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– Entonces, ¿cómo pretende averiguar dónde están Kilmer y Archer?

– Tengo un contacto.

– ¿Quién?

¿Es que acaso pensaba aquel Neandertal que era idiota?

– Alguien que ha estado en contacto con ellos desde que se fueron de Tallanville. Pero tengo que tener dinero suficiente para compensarlo.

– ¿Cuánto?

– Quinientos mil. -Hanley ni pestañeó, y Nevins maldijo para sus adentros. Debería haber pedido más-. Para él. Otro tanto para mí.

– Está usted loco.

– Si él me falla, tengo otra manera de encontrar a Archer. Sólo tengo que lograr algo más de información y lo habré conseguido.

– ¿Cómo?

Nevins sonrió.

– La magia de los ordenadores. Hace que un hombrecillo se convierta en un gigante. Yo soy un gigante, Hanley. Mire cómo rujo.

Hanley le lanzó una mirada gélida.

– Usted sólo es un gamberro y un ganso. Tiene unas cartas de mierda e intenta marcarse un farol. Y odio a los faroleros.

Nevins tuvo un escalofrío. No debía haberlo presionado.

– Aceptaré doscientos mil ahora, y el resto cuando le dé la información que necesita. Y el único que está faroleando es usted; si tuviera una fuente mejor a la que acudir, no estaría aquí.

Hanley lo miró fijamente durante un buen rato.

– ¿Cuánto tiempo?

Nevins procuró ocultar su alivio.

– ¿Dos semanas?

– Tengo cinco días. Démela dentro de cinco días.

– Eso no es mucho tiempo.

Hanley sonrió sin ningún regocijo.

– Lo sé. Cinco días. -Se levantó-. Mañana tendrá depositados doscientos mil dólares en su cuenta bancaria. Si me falla, me disgustaré mucho, y mi jefe se pondrá aún más furioso. Y estoy seguro de que usted no quiere enfurecerlo, Nevins. -Se dio la vuelta y salió del bar.

Nevins respiró profundamente. ¡Joder!, estaba temblando. ¿En dónde se estaba metiendo? Kersoff había sido duro, pero se le antojaba que Hanley era un veneno de primera división. Todo saldría bien. Bueno, había faroleado un poco. Ya no tenía a Stolz en el bolsillo. Stolz había sido muy entrometido, y se le había ocurrido que Nevins lo estaba acechando. Quizá el dinero lo hiciera cambiar. El dinero lo podía todo. Pero en ese momento, una vez que había averiguado que podía sacarle más dinero a Hanley, lo quería todo para él.

Y el plan B era totalmente posible. Él era un tipo listo, y sabía la manera de acceder a los misterios del universo. O al menos de su universo.

Pero debía volver a Langley y ponerse ante su ordenador durante unas largas y productivas horas esa noche. Hanley no le había creído cuando le había dicho que era un gigante. Bueno, era verdad. Él haría que fuera verdad.

Oiga como rujo, Hanley.

Iban a salir juntos a pasear a caballo. Era la tercera mañana seguida.

Grace observó cómo Frankie y Kilmer se alejaban por el campo hacia las colinas. La niña se reía, y le hablaba a Kilmer, que la escuchaba con la silenciosa intensidad que lo caracterizaba.

Aislamiento.

Sacudió la cabeza e intentó deshacerse de aquella repentina y aplastante sensación de vacío. Otra cosa sería que no le hubiera dado permiso a Kilmer para que pasara algún tiempo con Frankie. Y había que suponer que, con cada ocasión que pasaran juntos, el aprecio que su hija sentiría hacía Kilmer iría en aumento. Él la había encandilado a ella misma a los veintitrés años.

Pero Grace lo había visto como a un héroe, como a un líder de hombres, inteligente y espabilado. Frankie lo estaba viendo sin adornos. Le gustaba el hombre, no el guerrero invencible, y la intimidad que estaba creciendo entre ellos era más poderosa por dejar al aire lo esencial.

– Parecen sentirse bien juntos, ¿no? -Grace se volvió y vio a Donavan, que estaba siendo sacado al porche en silla de ruedas por el doctor Krallon-. ¿Cuándo se lo vas a decir?

– Cállate, Donavan. -Grace se volvió hacia el doctor-. ¿Está seguro de que no debería volver a la cama? ¿Y preferiblemente amordazado con cinta adhesiva?

