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– ¿Te gusta Gypsy tanto como Darling?

Frankie dejó de cepillar a Gypsy y levantó la vista para ver a Jake apoyado en la puerta del compartimiento.

– Me gustan los dos por igual. No sería justo tener un favorito. Podrían enterarse, y eso heriría sus sentimientos.

– Entiendo. -Kilmer sonrió-. ¿Ni siquiera en tu fuero interno?

Frankie pensó en ello.

– Son diferentes, ¿sabes? Gypsy es robusta y amable, y Darling es nervioso y… divertido. Quiero estar con ellos en momentos diferentes. Ojalá pudiera tener a Darling aquí.

– Me parece que ya tienes bastantes cosas que hacer. Tú música y Gypsy.

– Pero nunca estás lo bastante ocupado para un buen amigo. -Empezó a cepillar a Gypsy de nuevo-. Y no tengo muchos amigos.

– ¿Por qué no?

– No me gustan las mismas cosas que a la mayoría de los niños. Piensan que soy rara.

– ¿Y eso te molesta?

– Un poco. A veces. Montar a caballo está bien. Muchos niños de Tallanville lo hacían. Pero no eran muchos los que tocaban instrumentos, y ninguno oía la música.

– ¿Preferirías tener amigos y pasar de la música?

– No seas tonto.

– ¿Debo entender que eso es un no?

– Forma parte de mí. ¿Cómo podría dejar la música? Y además me hace sentir… no sé… como si fuera un águila volando, o quizá como Darling cuando da un gran salto y… -Frankie sacudió la cabeza-. No, Darling tiene miedo, y a mí no me da miedo la música. Supongo que nunca he visto a un caballo que le guste la música.

– Creo que yo sí.

Frankie desvió la mirada rápidamente hacia la cara de Kilmer.

– ¿Dónde?

– En realidad, eran dos caballos. En Marruecos. Tu madre también los ha visto.

– Nunca me habló de ellos.

– No son la clase de caballos que ella querría que montaras. Están llenos de rayos y truenos. Pero cuando los ves correr, podrían recordarte la música.

– Rayos y centellas… ¿Cómo Tschaicowski?

– O Chopin.

– Quiero verlos.

– Quizá algún día.

– ¿Cómo se llaman?

– Los llaman la Pareja. Nunca oí que los llamaran de otra manera.

Frankie sacudió la cabeza con decisión.

– Sí mamá los vio, debió de ponerles nombre. Dice que todos los caballos tienen que tener un nombre. Si tienen su propia alma, tienen que tener un nombre.

– Bueno, si les puso un nombre, no me lo dijo. -Kilmer sonrió-. A ella no le gustaría que te esté hablando de ellos. Como ya te he dicho, no son la clase de caballos con los que a ella le gustaría que tuvieras relación. Definitivamente, son unos animales que pueden resultar peligrosos.

– Ella no me deja montar a algunos de sus caballos, pero no le importa que los mire y les hable. Dice que es importante hacerse amigo de los caballos. -Le dio una última palmada a Gypsy-. Como hace ella. Mamá siempre insiste e insiste, hasta que los caballos terminan queriéndola.

– La he visto hacerse amiga de los animales. Es muy especial.

Frankie asintió con la cabeza y se volvió para mirarlo.

– Ella es mi mejor amiga. No necesito a ninguno de esos chicos del colegio.

– Entiendo que sientas eso. Yo admiro mucho a tu madre.

– Pero ella está furiosa contigo. Está mejor que la noche en que murió Charlie, pero sigue comportándose de forma rara en relación contigo.

– Hice algunas tonterías hace mucho tiempo. He intentando corregirlas, pero tal vez me lleve tiempo. Me alegro de que pienses que no está tan furiosa conmigo como antes.

Frankie asintió con la cabeza.

– No te sientas mal. Creo que mamá no habría permitido que nos trajeras aquí si realmente no le gustaras.

– Eso es reconfortante. -Kilmer hizo una pausa-. ¿Y yo te gusto un poco, Frankie?

Ella sonrió.

