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– ¿Verlo? ¿Quieres decir cara a cara?

– Sí.

Nadine Ford cogió la mano de su marido. Entendía sólo un poco de lo que estaban hablando, pero sabía que la discusión había tomado de pronto un rumbo nuevo. Vio la manera en que se miraban y sintió la emoción del momento, lo cual la asustó.

– C'est bien -le dijo Dan, cariñosamente, en francés, mientras sonreía y le acariciaba el vientre prominente-. C'est bien.

Marten tuvo que sonreír. Nadine había empezado a enseñarle francés a Dan cuando estaban en Los Ángeles. Era obvio que había sido una buena maestra, puesto que su dominio del idioma fue uno de los motivos por el que le habían ofrecido el puesto en la oficina de París y a estas alturas parecía sentirse como pez en el agua.

El móvil de Ford empezó a sonar en la cocina y él se levantó a contestar.

– Dan Ford-lo oyó decir Marten-. Comment? Où?-¿Cómo? ¿Dónde? -La voz de Ford se tiñó de pronto de sorpresa y alarma. Marten y Nadine se volvieron hacia la cocina. Podían ver a Dan allí de pie, teléfono en mano, escuchando-. Oui, merci -dijo finalmente, antes de colgar. Al cabo de un instante volvió a entrar en el comedor.

– Era el inspector Lenard, que acaba de regresar de Mónaco. Halliday ha sido hallado muerto en la habitación de su hotel.

– ¿Cómo?

– Ha sido asesinado.

27

Hotel Eiffel Cambronne, rue de la Croix Nivert, 21:20 h

Dan Ford aparcó su Citroën media manzana más abajo del hotel. Desde donde estaban podían ver a policías de uniforme y unos cuantos vehículos de emergencia a la entrada del hotel. Entre ellos, el Peugeot marrón de Lenard.

– Nick -le advirtió Ford a media voz-, ahora mismo nadie sabe nadie quién eres. Si el LAPD todavía no ha sido informado, pronto lo serán. Si entras ahí, Lenard querrá saber quién eres y por qué estás aquí. Te buscarás todo tipo de problemas.

Marten sonrió:

– Utiliza tu encanto. Dile sencillamente que soy un amigo de Estados Unidos.

– Estás decidido a que te peguen un tiro, ¿no?

– Dan, Jimmy Halliday era un amigo y un colega. Tal vez yo pueda entender lo que ha pasado. Tal vez mejor que la policía francesa. Al menos, lo puedo intentar. -De pronto, Marten hizo una pausa-. El habría hecho lo mismo por mí.

Cuando entraron, Lenard estaba allí. Lo acompañaba otro detective. Un pequeño equipo técnico examinaba la habitación y el baño anexo. Un fotógrafo de la poli tomaba fotos de todo lo que le pedían.

El cuerpo de Halliday estaba en la cama. Llevaba una camiseta y unos calzoncillos tipo boxer. La camiseta y las sábanas de alrededor del torso estaban empapadas de sangre. Lo curioso era la manera en tenía la cabeza torcida hacia la almohada. Se acercaron un paso más y entendieron el motivo: le habían cortado el cuello, casi hasta la columna.

– Qui est-ce?-¿Quién es?, preguntó Lenard mirando a Marten.

– Nicholas Marten, un ami américain -respondió Ford-. D'accord?

Lenard escrutó a Marten unos segundos, luego asintió:

– Siempre y cuando no se meta por el medio y no toque nada -dijo, en inglés.

Ford asintió, agradecido:

– ¿Tienen alguna idea de quién ha sido, o de cómo ha ocurrido?

– Hay sangre en la moqueta, junto a la puerta. Creo que tal vez estuviera descansando, o en el baño, cuando alguien entró. Fue a abrir la puerta y el individuo debió de cortarle el cuello allí mismo, para luego llevarlo hasta la cama. Actuó con mucha rapidez y con un arma muy afilada, una navaja de afeitar, diría, o algún tipo de cuchilla.

– ¿Y qué ha sido, un robo?

– A primera vista no lo parece. La cartera está intacta. Su equipaje todavía está sin deshacer.

Marten se acercó con cuidado hacia la cama, tratando de ver mejor a Halliday. Al hacerlo, un hombre con barba y con un traje holgado salió del baño.

