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La decisión de volar a París la tomó sin reflexionar, mientras hablaba por teléfono con Dan Ford. En el aspecto práctico le resultó fácil, puesto que las dos semanas siguientes no tenía clases, sólo alguna reunión ocasional con sus responsables de tesis. Lady Clem era uno de ellos y se encontraba en Ámsterdam. Además, había planeado su agenda para concentrarse en su trabajo trimestral y, ahora mismo, eso podía esperar. El otro único obstáculo era el coste. La indemnización pactada con el LAPD les había permitido a él y a Rebecca viajar a Inglaterra con suficiente dinero para que ella ingresara en la clínica Balmore y para que él pudiera pagar su alquiler en Manchester y su nada desdeñable matrícula universitaria. La suerte de que Rebecca pudiera trasladarse a Jura les ahorró un gasto sustancial, y el único dispendio que suponía ahora mismo la muchacha era su vestuario. Sus gastos cotidianos estaban cubiertos de largo por el pequeño salario que se ganaba trabajando para los Rothfels. Lo que le quedaba de su compensación lo había guardado, y sólo lo utilizaba para sacar lo que necesitaba para su vida cotidiana y para pagar las cuentas mensuales de sus dos tarjetas de crédito.

Sin embargo, aún faltaba bastante para completar su título y poderse buscar un trabajo, y debía vigilar los gastos. Volar a París era caro, pero también lo era el Eurostar, el tren del canal, y el avión resultaba más rápido. Además, sería su único desembolso, mientras estuviera en París podía dormir en el sofá de la sala de estar de Dan. Por otro lado, si hubiera tenido una agenda llena de clases y nada de dinero, igualmente habría ido a París: la llamada de Raymond y desus andanzas era demasiado fuerte.

22

Dan Ford lo esperaba mientras hacía los trámites de aduana en el aeropuerto de Roissy-Charles de Gaulle, y juntos volvieron a la ciudad en el pequeño Citroën blanco de Ford.

– Un par de adolescentes encontraron el cuerpo de Neuss bajo unos arbustos en el Pare Monceau, cerca de la estación de metro, -le explicó Dan mientras cambiaba de marcha y aceleraba para entrar en la Autoroute Al, en dirección a París-. La esposa de Neuss pidió al personal del hotel que lo buscara, al no poder ponerse en contacto con él. Ellos fueron los que llamaron a la policía, que al poco tiempo ató cabos.

»Neuss estaba aquí en viaje de negocios. El hotel en el que se alojaba queda cerca del parque. Había volado de Los Ángeles a París, luego tomó un vuelo hasta Marsella y, finalmente, se dirigió en taxi hasta Montecarlo, para luego regresar a París. En Montecarlo había comprado diamantes por valor de un cuarto de millón de dólares. Que se han esfumado.

– ¿Tiene algo sólido la policía?

– Sólo saben que Neuss fue torturado antes de que lo mataran.

– ¿Torturado?

Ford asintió con la cabeza.

– ¿Cómo? -De inmediato, Marten pensó en los hermanos Azov de Chicago y en los hombres asesinados en San Francisco y en México D.F. Todos ellos habían sido torturados antes de morir.

¡Raymond! El nombre volvía de nuevo a golpearlo en la cabeza. Pero sabía que era una locura y, de nuevo, decidió no decir nada.

– La policía no ha entrado en detalles. Si saben algo más, no lo han querido decir, pero lo dudo. Philippe Lenard, el inspector jefe asignado al caso, sabía que yo me había encargado del asunto en Los Ángeles, y cuando le conté que había estado involucrado previamente en el asunto Neuss me pidió si podía contar conmigo para que le respondiera a más preguntas. Supongo que si el método de tortura hubiera tenido algún significado, o si tuviera alguna otra información, me lo hubiera dicho porque habría querido saber mi opinión.

