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Ahora giró por una rampa de salía de la N6.

Kovalenko redujo también la marcha y luego apagó las luces y tomó la misma salida. Con la lluvia y la oscuridad resultaba difícil ver nada, y tenía miedo de salirse de la calzada y caer en una cuneta, pero su coche y el de Ford habían sido los únicos dos de la autopista y no quería que Ford sospechara que lo estaban siguiendo.

Forzando la vista, llegó al pie de la rampa y se detuvo. Entonces vio el Citroën alejarse mientras Ford aceleraba en dirección oeste. Kovalenko volvió a encender rápidamente los faros del Opel y se apresuró a seguirlo. Al cabo de un kilómetro y medio aminoró, aguantando la velocidad.

Pasó un minuto, luego dos. De pronto Ford giró hacia una carretera secundaria, en dirección norte, siguiendo la orilla arbolada del Sena rural.

Kovalenko lo seguía, observando con la ayuda de los faros del Opel el denso boscaje, interrumpido de vez en cuando a la izquierda por lo que parecían accesos al río. De pronto, los árboles de la derecha dieron paso a un campo de golf y a un desvío hacia el pueblo de Soisy-sur-Seine.

4:37 h

Las luces de freno del Citroën brillaban a lo lejos y Kovalenko volvió a reducir la velocidad. Ford aminoró todavía más y luego, de repente, giró a la izquierda, en dirección contraria a la autopista y hacia el río.

Kovalenko seguía a velocidad lenta. Al cabo de veinte minutos había alcanzado el desvío de Ford y avanzó un poco más allá. A través de la oscuridad y de la lluvia pudo ver a Ford detener el Citroën junto a otro coche y, de pronto, apagar las luces.

Kovalenko siguió avanzando. A unos trescientos metros la carretera viraba bruscamente a la derecha a través de una densa pared de coníferas. Volvió a apagar los faros, dio media vuelta y volvió hacia atrás.

Lentamente, avanzó hasta quedarse a cincuenta metros de donde Ford había girado y miró a través de la oscuridad, tratando de distinguir los dos vehículos aparcados. Le resultaba imposible. A tientas, abrió la guantera del Opel, sacó unos prismáticos y miró la zona en la que se había detenido el Citroën. No vio más que la misma oscuridad insistente que había a simple vista.

32

Kovalenko bajó los prismáticos y tocó con la mano la Makarov automática que llevaba enfundada en la cintura, maldiciéndose por no haberse llevado un dispositivo de visión nocturna.

De nuevo, trató de ver con los prismáticos. Si había algún movimiento cerca de los coches aparcados, no alcanzaba a verlo. Esperó. Sesenta segundos, noventa, hasta tres minutos enteros. Finalmente dejó los prismáticos en el asiento, se subió el cuello de la cazadora y salió del coche, bajo la lluvia.

Por un momento se limitó a escuchar, pero lo único que oía era el sonido de la lluvia y del caudal del río que corría a lo lejos. Lentamente, levantó la Makarov y avanzó.

Cuarenta pasos y el suelo debajo sus pies pasó del barro de arcén a la gravilla molida del desvío. Se detuvo y miró a través de la oscuridad, aguzando el oído. Lo mismo que antes, el repicar de la lluvia sobre el sordo rugido del río al fondo. Avanzó veinte pasos más y se detuvo. No lo entendía; estaba casi a la orilla del río y todavía no había visto nada.

Nervioso, se cambió el arma de mano y avanzó hasta el borde del río. El agua oscura bajaba con fuerza quince metros más abajo. Se volvió. ¿Dónde estaban los coches? ¿Lo había entendido mal; habían aparcado más abajo de lo que pensaba? En aquel momento vio la luz de unos faros de un camión grande que trazaba la curva de la autopista. Por un instante, sus luces iluminaron la zona y luego pasó hasta desaparecer a lo lejos.