El médico sacudió la cabeza.

– Demasiado tarde. Está recuperándose bien. -Hizo una pausa-. Por eso me voy esta noche. Ya no me necesita. El señor Kilmer le va a asignar a otra persona para que lo ayude a moverse.

– Estoy segura de que se siente aliviado.

– Sí, como ya le dije, es un paciente muy malo. -El doctor sonrió a Donavan-. Pero me alegra ver que se recupera. Es un triunfo personal que haya salvado su indigno cuello.

– No es indigno -protestó Donavan-. Y debería estar contento de que le haya dado la oportunidad de practicar. Probablemente, lo necesitara.

– Qué ingratitud. -Krallon sacudió la cabeza-. Creo que iré adentro y me tomaré otra taza de café. ¿Quiere una, señora Archer?

Grace negó con la cabeza.

– Me encargaré de que Donavan esté bien atendido. Aunque él no lo esté, yo sí que le estoy muy agradecida. -Observó entrar al médico antes de volverse hacia su amigo-. ¿Vuelve a Marruecos?

Él negó con la cabeza.

– Demasiado peligroso para él. Y extraordinariamente peligroso para ti y Frankie. Kilmer lo llevará en avión a una cabaña cerca de Yellowstone hasta que la situación se tranquilice.

– ¿Y por qué no permite que se quede aquí?

– Kilmer no quiere recompensarle un favor poniendo su vida en peligro. Cuánto más lejos esté de nosotros, más seguro estará. -Donavan desvió la mirada hacia Kilmer y la niña-. Puede que a Frankie le gustara saber que él es su padre.

Grace negó con la cabeza.

Donavan se encogió de hombros.

– Bien, es cosa tuya.

– Sí, sí lo es. -Se esforzó en apartar la vista de su hija y Kilmer-. No me importa que se haga amiga de él, pero un padre es algo diferente. Nadie va a darle a Frankie grandes esperanzas de que Kilmer sea una parte permanente de su vida. No permitiré que le haga daño cuando desaparezca.

– ¿Te hizo daño a ti, Grace?

Ella no respondió.

– No esperaba nada de él. Fui yo la que se fue.

– Y él te siguió. No inmediatamente, pero cuando se enteró que lo necesitabas, allí estaba.

– Donavan, ¿por qué insistes?

– Kilmer es mi amigo. Estos últimos nueve años tampoco han sido fáciles para él. Nunca le he visto tan inquieto como el día que se enteró de que estabas embarazada. Pero hizo lo que tenía que hacer para protegeros a las dos, y algunas de las misiones que North le obligo a realizar fueron asquerosas. No las habría aceptado si no hubiera tenido que pensar en ti.

– ¿Intentas hacerme sentir culpable?

– ¡No!, estoy intentando hacerte ver que Kilmer se vio atrapado en la misma red que tú, y que no intentó cortarla para liberarse. Ahora sé un poco indulgente. Se lo merece.

– Estoy siendo indulgente con él. Le estoy dejando que esté con Frankie. Para ya, Donavan. O empujaré esa silla de ruedas desde el porche y contemplaré cómo te deslizas hasta el corral.

– Ah, eres una mujer dura, Grace. -Donavan inclinó la cabeza-. ¿Podría utilizar de nuevo la treta de la recaída?

– No.

– Entonces, supongo que debería cerrar la boca. Lástima. No acostumbro a soltar semejantes perlas de sabiduría. ¿Te importaría meterme en casa, o prefieres quedarte aquí fuera y disfrutar de tu cilicio?

– Donavan, no me estoy… -dijo entre dientes-. No me estoy torturando. Hago lo que es necesario. Para ya de hablar de Frankie.

– Oh, no estaba hablando de ella esta vez. Te observé anoche, cuando el bueno del doctor me bajó a cenar. Tú y Kilmer. Resultaba muy familiar. Me vino una imagen de hace nueve años. Pero quizá sea un poquito más fuerte ahora, ¿no?

¡Por Dios!, ¿había sido tan evidente?

– El cilicio, Grace… -masculló Donavan-. Puedo entender los motivos de que tuvierais algún conflicto por Frankie, pero ¿por qué negarse la diversión de…?

– Ya es suficiente. Le diré al doctor que te meta en casa. -Se dio media vuelta y entró.