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– La circunstancia escapaba a mi control.

– ¿Ah sí?

– Sí.

Lenard apagó su radio y miró a Kovalenko:

– Han encontrado el otro vehículo en la bajada en la que usted se encontraba. La corriente lo ha arrastrado muy poca distancia antes de quedar frenado entre las rocas del fondo.

34

Lenard condujo su Peugeot marrón en dirección sur bajo unas nubes blancas y gruesas y a través del bucólico paisaje que bordeaba el Sena rural. Kovalenko iba a su lado; Marten iba detrás. Los tres estaban en silencio, como lo hicieron a la ida desde París, acompañados tan sólo del rugido del motor y de la fricción de las ruedas sobre el asfalto.

Antes, en París, le habían pedido a Marten si deseaba acompañarlos a presenciar la recuperación del coche, pero su auténtico motivo era hacerle identificar el cadáver de Ford y evitarle a Nadine ese horrible trámite. No estaba seguro de por qué lo llevaban con ellos ahora, cuando podrían haberlo dejado fácilmente para que regresara a París con un coche patrulla.

Marten contempló por la ventanilla el paisaje rural, mareado y entumecido, tratando de comprender lo que había ocurrido. A las ocho de la mañana, cuando Ford todavía no había regresado a casa, Marten lo llamó al móvil sin obtener respuesta. A las nueve llamó al despacho de Lenard para saber si tal vez Ford había acudido a la cita con Lenard y Kovalenko directamente. Fue entonces cuando le comunicaron que ambos detectives estaban de camino al apartamento de Ford de la calle Dauphine. Marten supo al instante lo que significaba e intentó preparar a Nadine. La reacción de la mujer fue llamar tranquilamente a su hermano y a su hermana, ambos afincados a pocas manzanas el uno del otro, para pedirles que fueran. En el breve y tenso momento antes de que llegara la policía, Marten tuvo la entereza de coger la agenda de Halliday y entregársela a Nadine para que la escondiera. Y ella lo hizo justo cuando sonaba el timbre de la puerta.

Varios coches de policía, un furgón de submarinistas y una grúa grande estaban en la escena cuando Lenard aparcó su coche. Los tres salieron y cruzaron la gravilla hasta arriba de un saliente rocoso que se levantaba unas dos o tres veces la altura de un hombre por encima del caudal del río.

La grúa había hecho marcha atrás hasta el borde de la orilla y tenía el brazo extendido por encima del agua, con el fuerte cable de acero atado a algo encima de la superficie fluvial. Lenard miró a dos submarinistas debajo de él, en el agua. Uno de ellos le hizo una señal de aprobación con el pulgar y él asintió con la cabeza. El submarinista le hizo señales a la grúa. Empezó a oírse un motor al ralentí; el torno empezó a girar y el cable se tensó.

– Monsieur Marten -Lenard contemplaba la carrocería de un automóvil que empezaba a asomar por el agua-, ¿le dice algo el nombre de Jean-Luc?

– No. ¿Debería conocerlo?

Lenard apartó los ojos del coche para mirar a Marten.

– Dan Ford vino hasta aquí para encontrarse con alguien llamado Jean-Luc. ¿Sabe usted quién es?

– No.

– ¿Le ha hablado alguna vez de un mapa?

– No, a mí no.

Lenard sostuvo la mirada de Marten todavía un momento y luego se volvió justo cuando el capó del Toyota sedán gris asomaba por la superficie. El motor de la grúa sonaba más acelerado y el coche fue levantado al aire. Cuando estuvo lo bastante arriba para despejar la orilla, el brazo de la grúa viró hacia la tierra para bajar el Toyota empapado hasta el suelo de gravilla. Lenard hizo un gesto de aprobación e inmediatamente el coche fue depositado en el suelo. Como en el Citroën de Ford, las ventanillas del Toyota estaban abiertas, lo cual permitió que se llenara de agua y que se hundiera por debajo de la superficie.

Lenard se apartó de Marten y él y Kovalenko se acercaron juntos al coche. Kovalenko lo alcanzó primero y Marten vio cómo se le retorcía el rostro al mirarlo. Su expresión lo decía todo. Quien fuera que estuviera dentro del coche había sufrido la misma suerte que Dan Ford.