Ford cambió de carril y redujo la velocidad detrás del tráfico. Marten no lo había visto desde principios del otoño, cuando él y Nadine se presentaron por sorpresa en Manchester para sorprenderlo con la noticia del embarazo de ella. Ahora, casi cinco meses más tarde, la inminencia de la paternidad parecía haberlo afectado poco. Seguía llevando la chaqueta azul marino arrugada sobre los pantalones de algodón y las gafas de pasta de toda la vida; seguía mirando el mundo y a su lugar en él con la misma intensidad y fuerza monocular que había hecho siempre. Además, parecía importarle poco en qué lugar del planeta se encontraba: California, Washington, París… todos le resultaban tan cómodos como una zapatilla.

– ¿El LAPD está al tanto de lo de Neuss?

Ford asintió:

– Los chicos de Robos y Homicidios han hablado con su esposa y con los detectives de la policía metropolitana de Londres, que lo había interrogado anteriormente. Y también con Lenard, aquí en París.

– ¿Robos y Homicidios quiere decir VerMeer?

Ford lo miró:

– No sé si ha sido VerMeer.

– ¿Y qué ha pasado?

– La esposa de Neuss ha dicho que no tiene ni idea de quién puede haber sido ni de si puede tener algo que ver con lo ocurrido anteriormente. Su impresión es que se trata sencillamente de un robo que ha acabado mal. Lo único que tenía la poli de Londres es la transcripción de la conversación mantenida con Neuss el año pasado, y lo mismo que contó él todo el tiempo y que su esposa corroboró: que habían ido a Londres por negocios y que no tenían ni idea de quién era Raymond, ni del motivo por el que le fue a buscar a su joyería o a su apartamento, y que la única explicación de que su nombre apareciera en la agenda de los hermanos a los que Raymond mató en Chicago era que él los utilizó como sastres en una ocasión y les pidió que le mandaran la factura a su tienda de Beverly Hills.

– Esos tipos eran rusos. ¿Alguien se ha puesto en contacto con los investigadores rusos que fueron a Los Ángeles después de la muerte de Raymond? Con Neuss asesinado, puede que tengan algún punto de vista nuevo sobre todo el asunto.

– Ni idea. Si lo han hecho, ni Lenard ni sus hombres me han dicho nada.

Dan Ford redujo la velocidad al cruzar el enlace de la Porte de la Chapelle para entrar a París por el norte.

– ¿Quieres que vayamos al parque, a ver dónde encontraron el cuerpo de Neuss?

– Sí -dijo Marten.

– ¿Qué crees que podemos encontrar que la policía de París no haya hecho?

– No lo sé, pero la policía de París no estuvo en MacArthur Park cuando encontramos a Josef Speer.

– Éste es exactamente el tema. -Ford se volvió para mirar a Marten directamente-. Te he llamado para contarte lo de Neuss porque sabía que cuando supieras quién era y cómo lo habían encontrado, vendrías corriendo. -De pronto Ford redujo la marcha, giró a la derecha y volvió a acelerar-. Esto es París, Nick, no Los Ángeles, y ahora se trata de Alfred Neuss, no de Josef Speer. Y había diamantes de por medio. La policía lo considera un robo con asesinato, nada más. El modus operandi ha sido una coincidencia. Por eso los chicos del LAPD siguen allí, y no aquí.

– Tal vez sea una coincidencia, tal vez no.

Ford pisó el freno y se detuvo detrás de una cola de tráfico.

– ¿Qué crees que vas a hacer al respecto, en cualquiera de los dos casos? Ya no eres policía. Ya no tienes ninguna autoridad. Si empiezas a meter las narices tratando de encontrar algo, la gente empezará a preguntarse quién eres y qué te propones.

»El asesinato de Neuss lo está resucitando todo. La prensa está animadísima; los tabloides crearán noticia aunque no la haya. Raymond salió por las televisiones de todo el mundo, y tú también. Y la gente se acuerda. Puede que te hayas cambiado el nombre, pero tienes la misma cara. ¿Qué pasará si alguien empieza a relacionar las cosas y adivina quién eres? Si averiguan tu nombre y descubren dónde vives…