Poco a poco, los pensamientos de Halliday dieron paso a visiones de lady Clem, al recuerdo de su olor, del la sensual sensación de su cuerpo contra el de él, su sonrisa y su sentido del humor chisposo, a veces picante. Sonrió con el recuerdo de su conversación terrorífica con lord Prestbury en la taberna oculta en las entrañas de Whitworth Hall momentos antes de que ella lo rescatara haciendo saltar la alarma de incendios.
Clem.
De pronto, su sonrisa se desvaneció, apartada por el eco de lo que Dan Ford había dicho: «Y si el bueno de Raymond, de alguna manera, sigue vivo, no lo sabrás hasta que sea demasiado tarde. Porque para entonces ya estarás en la cueva y… de pronto, ahí estará».
Raymond.
Su inquietud se hizo más viva.
Como una voz susurrada le decía que Neuss estaba muerto por culpa de Raymond. Y también Fabien Curtay. Y Jimmy Halliday. Y ahora Dan Ford estaba ahí fuera, a solas en medio de la lluvia y la oscuridad.
De pronto se oyó a sí mismo decir:
– Las piezas -dijo-. Las piezas.
Rápidamente se levantó. Hurgó hasta encontrar el móvil a oscuras y entonces marcó el número de Ford. El teléfono sonó pero no hubo respuesta. Finalmente se oyó una voz grabada que hablaba en francés. No entendía el idioma, pero ya sabía lo que decía: que el teléfono al que estaba llamando estaba apagado o fuera de cobertura y que lo intentara de nuevo más tarde. Marten colgó y volvió a llamar. De nuevo, el teléfono volvió a sonar, pero otra vez escuchó el mismo mensaje.
Con la cabeza acelerada, lo primero que se le ocurrió fue llamar a Lenard, pero luego pensó que no tenía ni idea de adonde había ido Ford; aunque lograra ponerse en contacto con el policía francés, ¿qué le diría? Entonces dejó el teléfono y permaneció un rato a oscuras. Dan Ford estaba solo y él no podía hacer nada para ayudarle.
31
3:40 h
Yuri Kovalenko puso en marcha el control de velocidad de su Opel alquilado. Se mantenía conscientemente medio kilómetro por detrás del Citroën blanco de Ford mientras el periodista conducía en dirección sureste paralelo al Sena, pasando por delante de la Gare d'Austerlitz hasta Ivry-sur-Seine, siguiendo el curso del río.
Kovalenko no tenía ni idea de adonde se dirigía Ford, pero estaba sorprendido de que su amigo no lo acompañara. Se había quedado igual de sorprendido cuando vio a Marten entrando en la habitación del hotel, en medio de todo el revuelo policial.
Por su primer encuentro en la escena del crimen le resultaba todavía difícil deducir quién era Marten o por qué estaba allí. O qué relación tenía con Ford, o había tenido en el pasado con Halliday. Lo que sí sabía ahora era que, por la manera directa en que Marten había interrogado a Lenard, no era del inspector francés de quien se había escondido en el parque, sino de Halliday. De modo que, al menos, una pregunta ya tenía respuesta.
Por la mañana, cuando Ford fuera a ver a Lenard a su despacho, Kovalenko se enteraría de más cosas, y cuando lo hiciera -cuando tuviera el nombre completo de Marten, su profesión y su lugar de residencia- pondría en marcha una indagación exhaustiva de su historial. Así encontraría respuestas, o al menos el principio de ellas, a algunas de sus dudas. Para Kovalenko, Nicholas Marten era más que un simple ami américain de Dan Ford.
Más adelante, los faros traseros del Citroën se iluminaron cuando Ford pisó el freno; entonces Kovalenko lo vio cambiar de carril y volver a acelerar, cruzar el Sena en Alfortville y meterse en la autopista A6 sur en dirección a Montgeron.
