El tráfico de delante de ellos empezó a avanzar y Ford dejó que el Citroën siguiera.
– ¿Y si esta información llega a manos de los que no deben saberla nunca en el LAPD, los que quieren saber dónde está John Barran, qué le ocurrió, adonde fue, adonde fue su hermana…? Ya te advertí hace tiempo sobre la página web de Gene VerMeer. Ahora ya hay otra, llamada, inocentemente, copperchatter. ¿No has oído hablar de ella?
– No.
– Es un chat entre polis de todo el mundo. Con la jerga policial, con el humor policial y con las ganas de venganza propia de los polis. Apuesto a que el nombre John Barron aparece un par de veces al mes, incitado por VerMeer y mantenido en el candelero por la gente que recuerda a Red, a Len Polchak, a Roosevelt Lee, a Valparaiso y a Jimmy Halliday. Están dispuestos a poner pasta para encontrarte, alegando que te dejaste algo importante en Los Ángeles y que quieren devolvértelo.
Marten desvió la mirada.
Ford prosiguió:
– Si empiezas a hacer ruido, Nick, estarás poniendo tu vida y todo lo que has conseguido en peligro. Y también estás exponiendo a Rebecca, si alguien está dispuesto a ir tan lejos.
Marten volvió a mirarlo:
– ¿Y qué demonios quieres que haga?
– Dar media vuelta y volver a Manchester. Yo sigo al frente de todo esto. Si surge algo, lo sabrás de inmediato.
Ford se detuvo en un semáforo en rojo. Los peatones abrigados del frío de enero irrumpieron por todas direcciones y, durante unos instantes, los dos amigos de infancia permanecieron en silencio.
– Nick, por favor, haz lo que te digo; vuelve a Manchester -dijo finalmente Ford.
Marten lo miró.
– ¿Y cuál es el resto de la historia?
– ¿El resto de qué?
– Todo lo que no me estás contando. Me he dado cuenta al instante en que te he visto en el aeropuerto. Sabes algo. ¿Qué es?
– Nada.
– Me encanta la nada. Inténtalo.
– Está bien. -El semáforo cambió y Ford arrancó de nuevo-. Cuando leíste la noticia del cadáver del parque, ¿qué es lo primero que pensaste?
– Raymond.
– De manera automática. Te golpeó en las entrañas.
– Sí.
– Pero sabemos que Raymond murió y que lleva tiempo muerto.
– Sigue. -Marten miró a Ford, expectante.
– Cuando supe lo del cadáver en el parque, desnudo y con el rostro desfigurado, y antes de saber que se trataba de Alfred Neuss… no pude evitar pedirle a uno de los reporteros de plantilla del Times en Los Ángeles que hiciera unas cuantas indagaciones.
– ¿Y…?
– Esta mañana, cuando tú estabas de camino, me ha llegado la información. El expediente de Raymond ha desaparecido de la oficina del forense del condado de Los Ángeles. Ha sido borrado de la base de datos. Sus huellas digitales, sus fotos, toda su información ha desaparecido. Lo mismo ha ocurrido con los archivos del LAPD en Parker Center. Lo mismo con su expediente del departamento de Justicia en Sacramento. Lo mismo con el informe de la policía de Beverly Hills redactado después de que registraran el apartamento de Alfred Neuss. Lo mismo con el de la poli de Chicago. Y quizá lo más interesante de todo: la base de datos del FBI ha sido pirateada y todos los archivos relacionados con Raymond y pruebas relacionadas, borrados. Ahora están comprobando qué ha sucedido con la Interpol en Washington y en los archivos del departamento de policía en San Francisco y México D.F. en los que figuraban la foto y las huellas de Raymond de cuando fue detenido. Si los piratas han metido mano en todo lo demás, ¿qué supones que van a encontrar?
– ¿Cuándo ha ocurrido?
