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Raymond.

La simple idea le helaba hasta los huesos. No tenía ninguna prueba, pero por dentro sabía que tampoco había ninguna duda. Ya no eran solamente «las piezas», o intentar comprender lo que Raymond se proponía, o lo que había puesto en marcha. Ahora eran todas esas cosas, más el propio Raymond. No estaba muerto en absoluto, sino vivo y en algún lugar de París.

37

18:50 h

Kovalenko llevaba dos jerséis y se sentaba acurrucado sobre su ordenador portátil en su fría y pequeña habitación de la quinta planta del hotel Saint Orange, en la rue de Normandie, en el barrio del Marais. Era miércoles y había llegado el lunes a París. Apenas tres días y ya estaba convencido de que moriría de frío, en aquel hotelucho cutre y arcaico. La mínima brisa hacía vibrar las ventanas. Los suelos estaban combados y las tablas del parquet crujían por cualquier lado por donde pisabas. Los cajones de la única cómoda jugaban a quedar abiertos o cerrados, puesto que, hicieras lo que hicieses quedaban trabados y convertían el simple acto de abrir o cerrar en una prueba de fuerza. El baño, la salle de bains al fondo del pasillo, daba agua tibia durante quince minutos como mucho antes de convertirse en un chorro de agua helada. Y luego estaba lo de la calefacción. La poca que había se encendía durante una media hora antes de apagarse durante dos o tres horas antes de volverse a encender. Y, finalmente, había chinches.

Las protestas a la dirección del hotel habían resultado estériles, y con su superior en el Ministerio de Justicia no había tenido mejor suerte cuando lo llamó a Moscú para pedirle permiso para cambiar de hoteclass="underline" le dijo que aquél era el hotel seleccionado y que no había nada que hacer. Además estaba en París, no en Moscú; ya se podía dar con un canto en los dientes y dejar de quejarse. Fin de la conversación, fin de la llamada. Y, sí, puede que estuviera en París, pero en Moscú, al menos, tenía calefacción.

De modo que lo mejor que podía hacer era olvidarse de su entorno y ocuparse de los asuntos que debía resolver. Y eso fue lo que hizo desde el momento en que llegó, con el portátil en una mano y una baguette de jamón y queso en la otra, una botella de agua mineral y otra de vodka ruso, todo adquirido en un pequeño mercado de barrio.

Su primer tema a resolver era Nicholas Marten, quien seguía siendo un misterio y de quien no se fiaba. Tal vez hubiera sido amigo de Ford y hubiera conocido a Halliday brevemente, pero a Kovalenko no le gustaban sus respuestas aparentemente bruscas y a la vez preparadas. Eran definitivas pero al mismo tiempo vagas, todas excepto la de la chica a la que dijo haber conocido y seguido hasta Manchester, donde ahora vivía. Podía ser estudiante de posgrado, y podía no serlo, pero desde luego había muchas cosas más que escondía. Y tal vez también en su chica.

Kovalenko abrió su portátil y lo encendió. Tres clics del ratón más tarde ya tenía el número que quería. Sacó su libreta y marcó el número en su móvil.

Una operadora de la central de la Greater Manchester Police le pasó con el inspector Blackthorne. Después de identificarse, le pidió ayuda para verificar que un tal Nicholas Marten de Vermont, Estados Unidos, era realmente estudiante de posgrado en la Universidad de Manchester, Inglaterra.

Blackthorne le cogió el número y le dijo que vería lo que podía hacer. Al cabo de veinte minutos lo llamó con la confirmación. Nicholas Marten era, en efecto, un estudiante de posgrado matriculado en la universidad desde abril.

Kovalenko le dio las gracias a Blackthorne y colgó, satisfecho pero no del todo. Apuntó algo en su libreta: «Marten en un posgrado. ¿Dónde cursó su licenciatura?». Y luego otra anotación: «Averiguar quién es la chica y cuál es su relación actual con Marten».

