La rabia embargó de pronto a Marten. No estaba en un juicio y ya estaba harto de aquello.
– No estoy seguro de entender por qué me hace estas preguntas.
– El señor Ford ha sido asesinado, señor Marten. -Lenard lo miraba por el retrovisor-. Usted era su amigo y una de las últimas personas que lo ha visto con vida. A veces, la información más banal resulta útil.
Era una respuesta sólida y estándar y no había manera de torearla. Marten no tenía más remedio que seguir respondiendo de la manera más vaga y simple que se le ocurriera.
– Viajé mucho, probé distintos oficios, Hice de carpintero, de camarero, intenté escribir. No estaba seguro de lo que quería hacer.
– Y luego, de pronto, decide elegir una universidad en Inglaterra. ¿Había estado ya allí antes?
– No.
Kovalenko estaba en lo cierto al seguir que marcharse de América de repente para ir a una universidad del norte de Inglaterra era algo poco habitual. Su pregunta requería una respuesta que ambos detectives pudieran creerse y sin ninguna sospecha. De modo que dijo la verdad.
– Conocí a una chica. Resulta que es profesora en Manchester. Y decidí seguirla.
– Ah. -Kovalenko sonrió a medias y, de nuevo, lo apuntó en su libreta.
Ahora estaba claro por qué lo habían querido tener allí desde el principio, en especial cuando fueron a sacar el segundo coche. Identificar el cuerpo había sido una cosa, pero ver el cuerpo mutilado de Ford había sido para ellos un buen golpe y sabían que Marten, como amigo íntimo de Ford, estaría mucho más afectado que ellos, y contaron con esto. Por eso Lenard le preguntó por Jean-Luc, y por eso Kovalenko le estaba ahora presionando, tratando de que revelara algo bajo el estrés emocional que no revelaría en otro estado. Era una manera de proceder para la cual Marten debía haberse preparado, porque, como detective de homicidios, había actuado de la misma forma unas cuantas veces. Pero no lo había hecho. Estaba desentrenado y sólo había vuelto a investigar activamente desde su llegada a París el día antes. Había dispuesto de poco tiempo para aclimatarse. No estar preparado para un interrogatorio policial en una investigación de homicidio, a pesar de que la necesidad no había resultado nunca aparente, era un fallo que sabía que lo podía hacer resbalar. Las preguntas de Kovalenko también le hacían preguntarse qué era lo que buscaban. Sí, había cometido el error de preguntar a Lenard demasiado directamente en la habitación de hotel de Halliday, pero eso no justificaba este tipo de interrogatorio, y sabía que tenía que haber algún otro motivo. Al instante siguiente descubrió cuál era, y le pilló totalmente desprevenido.
– ¿Por qué dio usted media vuelta en el Pare Monceau al ver al detective Halliday? -Las maneras amables y cálidas y la mirada de perro pachón de Kovalenko se habían desvanecido-. Ayer fue usted al Pare Monceau con el señor Ford. Cuando vio al detective Halliday con el inspector Lenard, usted se giró de inmediato y se marchó.
No era sólo el ruso quien lo escrutaba; Lenard lo miraba por el retrovisor, observándolo, también, como si fuera algo tramado entre los dos: que el ruso preguntara mientras Lenard observaba la reacción.
– Le debía dinero desde hace mucho tiempo. -Marten les dio algo creíble, como había hecho antes-. No era mucho, pero estaba avergonzado. Y no esperaba encontrármelo allí.
– ¿Y cómo acabó usted debiéndole dinero? -contraatacó Kovalenko-. ¿Si, como usted dijo, apenas lo conocía?
– Béisbol.
– ¿Cómo?
– Béisbol americano. Halliday, Dan y yo comimos juntos un día en Los Ángeles y nos pusimos a hablar de béisbol. Apostamos sobre un partido de los Dodgers y yo perdí. Nunca le llegué a pagar y no lo había vuelto a ver nunca más hasta ayer en el parque, pero siempre me ha hecho sentir incómodo. Y me marché esperando que no me viera.
– ¿Cuánto le debía?
– Doscientos dólares.
Lenard volvió a mirar la carretera y la severidad de Kovalenko se desvaneció.
– Gracias, señor Marten -dijo, y luego apuntó algo en una página de la libreta, la arrancó y se la dio a Marten.