– Pues claro. -Abrió la puerta del compartimiento-. Eres diferente. Puede que te parezcas a Trigger. Te sabes todos los trucos, pero no los enseñas hasta que alguien te da la señal. Hasta ese momento, te limitas a estar por ahí, todo mono.

– ¿Mono? -Empezó a reírse-. ¡Dios mío!, nadie me había llamado mono.

– Bueno, algo así. -La sonrisa de Frankie se expandió-. Pero es verdad. Siempre andas por ahí dando órdenes. ¿Qué haces ahora, aquí, hablando conmigo?

– Divirtiéndome. Pero, quizá, si das la señal, empiece a patear el suelo.

Frankie se rió entre dientes con ganas.

– ¿Lo harías? Me gustaría verlo. Hazlo.

Kilmer pateó el suelo con el pie izquierdo.

– ¡Dios mío, cómo caen los poderosos! Pero me niego a relinchar ni aunque me lo ordenes.

– Entonces no eres Trigger.

– No. -La sonrisa de Kilmer se desvaneció-. Pero podría ser mejor amigo para ti que Trigger. Quizá no tan bueno como tu madre, pero me gustaría intentarlo.

– ¿Por qué?

– Eres dura. ¿No podrías aceptarme por las buenas? -Kilmer observó el rostro de la niña-. No, supongo que no podrías. Te pareces demasiado a tu madre. -Hizo una pausa-. Tú me gustas. Nunca he tenido mucho trato con niños. Estos días son como un regalo para mí. ¿Vale?

– Tal vez. -Frankie bajó las pestañas, pero Kilmer alcanzó a vislumbrar un atisbo de picardía-. No tengo mucho tiempo. Está la música.

– No interferiré con la música.

– Y tengo que hacer mis faenas -dijo ella con malicia-. Claro que, si paleas el estiércol por mí, como hiciste en casa de Charlie, eso me daría… ¡Ay! -Kilmer le dio un azote en el trasero, y Frankie empezó a reírse como una tonta-. Bueno, no parece que tengas que hacer nada más.

– Mocosa. -Kilmer la cogió de la mano y la sacó de un tirón del compartimiento-. Deberías sentirte honrada de que te hiciera un hueco en mí apretada agenda. Y contrariamente a tu opinión sobre mí personalidad, no tengo necesidad de esperar una señal para hacer mis trucos. Soy un auténtico payaso de circo, un verdadero hombre milagroso.

Frankie lo estaba mirando fijamente con una expresión que de repente se tornó grave.

– Oí que el médico decía que era un milagro que Donavan estuviera vivo. Tú lo trajiste aquí, y se va a poner bien. Eso es casi un milagro.

– Estaba bromeando, Frankie.

Ella asintió con la cabeza.

– Sí. -Su cara se iluminó con una sonrisa-. Pero puede que te ayude a palear el estiércol.

– Tiene que entender que estoy corriendo un gran riesgo. -Cárter Nevins miró nerviosamente por el bar. Había escogido encontrarse con Hanley en aquel bar de las afueras de Fredericksburg porque lo frecuentaban obreros, y no había nadie de Langley. Pero uno nunca podía estar seguro de quién podía dejarse caer por un tugurio como ése. Sin embargo, al primer vistazo que le había echado a Hanley, supo que había sido mejor encontrarse con él allí que en un lugar desierto. Brett Hanley era alto, musculoso, con el pelo negro y los ojos castaños, y su terno probablemente costaba más que lo que Nevins ganaba en un año. Había estado muy risueño durante los primeros cinco minutos después de sentarse a la mesa, pero en ese momento no sonreía. ¡Que le jodan! Nevins tenía algo que Hanley quería, y el bastardo iba a tener que pagar un precio muy alto por ello-. Podría perder mi empleo. Tendrá que compensarme bien.

– Estoy seguro de que Kersoff le pagó menos de lo que le estoy ofreciendo. -El tono de voz de Hanley era suave como la seda-. No debería mostrarse demasiado ávido, Nevins.

– Entonces todo lo que tuve que hacer fue salvar un bloqueo en clave y acceder a los archivos informáticos para encontrar a Grace Archer. Pero ahora no hay muchos archivos sobre su localización. Y no creo que North la sepa tampoco. Eso nos deja un panorama completamente diferente.