– No sólo eso -le dijo Rebecca a Clem con una sonrisita aniñada-. Si Nicholas y tú podéis mantener una relación clandestina, no veo el motivo por el cual no pueda yo hacer lo mismo con Alexander. Sencillamente, lo podemos convertir en un juego -dijo, sonriendo de nuevo-. No se lo digas a Nicholas, ¿vale?
Clem se rio:
– Vale -asintió, con cara de picara. Entonces, enlazando dos dedos a modo de ritual, prometió no decirle nada a Nicholas hasta que Rebecca le diera permiso para hacerlo. El resultado fue que, meses después, Nicholas Marten seguía sin tener ni idea de la conspiración contra él ni del amor de la vida de su hermana.
24
París, bodega L'ecluse de la Madeleine, Place de la Madeleine. El mismo día, martes 14 de enero, 14:30 h
Dan Ford marcó un número, luego le pasó a Halliday el móvil y cogió una copa de Burdeos mientras aguardaba a que Halliday cambiara las reservas de su vuelo para poder alargar unos días su estancia en París.
Habían venido hasta aquí en taxi desde el Pare Monceau, hacía unos veinte minutos. Halliday quiso beber algo y Ford quería alejarlo del parque, y L'Ecluse, en un extremo tranquilo de la Place Madeleine, en medio del centro de la ciudad, quedaba lo bastante alejado del parque y de cualquier, itinerario que Marten eligiera para apartarse de él.
Ford había acompañado a Halliday paseando hasta la boca del metro y cruzando el Boulevard de Courcelles bien a la vista, y luego esperó a que pasara un taxi. Sabía que Marten estaba allí, al otro lado de la calle, en el Citroën, y esperaba que viera lo que había ocurrido y, sencillamente, cogiera el coche y se marchara al apartamento de Ford, en la Rive Gauche. Si Marten lo había hecho o no, o si los había visto, no tenía manera de saberlo. Podría muy bien seguir allí esperando, en el coche.
– Lo siento, me hacen esperar -dijo Halliday señalando el teléfono, mientras tomaba un trago del coñac que acababan de servirle.
– Tranquilo, está bien -respondió Ford. Halliday tenía aspecto de haber envejecido una década en los diez meses escasos que pasaron desde la última vez que se vieron. Estaba delgado, la cara demacrada y con arrugas, y sus ojos azules, antes tan penetrantes, parecían ahora vacíos y exhaustos. Sus pantalones grises y arrugados y su chaqueta de sport azul clara parecían tan gastados como él mismo.
Claramente cansado y con signos de jet lag, había llegado desde Los Ángeles aquella misma mañana para dirigirse directamente al despacho del inspector Lenard en la Prefectura de Policía, para acompañarlo al cabo de un rato a la escena del crimen en el parque.
Lo interesante era que Halliday había dejado de ser miembro del LAPD y se había convertido en investigador privado, contratado por la compañía de seguros de Neuss para investigar la desaparición del cuarto de millón de dólares en diamantes. Normalmente, la policía tenía poca relación con los investigadores privados, pero Halliday había formado parte del equipo de detectives del LAPD involucrados anteriormente en el caso Neuss, con lo cual Lenard no tuvo inconveniente en recibirle, lo mismo que a Dan Ford.
El plan inicial de Halliday había sido pasar dos o tres días en París, estudiando las pruebas que tuviera la policía francesa y luego, una vez establecido el contacto personal con Lenard y sabiendo que lo mantendría informado, volver a casa. Pero las cosas cambiaron inesperadamente de rumbo poco después de que Ford se reuniera con ellos en el parque, cuando Lenard recibió una llamada en la que le informaron que Fabien Curtay, uno de los comerciantes de diamantes más ricos del mundo, había sido asesinado unas horas antes en su lujoso apartamento de Montecarlo por un encapuchado que acribilló al propio Curtay y a su guardaespaldas.
Lenard no tuvo necesidad de informar ni a Ford ni a Halliday del significado de aquel crimen. Fabien Curtay era la persona a quien Neuss acababa de visitar en Mónaco, y a quien le había comprado los diamantes que ahora estaban en paradero y manos desconocidos.
Lenard se marchó de inmediato a Montecarlo, y en este momento Halliday le pidió a Ford si conocía algún lugar en el que pudieran tomar una copa y él pudiera llamar para cambiar su reserva. El motivo real, por supuesto, era que quería hablar, de modo que a Ford no le quedó prácticamente más alternativa que seguirlo.
De camino, Halliday habló muy poco, salvo alguna alusión breve a Neuss y al asesinato de Curtay y un poco de conversación banal, comentando cómo se alegraba de ver a Ford y la envidia que le tenía de que su carrera lo hubiera llevado a un lugar como París. Ni una sola vez hizo alusión a John Barron, a su paradero, o a lo que habría sido de él. A Raymond lo mencionó sólo por casualidad y en pasado, sin dar muestra alguna de compartir la misma información que tenía Ford.
Eso hizo que Ford se preguntara por el verdadero motivo que había llevado a Halliday a París, más allá de que estaba trabajando como investigador privado en una misión especial para una compañía de seguros. A menos que se tratara de una operación cuidadosamente orquestada para reanudar su relación pasada con Dan Ford y, a través de él, encontrar a John Barron. Fuera cual fuese su aspecto actual, había sido un detective de primera línea cuyas técnicas de control y manipulación habían sido afiladas al máximo bajo la dirección de Red McClatchy en la brigada 5-2. Era algo que Ford debía tener presente para asegurarse de que no se le escapaba nada.
– Gracias -dijo Halliday, antes de cortar la línea y devolverle el móvil a Ford-. Todo arreglado.
Halliday cogió su copa y se reclinó:
– Me he divorciado, Dan. Mi esposa se ha quedado con los niños. Han pasado, ¿qué…? -se detuvo a pensar-, casi siete meses, ya.
– Lo siento.
Halliday miró su copa y revolvió lentamente el licor que contenía, luego se lo acabó de un sorbo y le hizo un gesto al camarero para que le sirviera otro.
– La brigada fue disuelta.
– Lo sé.
– Cien años de historia y ahora los únicos que quedamos somos Barron y yo. Sólo John y yo. Los últimos de la cinco-dos.
Ahí estaba, la manera de Halliday de sacar el tema de Barron. Ford no estaba seguro de cómo proseguiría, pero no tuvo que esperar demasiado porque Halliday fue lo bastante explícito:
– ¿Dónde está?
– ¿Barron?
– Sí.
– No lo sé.
– Venga, Dan.
– No lo sé, Jimmy.
La copa de Halliday llegó y él se tomó la mitad de un trago; luego la ppsó sobre la mesa y miró a Ford.
– Sé que lo pasó mal por culpa de algunos tíos del LAPD. Quise hablar con él del tema, pero no pude conseguir ni un teléfono, ni una dirección suya. Intenté localizarle a través de su hermana en Saint Francis, pero resulta que ya no está. Y no han querido decirme qué le ha ocurrido ni adonde ha ido. -Halliday apretó la mano alrededor de su copa-. Y también estuve intentando localizarte a ti. No recuerdo cuándo, pero ya te habían trasladado a Washington. Y probé allí.