanto le gustaban a Nicholas.

Tal vez la hija única de lord Prestbury vistiera como una matrona sin estilo, pero eso era de cara a Inglaterra, a la universidad y para protegerse. Debajo de los pliegues oscuros de los conservadores trajes de chaqueta que vestía, casi a modo de uniforme, estaba el cuerpo de una mujer bella y excepcionalmente dotada que, a sus veintisiete años, podría aparecer en el póster de cualquier revista.

Lord Prestbury no tenía por qué preocuparse sobre la orientación sexual de su hija, aunque si fuera lesbiana no resultaría ni un ápice menos atractiva. Era inteligente, sexy y guapa, y en aquel momento tenía la expresión inocente de una niña, como si durmiera profundamente abrazada a un osito de peluche.

¿Inocente?

Lady Clementine Simpson, hija del conde de Prestbury, era absolutamente gamberra, salvajemente profana y carecía totalmente de remordimientos si era necesario. Apenas seis horas antes habían estado con su padre y Dios sabe cuántos miembros prominentes más de la universidad, protegiéndose de una lluvia helada con paraguas recogidos a toda prisa, delante de Whitworth Hall, mientras contemplaba las docenas de camiones del cuerpo de bomberos de Manchester que llegaban con las sirenas a todo trapo. La policía mantenía a los curiosos apartados, los bomberos corrían hacia el edificio con máscaras y dispositivos de respiración y entraron valientes en la preciosa edificación, esperando encontrar una caldera de llamas y humo asfixiante. Lo que encontraron en cambio fue poco más que los restos silenciosos de un té de la tarde abandonado apresuradamente. Al parecer, alguien había elegido la ocasión para dar la bienvenida al nuevo rector con una falsa alarma.

¿Alguien?

¡Lady Clem!

Era algo que jamás le habría confesado a alguien que no fuera él. Aunque lo hubiera hecho sin apenas inmutarse ante el paso de los primeros bomberos; un gesto mínimo en un intento de redimirse, para salvarlo de Dios sabe qué horror al que su padre lo debía de estar sometiendo en la taberna del sótano, usando la primera herramienta que le vino a la cabeza.

Una bollito, la había llamado lord Prestbury, aterrorizado de que, de alguna manera, pudiera haberse vuelto homosexual. El miedo de un padre de haber perdido contacto con su única hija y de que ella se hubiera convertido en algo que él no comprendería ni aceptaría.

¿Una bollito? Ni de lejos. Y lo bien puestas que las tenía, al volver directamente a su ático de Water Street con vistas al río Irwell, la misma noche del fiasco de la falsa alarma, inmediatamente después de haber estado aguantando una cena con su padre, el obispo de Manchester y el alcalde en la que el tema principal de conversación fue el acto terrorista de la falsa alarma.

Luego, mientras se desnudaba lentamente o, mejor dicho, hacía un striptease delante de él, insistiendo en que le contara qué era aquello que su padre estaba tan ansioso por saber en la oculta taberna de Whitworth Hall. Y cuando él se lo contó, usando el término gentil que había usado el padre, su reacción fue, sencillamente:

– Pobre papá. Papá maravilloso. Tanta Cámara de los Lores y tantas cosas en la vida que no comprende.

Apenas pronunciadas aquellas palabras, se deslizó desnuda a su lado, le quitó la ropa e hizo una fiesta del resto de la noche. Riendo, bromeando, tumbándolo en la cama y poniéndolo boca arriba. Luego, viendo la considerable erección que apuntaba directamente al techo, ella se encaramó encima de él y, con los ojos cerrados, la espalda arqueada y los enormes pechos tambaleándose, empezó a cabalgar, perdiéndose en aquel exceso de felicidad, amor, travesura y pasión. Y todo el tiempo murmurando una y otra vez, cada vez más fuerte", hasta que él estuvo convencido de que la gente que pasaba por la calle podía oírlos, «¡Fóllame! ¡Fóllame! ¡Oh, fóllame!».