– No se sabe. -Ford miró a Marten y luego volvió la vista hacia la calle-. Pero hay más. Hay tres personas en la oficina del forense que han sido despedidas o trasladadas a raíz del fiasco de la cremación: dos hombres y una mujer. Los hombres han muerto con tres semanas de diferencia y la mujer ha desaparecido, y todo menos de cuatro meses después del incidente. Se suponía que la mujer se había ido a vivir con su hermana a Nueva Orleans, pero en Nueva Orleans no hay ninguna hermana, sólo un tío que es incapaz de acordarse de la última vez que supo algo de ella.
Marten se sintió como si alguien le hubiera puesto una mano helada en el cogote. Ésta era la impresión que había tenido cuando leyó la noticia del cadáver en el parque, pero se convenció de que no tenía ni por qué hablar del tema:
– Estás sugiriendo que Raymond podría seguir con vida.
– No, no estoy sugiriendo nada. Pero sabemos que alguien mandó un avión a buscarlo, dos veces. Eso significa que no actuaba solo y, quien fuera que lo estuviera ayudando, es obvio que tenía dinero, y mucho.
Marten desvió la vista. Era más de lo que había sabido hasta ahora. Más de lo que había sido aparcado con tanta rudeza por el jefe Harwood en su afán por poner punto y final al caso Raymond y proteger la verdad de lo que le había ocurrido a la brigada. De pronto, Marten se volvió a mirarle:
– ¿Y qué hay del médico que certificó su muerte en el hospital?
– Felix Norman. Ya no figura entre el personal del hospital. Tengo a un par de personas investigándolo.
– Dios mío. ¿Lo sabe la policía de Los Ángeles?
– No lo creo. O si lo saben, no le han dado mucha bola. Las dos muertes fueron, aparentemente, por causas naturales. La desaparición de la mujer no ha sido nunca denunciada, y ¿quién va a mirar los viejos expedientes y bases de datos en busca de información de un caso que ha sido oficialmente cerrado y con el cual ya nadie quiere tener nada que ver?
Delante de ellos podían ver el edificio circular de Barriere Monceau, uno entre los miles de edificios de viviendas construidos alrededor del casco antiguo a finales del siglo XVIII y uno de los pocos que todavía seguían en pie. Justo detrás estaba la extensión verde apagado de un parque urbano en invierno.
– ¿Es aquí? ¿El lugar donde encontraron el cuerpo de Neuss?
– El Pare Monceau, sí.
Ford vio cómo la mirada de Marten se encendía a medida que se acercaban. Sintió su electricidad cuando se erguía en su asiento, escrutando las calles inconscientemente, el barrio que rodeaba el lugar, los distintos accesos al parque. Buscando la manera en que un asesino habría llegado y habría salido. Era el policía que llevaba dentro el que volvía a despertar. Exactamente lo que Ford había temido que ocurriera.
– Nick -le advirtió-. Mantente al margen. No lo sabemos todo. Déjame que lo investigue yo a través de mi gente en Los Ángeles. Dale una oportunidad a la policía parisina para que encuentre algo aquí.
– ¿Por qué no damos un paseo por el parque y vemos lo que encontramos?
Al cabo de tres minutos Ford aparcó el Citroën en la rue de Thann, en diagonal delante del parque. Eran justo las doce y media del mediodía cuando salieron y cruzaron el Boulevard de Courcelles bajo un sol brillante de enero, entraron en el Pare Monceau, el elegante proyecto del duque de Chartres del siglo XVIII, a través de las puertas ornamentadas de hierro forjado cerca de la boca de metro de Monceau, y se metieron por el sendero en dirección a la zona en la que se había hallado el cadáver de Neuss.
Cuando habían avanzado veinte metros vieron a tres policías de uniforme de pie junto a una plantación de arbustos perennes que había frente a un castaño enorme e imponente. Todavía más cerca y junto a los arbustos, dos hombres de paisano estaban parados conversando. Resultaba claro que eran detectives. Uno de ellos era bajo y de complexión fuerte, y gesticulaba aquí y allá como si explicara cosas; el otro asentía con la cabeza y parecía estar haciendo preguntas. Era más joven y mucho más alto que el primero, y no tenía ninguna pinta de ser francés.