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– No me hice daño.

– A Dios gracias -murmuró Grace, mientras observaba cómo Frankie desaparecía en el establo-. Casi me dio un ataque al corazón, Charlie.

– Pero hiciste que lo intentara de nuevo. -Charlie asintió con la cabeza-. Ya sé, ya sé. Tiene que aprender a sobrevivir.

– Y tiene una posibilidad de ganar. No voy a tolerar que la derroten.

– Acaricia esas teclas muy bien. No todo el mundo tiene que competir en el ruedo.

– A ella le encanta montar a caballo desde que tú y yo le enseñamos cuando tenía tres años. El piano es su primer amor, y lo toca fenomenalmente. Pero no voy a consentir que se limite a practicar y a las salas de conciertos. La composición también la satisface y no la expone a todo ese follón de la vida pública. Tendrá una vida activa y satisfactoria antes de que le permita considerar si quiere ver su nombre escrito en neones. -Hizo una mueca-. ¿Quién demonios hubiera pensado que iba a parir una niña prodigio?

– Tú tampoco eres tonta.

– La herencia no tiene nada que ver con un talento como el de Frankie. Es uno de esos bichos raros de la naturaleza. Pero no voy a permitir que nadie la considere un bicho raro. Va a tener una infancia normal y feliz.

– O les darás una paliza a todos. -Charlie se rió entre dientes-. Ella es feliz, Grace. No te exijas tanto. Has hecho un gran trabajo con su educación.

– Hemos hecho un gran trabajo con su educación -dijo sonriendo-. Y todas las noches le doy las gracias a Dios por tenerte, Charlie.

Un leve rubor tiñó las arrugadas mejillas del hombre, aunque su voz sonó atribulada.

– Confío en que él te escuche. No he hecho muchas cosas que merecieran la pena en mi vida y me estoy haciendo bastante viejo. Puede que necesite que me ponga alguna buena nota en su libro cuanto antes.

– ¡Eh!, si todavía no has cumplido los ochenta y gozas de la misma salud que cualquiera de tus caballos. En esta época, y con tu edad, te quedan muchos años por delante.

– Eso es cierto. -Charlie hizo una pausa-. Pero ninguno puede ser mejor que los últimos ocho años, Frankie es muy especial, y tú me has hecho sentir como si ella también me perteneciera.

– Y te pertenece. Lo sabes. -Grace arrugó el entrecejo-. Te veo muy serio hoy, ¿Pasa algo?

Charlie negó con la cabeza.

– Me asusté un poco cuando Frankie realizó ese salto. Hizo que empezara a dar gracias por lo que tengo. Hizo que me acordara de cómo eran las cosas antes de que aparecieras aquel día, hace ocho años. Yo era un viejo solterón cascarrabias con una granja de caballos que se iba a pique. Lo cambiaste todo para mí.

– Sí, te convencí para que me dieras trabajo, me mudé y te cargué con un bebé de seis meses. Un bebé con cólico. Soy afortunada de que no me echaras a patadas el primer mes.

– Estuve tentado de hacerlo. Tardé dos meses en decidir que, aunque te pusiera de patitas en la calle, me iba a quedar con Frankie.

– Ni en sueños.

– Habría sido bastante difícil. -Los ojos azules de Charlie brillaron-. Por supuesto, podría haber intentado encontrar un potro salvaje lo bastante duro como para que te hiciera un poco de daño. Pero todavía no he conocido un caballo que no puedas domar. Es extraño.

– No empieces. Desde que Frankie vio aquella película del hombre que susurraba a los caballos, cree que yo… ¡Maldita sea!, me limito a hablarles, eso es todo. No hay nada raro en eso.

– Y ellos te entienden. -Charlie levantó la mano-. No te estoy acusando de ser un doctor Dolittle. Es sólo que nunca me había encontrado con alguien como tú.

– Adoro a los caballos. Puede que ellos se den cuenta y reaccionen ante ello. Es tan simple como eso.

– No hay nada de simple en eso. Eres dura de corazón con todo y con todos, excepto con Frankie. Estás loca por la niña. Y, sin embargo, le dejas que corra riesgos que las madres más devotas no permitirían en la vida.