Por dios, y era profesora, e hija de un caballero de la Orden de la Jarretera. Una mujer de clase alta, con título aristocrático y rica más allá de lo imaginable.

Nicholas sonrió de nuevo. Esto era en lo que la vida se había convertido. Ahora, a los veintisiete años de edad, estaba estudiando para sacarse un máster en Urbanismo y Paisajismo y literalmente flirteando con la nobleza.

Al mismo tiempo, y poco a poco, el oscuro latido de Raymond se iba apagando. Quién sabe qué había acabado ocurriendo con sus amenazas de e-mails. O habían sido un farol desesperado y de entrada nunca existieron, o habían sido mandados con programación, como él había prometido, y sencillamente se habían perdido, flotando en algún lugar del ciberespacio para el resto de la eternidad. En cualquier caso, ya no importaba, porque jamás se materializaron, al menos en las semanas y los meses desde entonces, y cada hoja del calendario hacía más fácil su olvido y creer que nunca existieron.

De alguna manera, costaba creer que nada de aquello hubiera sucedido nunca. Los Ángeles y todo lo ocurrido era un sueño perdido en algún punto del pasado lejano. Aquí, bajo la fría lluvia de Manchester, se había convertido en un hombre que encontraba la felicidad en el día a día, que estaba cada vez más involucrado en sus estudios, en su historia secreta con Clem y con la paz y la plenitud de una vida totalmente nueva.

20

Manchester. Lunes, 13 de enero

«Nunca se hará el énfasis suficiente en el impacto psicológico de la conservación y el mantenimiento de los parques urbanos en una sociedad inmediata, global y guiada por el etéreo Internet. Seamos o no conscientes, estas magníficas extensiones de amplios paisajes…»

Marten dejó de escribir y se apartó del teclado. Estaba solo en su apartamento, redactando el trabajo del trimestre, un estudio sobre la importancia psicológica y funcional de los parques urbanos en la Europa del siglo XXI. Calculaba que el trabajo tendría entre ochenta y cien páginas y que le llevaría unos tres meses acabarlo. Aunque no debía entregarlo hasta principios de abril, sabía que iba a costarle, en especial porque ya llevaba con él más de un mes y de momento sólo tenía veinte páginas redactadas.

Eran las tres y media de la tarde y una fría lluvia caía sobre la ventana de su buhardilla, como lo hacía desde las siete de la mañana, cuando se había puesto a trabajar. Con la cabeza entumecida por el esfuerzo de la concentración, se levantó y deambuló alrededor de las pilas de libros y de artículos de investigación que tenía esparcidas por el suelo para meterse en la cocina a prepararse una nueva cafetera.

Mientras esperaba a que saliera el café, ojeó el periódico del día, el Guardian. Agotado, con la cabeza todavía en su trabajo, hacía poco más que pasar las páginas cuando un artículo breve le llamó la atención. Era un artículo procedente de la Associated Press y titulado Nuevo Jefe para la Policía de Los Ángeles, en el que se relataba brevemente que el alcalde de Los Ángeles acababa de nombrar un jefe nuevo, muy bien considerado y con un historial muy bueno, para dirigir el departamento. El elegido había sido seleccionado fuera de la organización y recibía el encargo de volver a poner de pie un departamento de policía muy empantanado.

– Que tenga suerte -murmuró Marten, pero al instante deseó que fuera posible. Era obvio que, después de todo lo ocurrido, el alcalde y el ayuntamiento en pleno habían visto la necesidad, al menos política, de un cambio. Pero aunque el nuevo cargo fuera bueno y sus rangos y filas lo respetaran, llevaría mucho tiempo deshacerse de las viejas actitudes y tradiciones, en especial con detectives veteranos como Gene VerMeer. De momento, estaba hecho, y tal vez con el tiempo los cambios serían a mejor.