Tendría unos cuarenta años, era un poco gordo y tenía unos ojos marrones y grandes como de perro pachón que le daban un aire adormecido.

– Éste es el inspector Kovalenko, del Ministerio de Justicia ruso -le dijo Lenard a Ford-. Nos está ayudando con el asesinato de Alfred Neuss. Neuss era un antiguo ciudadano ruso.

– Sé que un grupo de investigadores rusos aterrizaron en Los Ángeles poco después del incidente con Raymond Thorne -explicó Ford, mirando fugazmente a Marten. Si quería saber si alguien se había puesto en contacto con los rusos, ya tenía la respuesta-. No sabía que Neuss era ruso -dijo, mirando a Kovalenko-. Soy Dan Ford, del Los Ángeles Times.

– Ya le conozco, señor Ford -dijo Kovalenko, con un inglés con fuerte acento-. Entiendo que el detective Halliday era amigo suyo. Mi más sentido pésame -dijo, sinceramente.

– Gracias.

Entonces Kovalenko miró a Marten:

– ¿Y usted es un amigo del señor Ford?

– Sí, Nicholas Marten.

– Es un placer, señor Marten -dijo Kovalenko, saludando con un gesto de la cabeza. Éste era el hombre del parque que había desaparecido con tanta prisa cuando vio que había policía, y ahora aquí estaba en medio de todos ellos, sin apenas pestañear.

Ford miró a Lenard:

– ¿Quién le ha encontrado?

– Una camarera ha entrado a abrirle la cama. Cuando ha llamado no le han respondido, de modo que ha usado su llave para entrar. Al verlo ha avisado de inmediato al director del hotel. Eran sobre las siete y veinte.

El fotógrafo de la policía se acercó a retratar la cama desde un ángulo distinto y Marten retrocedió. Eso le dio la oportunidad de observar a Halliday más de cerca. Tenía la cara más arrugada de lo que recordaba. Y estaba delgado; en realidad, demasiado flaco. Y había algo más. Para ser alguien de treinta y pocos años de edad, parecía demasiado viejo. Fuera cual fuese su aspecto actual, o justo antes de que lo mataran, seguía siendo el hombre que había resultado clave para su admisión en la brigada, que lo había acompañado a través de las crisis por el caso Donlan y a través de todo el horror y la carnicería de Raymond. Y finalmente, era el hombre que, en el momento más crucial de su vida, se había puesto a su lado y los había salvado a Rebecca y a él del enloquecido Len Polchak.

De pronto un enorme sentimiento de rabia y de pérdida embargó a Marten. Sin pensarlo, miró a Lenard.

– ¿La camarera ha llamado al director o ha ido a buscarle?

Dan Ford le hizo un gesto con la cabeza, tratando de indicarle que se mantuviera al margen.

– ¿Quiere decir si ha llamado desde aquí o desde otro lugar?

Era demasiado tarde, Lenard ya estaba respondiendo.

– Eso.

– Como puede imaginarse, se ha quedado horrorizada. Ha salido corriendo de la habitación y ha usado el teléfono interno que hay al fondo del pasillo, cerca de los ascensores -dijo Lenard, mirando a Ford-. Creo que su amigo sugiere que el asesino podía estar todavía por aquí, tal vez escondido en el baño, o en el armario, y podía haberse marchado cuando la camarera ha salido a avisar. -Volvió a mirar a Marten-. ¿Es eso?

– Sólo he preguntado qué había pasado.

Ford masculló entre dientes. No era solamente Lenard quien se había fijado en Marten, sino también Kovalenko. Y no le dio tiempo a ir más lejos:

– Conozco a la esposa de Halliday. -Se interpuso entre Marten y Lenard-. ¿Quieren que la avise yo?

– Si quiere hacerlo.

Entre tanto, Marten dio un paso atrás y examinó la habitación. La maleta de Halliday estaba abierta sobre un portaequipajes al pie de la cama y llena hasta el borde de ropa. Hasta su neceser de afeitado seguía dentro, embutido a un lado. Parecía como si apenas acabara de abrirla antes de que tuviera lugar el crimen.

– Nick, vámonos. Dejemos a estos chicos hacer su trabajo. -Dan Ford estaba junto a la puerta y Marten notó que lo quería sacar de allí rápidamente.