Una vez hecho, comió un mordisco de su bocadillo, lo regó con un par de buenos tragos de vodka y volvió a concentrarse en el ordenador para redactar su informe del día, con la esperanza de que al hacerlo llegaría a comprender lo ocurrido.

Aparte de la sensación inquietante que Marten le seguía provocando, lo que más le preocupaba era el asesinato de Dan Ford y del otro hombre del coche, y las preguntas perturbadoras que lo rodeaba. Dejando a un lado su todavía considerable sentimiento de culpa por no haber sido capaz de evitar al menos el asesinato de Dan Ford, había una serie de cosas que permanecían en su cabeza: la absoluta carnicería de las víctimas, el breve lapso de tiempo entre el momento en que vio a Ford desviarse por el camino y su asesinato, y la manera en que los coches habían sido lanzados al río.

Estas dudas eran lo bastante preocupantes, pero planteaban otras. ¿Había sido uno solo el responsable, o tuvo cómplices? ¿Con qué medios habían llegado y habían huido de la escena del crimen?

De momento, Kovalenko estaba asumiendo que el criminal era un hombre; pocas mujeres tenían ni la fuerza ni la mentalidad para cometer este tipo de ataques horripilantes. Y luego estaba también el hombre llamado Jean-Luc, que ahora sabían que era la segunda víctima, la del Toyota.

¿Qué era lo que había dicho por teléfono? «Soy Jean-Luc. Tengo el mapa. ¿Puedes venir a las cuatro y media?»

¿El mapa?

¿Qué tipo de mapa? ¿Y de qué? ¿Dónde estaba ahora el mapa? ¿Había sido el motivo por el que los dos hombres estaban ahora muertos?

Kovalenko tomó otro trago de vodka y lo hizo bajar con un sorbo de agua mineral, mientras dejaba que su mente se desviara desde los asesinatos hacia otra cosa. Su vigilancia de Dan Ford había tenido un efecto secundario que él no había calculado: una relación más estrecha con Philippe Lenard. El policía francés lo había mantenido a cierta distancia desde su llegada y sólo empezó a acercarlo a la investigación después de la muerte de Halliday. Incluso entonces, Kovalenko se había tenido que conformar con mantenerse a la sombra del francés y con trabajar en solitario. Pero la repentina desaparición de los coches cambiaba totalmente las cosas y él había llamado a Lenard de inmediato, despertándolo de madrugada para informarle de lo ocurrido. Había esperado recibir una reprimenda por haber actuado sin autoridad, pero a cambio le expresaron su agradecimiento por la vigilancia y Lenard acudió inmediatamente a la escena del crimen.

Por una razón desconocida, tal vez por frustración personal o por la presión de sus superiores, resolver los asesinatos de Alfred Neuss y de Fabien Curtay se había convertido de pronto en una prioridad de Lenard, y quién recibía crédito o se convertía en el héroe parecía no importarle. Eso resultaba útil porque acercaba a Kovalenko al corazón de la investigación, pero también complicaba las cosas porque su misión iba más allá de lo obvio y de los asesinatos en sí, y eso era algo de lo que la policía francesa no sabía nada. Asunto estrictamente ruso, tenía que ver con el propio futuro de su madre patria, pero de esto estaban al tanto sólo él mismo y sus superiores dentro del departamento especial del Ministerio de Justicia ruso al que él estaba adscrito. De modo que trabajar demasiado cerca de Lenard presentaba el riesgo de que éste o alguien de su entorno sospecharan que Kovalenko estaba haciendo algo más. Sin embargo, así era cómo las cosas habían evolucionado y, sencillamente, debería tener cuidado y manejarlo lo mejor que pudiera.

Una ráfaga repentina de viento helado sacudió el edificio y provocó en Kovalenko una sensación de frío todavía más intensa. Otro trago de vodka, otro mordisco de bocadillo y cambió de su documento actual a Internet para leer su e-mail.