– ¿Shto? -¿Cómo?, exclamó Kovalenko en ruso, y en voz alta. Por un instante fugaz aquellos faros habían iluminado toda la zona y allí no había nada. El Citroën blanco de Ford y el otro coche habían desaparecido. Pero ¿cómo? Había tardado menos de treinta segundos en pasar de largo del desvío, dar media vuelta y volver atrás. Aun a oscuras y bajo la lluvia, desde el lugar en el que se detuvo había una buena vista de la zona en la que ahora se encontraba. Si los dos coches se habían marchado, o bien habrían pasado por delante de él, o bien habrían ido por el otro lado. En la dirección opuesta la carretera era recta durante, al menos, tres kilómetros más, y no habrían ido tan lejos, de noche y con aquel tiempo, con los faros apagados. ¿Dónde estaban? Los coches no desaparecían por arte de magia. No encontraba ninguna explicación. Ninguna.

A menos que…

Kovalenko se volvió y miró hacia el río.

33

Viry-Ch â tillon, Francia. Miércoles, 15 de enero.

Sol fuerte y frío después de la lluvia. 11:30 h

La gente se agolpaba a lo largo de las dos orillas del río, contemplando en silencio cómo el cable metálico de la grúa se tensaba y un Citroën blanco de dos puertas, con las ventanillas abiertas, era arrastrado fuera del agua hasta el terraplén. No hacía falta preguntarse si había alguien dentro. Los submarinistas de la policía ya lo habían confirmado.

Nicholas Marten se acercó un poco más hasta quedarse justo detrás de Lenard y Kovalenko mientras los submarinistas tiraban de la puerta del conductor. Al abrirla, el agua pantanosa salió a presión y luego un grito ahogado surgió cuando la gente que estaba más cerca pudo ver lo que había dentro.

– Oh, Dios mío -susurró Marten.

Lenard bajó solo hasta el terraplén y estudió la situación; luego retrocedió e hizo un gesto hacia el equipo técnico, y ellos y el jefe de la policía de Viry-Châtillon, cuya patrulla de agentes habían encontrado el coche colgado de una roca que sobresalía del río más abajo, bajaron hasta el Citroën. Lenard miró todavía un momento y luego volvió a subir, mirando a Marten:

– Lamento que haya tenido que verlo. Debía haberlo mantenido más atrás.

Marten asintió a medias. Abajo podía ver a Kovalenko agachado, estudiando el cadáver. Unos segundos más tarde se levantó y se les acercó, con la fría brisa del río azotándole el pelo. Marten podía leer en su expresión y en la de Lenard que, igual que él mismo, no habían visto nunca algo parecido a lo que había dentro del coche.

– Si le sirve de algún consuelo -dijo Kovalenko a media voz y con su fuerte acento ruso-, con todo lo brutal que ha sido, parece que se lo han hecho con mucha rapidez. Como en el caso del detective Halliday, el corte en la garganta es recto y profundo hasta la columna. Diría que las otras heridas son posteriores. Si ha habido lucha, habrá sido breve y previa, de modo que tal vez no haya sufrido.

Kovalenko miró a Lenard mientras los submarinistas se apartaban y el equipo científico se disponía a trabajar.

– Parece como si se lo hubieran hecho dentro del vehículo y luego el criminal hubiera bajado las ventanas y hubiera hecho caer el coche al río con la esperanza de que se hundiera -explicó Kovalenko-. La corriente lo ha arrastrado y lo ha llevado río abajo hasta que se ha quedado atascado en las rocas.

De pronto, la radio de Lenard empezó a crujir y el detective se volvió para contestar.

– ¿Lo ha arrastrado desde dónde? -dijo Marten, mirando a Kovalenko.

– El Citroën ha caído al río unos cuantos kilómetros más arriba, cerca de Soisy-sur-Seine. Lo sé porque he seguido al señor Ford hasta allí desde su casa.

– ¿Le ha seguido?

– Sí.

– ¿Por qué? Si era periodista.

– Me temo que eso es asunto mío, señor Marten.

– ¿Y era también asunto suyo dejar que esto ocurriera? -Los ojos de Marten se dirigieron furiosos hasta el Citroën, y luego otra vez a Kovalenko-. Si estaba usted allí, ¿por qué no hizo nada para impedirlo?