– Es mi número de móvil. Si se le ocurre algo más que cree que puede ayudarnos, llámeme, por favor. -Kovalenko se volvió de espaldas, hizo algunas anotaciones más en su libreta y luego la cerró y se quedó callado durante el resto del trayecto.
36
Lenard los llevó de vuelta a París a través de la Porte d'Orleans; luego cogió el Boulevard Raspail y pasó frente al cementerio de Montparnasse, en el corazón de la Rive Gauche, en dirección al apartamento de Ford en la rue Dauphine. De pronto se metió por la rue Huysmans, recorrió media manzana y aparcó.
– Número veintisiete, apartamento B. -Lenard se volvió a mirar a Marten por encima del hombro-. Es el apartamento de Armand Drouin, el hermano de la esposa de Dan Ford. Es donde está ella y adonde han sido trasladados sus efectos personales.
– No lo entiendo.
– La ley nos permite ocupar la escena de un crimen para investigarla, y estamos tratando el apartamento de Dan Ford como si fuera la escena del crimen.
– Entiendo. -De inmediato, Marten pensó en la agenda de Halliday Incluso escondida, la encontrarían. Ya empezaban a desconfiar de él. Aunque pensaran que se la había llevado Dan, tratarían de culparle a él. Y si buscaban las huellas digitales y luego le tomaban las suyas, lo descubrirían de inmediato. ¿Qué diría entonces?
– ¿Cuándo tiene previsto regresar a Inglaterra?
– No estoy seguro. Quiero estar aquí para el funeral de Dan.
– Si no le importa, me gustaría tener un teléfono de Manchester en el que pueda localizarlo en caso de que surjan nuevas preguntas.
Marten vaciló y luego le dio su número a Lenard. Hubiera sido absurdo no hacerlo. El detective podía obtenerlo en cualquier momento, si quería. Además, necesitaba toda su buena voluntad si llegaban a encontrar la agenda de Halliday y venían a interrogarlo.
Cuando ya estaba empujando la puerta, con la mente saltando ya hacia Nadine y al apartamento de su hermano y la montaña de emoción que sabía que encontraría dentro, Lenard volvió a llamarlo.
– Una última cosa, monsieur Marten. Dos americanos a los que conocía personalmente han sido salvajemente asesinados en un período muy breve de tiempo. No sabemos quién lo hizo, ni por qué, ni qué está ocurriendo, pero quisiera advertirle que tome muchas precauciones en todo lo que haga. No quisiera que fuera usted el próximo en tener que salir en grúa del Sena.
– Ni yo tampoco.
Marten salió y cerró la puerta, quedándose un momento para ver como Lenard se alejaba en el coche. Luego se volvió hacia el apartamento, pero al hacerlo, se cruzó con un hombre que paseaba un doberman enorme. Soltó un grito asustado y dio un torpe paso hacia atrás. En el mismo instante, el perro puso las orejas planas y con un rugido horrible quiso saltar a la garganta de Marten. Ésta volvió a gritar y levantó un brazo para protegerse. Rápidamente, el hombre tiró con fuerza de la correa del perro y lo atrajo hacia él.
– Disculpe -dijo, rápidamente, y llevó el perro calle abajo.
Con el corazón acelerado, Marten se quedó petrificado donde estaba, mirándolos. Se dio cuenta de que era la primera vez desde que se había marchado de Los Ángeles que se sentía genuinamente asustado. El doberman no había hecho más que empeorar las cosas, pero no había sido culpa del perro. El animal, sencillamente, intuyó el miedo y su ataque fue instintivo.
El sentimiento en sí había empezado cuando, todavía en Manchester, vio el artículo sobre el cadáver hallado en el parque. Su primera reacción entonces fue «¡Raymond!». Pero sabía que Raymond estaba muerto y trató de alejar la idea de su cabeza, decirse que no era posible, que era otra persona quien había cometido el crimen. Entonces Dan Ford lo llamó para decirle que la víctima era Alfred Neuss, y de nuevo volvió a tener el horrible presentimiento de que Raymond estaba vivo. Era una sensación agravada por la revelación de Ford de que todos los expedientes médicos y policiales de Raymond habían sido suprimidos. Y ahora Ford, Jimmy Halliday y el hombre del Toyota habían sido, como Neuss, brutalmente asesinados. Y Lenard acababa de advertirle que él podía ser el siguiente.