35

– ¿Cuál es su nombre completo, señor Marten? -Kovalenko tenía abierta una pequeña libreta en espiral y estaba girado en el asiento delantero, mirando a Marten mientras Lenard conducía de regreso a París.

– Nicholas Marten. Marten, con e.

– ¿Inicial o nombre intermedio?

– No tengo.

– ¿Dónde vive?

– En Manchester, Inglaterra. Soy estudiante de posgrado en la universidad.

– ¿Lugar de nacimiento? -Kovalenko hablaba en tono distendido, en sus ojos de perro pachón había una mirada ligeramente inquisitiva.

– Estados Unidos.

De pronto, la visión del cuerpo de Dan Ford en el interior del Citroën empapado le bloqueó cualquier otro pensamiento. Lo embargó una sensación de culpabilidad casi insoportable y recordó la horrible explosión del cohete casero que, a la edad de diez años, le provocó a Dan la pérdida del ojo derecho, y se preguntó si en caso de que hubiera tenido la vista intacta, habría visto antes aparecer a su asaltante y eso le habría dado la oportunidad de salvar la vida.

– ¿En qué ciudad? -oyó que Kovalenko le preguntaba.

De pronto, la mente de Marten saltó al presente.

– Montpelier, Vermont -dijo, sin énfasis, con la historia de Nicholas Marten ya programada en él.

– El señor Ford era de Los Ángeles, ¿de qué se conocían?

– Un verano fui a California, cuando era adolescente. Nos conocimos y nos hicimos amigos. -Tampoco ahora vaciló para nada. Marten lo tenía todo previsto. No había necesidad de mencionar a Rebecca ni ninguna otra parte de su vida en Los Ángeles. Sencillamente, hacerlo fácil. Él era Nicholas Marten de Vermont, nada más.

– ¿Y fue entonces cuando conoció al detective Halliday?

– No, fue más tarde. Volví a visitarle cuando Dan ya se había convertido en un famoso periodista de sucesos. -Marten miraba directamente a Kovalenko al decirlo para no dar al ruso ningún indicio que pudiera despertarle dudas. Al mismo tiempo, tres nombres retumbaban en su cabeza como si se los hubieran estampado con una máquina: Neuss. Halliday. Ford. Y luego un último nombre, el nombre que los conectaba a todos.

Raymond.

Tenía que ser Raymond. Pero era una locura, Raymond estaba muerto. ¿O no lo estaba? Y si no lo estaba, ¿quién era el siguiente en su lista? ¿Él? ¿Rebecca, tal vez? Aunque el jefe Harwood había eliminado cualquier rastro de su presencia en el tiroteo, el hecho es que estuvo allí y, lo recordara o no, le había visto, y Raymond lo sabía.

De pronto pensó que tal vez fuera mejor contarles a Lenard y Kovalenko quién era y lo que sabía. Pero en el momento en que lo hiciera se pondrían en contacto con el LAPD y les contarían que John Barron estaba en París y les pedirían que reexaminaran las circunstancias que envolvieron la supuesta muerte y cremación de Raymond Thorne. Si eso ocurría, el desembarco en París de Gene VerMeer y los otros que todavía lo buscaban como buitres sólo sería cuestión de tiempo. El fallecido Raymond Thorne perdería mucho interés. Sería en John Barron en quien estarían interesados.

De modo que no, Marten no podía decir nada. Si Raymond estaba vivo, Marten, como «Marten», sería quien debería descubrirlo y luego hacer algo al respecto.

Dan Ford había sido tristemente profético cuando le dijo que aquella era «su guerra»: «tú lo persigues hasta que lo atrapas, o te atrapa y todo lo demás se va a la mierda».

Nunca le había parecido tan cierto.

– ¿Qué edad tiene? -Kovalenko le hablaba de nuevo y al mismo tiempo iba anotando cosas en su libreta.

– Veintisiete años.

Kovalenko levantó la vista:

– ¿Veintisiete?

– Sí.

– ¿A qué se dedicaba antes de venir a Manchester?