– La mayoría de las madres devotas jamás han tenido las experiencias que tuve yo mientras crecía. Si mi padre no se hubiera tomado la molestia de asegurarse de que yo era capaz de sobrevivir, no habría llegado a los trece años. ¿De verdad crees que no quiero tener a Frankie entre algodones e impedir que alguna vez dé un mal paso? Pero aprendes y te endureces a golpe de errores. La querré y la protegeré de la única manera que sé que funciona. Enseñándola a protegerse a sí misma.

– ¿Supongo que no te importará decirme dónde te criaste?

– Ya te lo dije; pasaba todos los veranos en la granja de caballos de mi abuelo, en Australia.

– ¿Y dónde pasabas el resto del año? -Charlie se encogió de hombros al ver la expresión hermética de Grace-. Ya sabía que no me lo ibas a decir. Pero, por lo general, no cuentas nada de lo que te pasó antes del día que apareciste en mi puerta. Pensé que tendría alguna posibilidad.

– No es que yo no… Es mejor que no sepas nada sobre…-Negó con la cabeza-. No es que no confíe en ti, Charlie.

– Lo sé. Sólo tengo curiosidad por saber por qué habrías de confiar en mí para contarme lo que hace que sigas adelante.

– Ya sabes lo que me hace seguir adelante.

Charlie se rió entre dientes.

– Sí… Frankie. Supongo que eso es suficiente para cualquiera. -Se dio la vuelta y se dirigió al granero-. Si voy a ir con vosotros a comer pizza, debería ocuparme de mis cosas. Robert y yo vamos a jugar una partida de ajedrez después de que os enviemos de vuelta a la granja. Esta vez le voy a ganar. La verdad es que se le da mejor el judo y las demás artes marciales que los juegos de mesa. Un hombre raro ese Robert. -Echó un vistazo por encima del hombro-. ¿Y no es también un poco raro que apareciera en la ciudad y abriera ese gimnasio de artes marciales apenas unos meses después de tu llegada?

– No, especialmente. La ciudad no tenía ningún centro de artes marciales. No es más que un buen negocio.

Charlie asintió con la cabeza.

– Supongo que todo es cuestión de cómo se mire. Hasta esta noche.

Grace se lo quedó mirando mientras él se dirigía al granero. A pesar de sus años, el paso de Charlie seguía siendo ágil, y su cuerpo nervudo y enjuto parecía tan fuerte como el de muchos hombres más jóvenes. Nunca pensaba en él como en alguien mayor, y le preocupaba que hablara de su envejecimiento. Hasta ese momento nunca le había oído hablar de la edad o de la muerte. Siempre vivía el momento… y esos días eran buenos momentos para todos ellos.

Desvió la mirada hacia las colinas que rodeaban la granja. El sol del final de la tarde acentuaba el verde de los pinos del bosque, extendiendo una paz casi narcótica sobre la caliente tarde agosteña. Cuando llegó por primera vez a la pequeña granja de caballos de Charlie hacía ocho años, lo que le había atraído fue aquella paz. La pintura de las edificaciones anejas y del cercado estaba gastada y levantada, y la casa le había dado la impresión de haber estado descuidada durante años, pero la sensación de paz eterna dominaba cada palmo del lugar, ¡Dios bendito!, y lo mucho que había necesitado aquella paz.

– Mamá.

Se volvió para ver a Frankie, que corría hacia ella.

– ¿Todo listo?

– Sí. -Frankie cogió la mano de su madre-. Tuve una conversación con Darling mientras lo encerraba. Le dije lo buen chico que había sido y que esperaba que hiciera lo mismo mañana.

– ¿En serio?

La niña suspiró.

– Pero, probablemente, me tirará de todas formas. Supongo que hoy he tenido suerte.

Grace sonrió.

– Puede que mañana también tengas suerte. -Apretó la mano de Frankie con más fuerza. ¡Por Dios, cuánto la quería! Ése era uno de los momentos perfectos. Daba igual lo que trajera el día siguiente; ese día brillaba como una moneda nueva-. ¿Una carrera hasta la casa?

– Vale. -Frankie le soltó la mano y echó a correr como una centella por el patio.