Kovalenko cambió la postura de sus manos sobre el volante del Opel. No era un hombre que durmiera bien cuando se encontraba en medio de una investigación de asesinato, y el hecho de que ahora hubiera un segundo crimen sólo hacía aumentar sus sospechas de que probablemente Ford contaba menos de lo que sabía. Que Marten estuviera alojado en su casa estimulaba todavía más su curiosidad y fue lo que hizo que Kovalenko se decidiera a seguir vigilando hasta mucho después que todo el mundo se hubiera ido a su casa y a la cama. No tenía idea de qué esperaba descubrir, ni tampoco se lo había comentado a Lenard, porque no había motivo para tratar de hacerlo oficial. Era, sencillamente, algo que creía prudente hacer.
Había encontrado un lugar para aparcar justo enfrente, un poco más abajo del domicilio de Ford, a las doce y diez de la noche, y metió el coche dentro. Luego, por si a pesar de la hora tardía surgiera algún intercambio de información, sacó un pequeño aparato Kalinin-7 de su maletín, se puso los auriculares y fijó su diminuta antena parabólica en la ventana delantera de Ford. Una llamada al teléfono fijo de Ford resultaría imposible de detectar sin una escucha telefónica. Pero Kovalenko había visto a Ford con un móvil un par de veces, cuando se lo dejó a Halliday en L'Ecluse y luego más tarde, por la calle, cuando Ford se marchó, de modo que había muchas posibilidades de que éste fuera el teléfono que usara normalmente. Si recibía una llamada por él, el Kalinin-7 la captaría con casi tanta claridad como si el mismo Kovalenko la estuviera atendiendo.
A las doce y cuarto Kovalenko ya se había instalado a esperar, escuchar y vigilar. Una vez, hacia las dos y media, pensó en llamar a su esposa, Tatiana, a Moscú, pero se dio cuenta de que todavía estaría durmiendo. En aquel momento debió de quedarse dormido porque a las tres y cinco un pitido regular en su auricular lo despertó, alertándolo de una llamada entrante. El teléfono sonó tres veces antes de que alguien respondiera.
– Dan Ford -oyó decir al periodista, medio dormido.
Entonces se oyó una voz masculina que hablaba en francés:
– Soy Jean-Luc -dijo la voz-. Tengo el mapa. ¿Puedes venir a las cuatro y media?
– Sí-dijo Dan Ford, en francés, antes de colgar y de que la Kalinin-7 se quedara en silencio.
Al cabo de siete minutos vio cómo se abría la puerta principal del edificio de Ford y el periodista salía en medio de la lluvia y se metía en su coche. Kovalenko se preguntó quién debía de ser ese Jean-Luc y de qué mapa hablarían. Fuera quien fuese y fuera cual fuese el mapa, estaba claro que era lo bastante importante como para que Ford saliera de la cama a esa hora, se vistiera y decidiera conducir solo bajo la lluvia.
Autopista N6
Los limpiaparabrisas del Opel danzaban en un suave vaivén; la carretera mojada estaba totalmente a oscuras, excepto por la estela de los faros traseros del lejano Citroën. Kovalenko miró el reloj.
4:16 h
Eran las 6:16 de la mañana en Moscú. Tatiana ya se habría levantado y estaría iniciando el lento proceso de preparar a sus tres hijos para el colegio. Tenían once, nueve y siete años, y todos querían ser más independientes que los demás. A menudo se preguntaba cómo era posible que fueran los hijos de dos empleados del Ministerio de Justicia y de la RTR, la cadena estatal de televisión, donde su esposa trabajaba como ayudante de producción. Yuri y Tatiana Kovalenko vivían obedeciendo órdenes. Pero no era así para sus hijos, en especial cuando las órdenes procedían de sus padres.
4:27 h
Volvió a ver cómo las luces de freno del Citroën se iluminaban. Acababan de pasar a través de una zona boscosa a unos quince minutos al sur de Montgeron y Ford estaba reduciendo la velocidad.