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Cuando terminó con Montaigne empezó a leer a Ben Jonson, primero las obras familiares Volpone y La mujer silenciosa y El caso es alterado, luego los dramas negros y explosivos de los años tardíos, La feria de Bartholomew y La nueva posada y El Diablo es asno. Staunt siempre había sentido una afinidad para con los isabelinos, sobre todo con Jonson, ese hombre chisporroteante, chirriante, centelleante, cuyos tempestuosos dramas irregulares y grandes ardían con una intensidad de pesadilla que a Shakespeare, al poeta mayor, le parecía faltar. Como siempre se había prometido que haría, Staunt se hundió en Jonson, hasta que el sonido y el ritmo de los versos producían eco y se repetían en eco como truenos en su cerebro sobrecargado, y la textura de la mente de Jonson parecía incrustarse en la suya. La dama magnética, Los deleites de Cynthia, La conspiración de Catilina, ningún drama era demasiado oscuro, demasiado hermético para Staunt en su glotonería. Una tarde durante esos días se encontró haciendo una cosa inesperada. Del terminal de información pidió una copia impresa de las últimas páginas del primer acto de La nueva posada, con tres centímetros en blanco entre las líneas. En la cabeza de la página escribió con cuidado: La nueva posada, una ópera de Henry Staunt, del drama de Ben Jonson. Luego; mirando el largo discurso de Lovel, «Oh, ahí cuelga una historia, mi señor», Staunt empezó a escribir a lápiz las notaciones musicales bajo las palabras, con indiferencia al principio, luego con serio fervor repentino mientras se le ocurrían los contornos propios de la línea vocal. Al cabo de minutos había transformado el discurso en aria, e incluso, había garabateado en el margen unas notas preliminares en cuanto a la orquestación. El estilo de la música era extraño para él, una melodía parca, delgada y angular, de una complejidad espinosa y un sabor extrañamente arcaico. Era el tipo de música que pudiera haber escrito Alban Berg durante una larga visita al siglo XVII. No tenía mucho parecido con la música normal de Staunt. Mi estilo tardío, pensó. Probablemente era imposible cantar el aria. No importaba: así la evocó la musa. Fue la primera vez en años que Staunt componía sostenidamente. Miró asombrado el aria terminada, maravillado de que la música pudiera fluir de él así, surgiendo espontáneamente de la repleta fuente interior.

Por un instante sintió la tentación de meter lo que había compuesto en el sintetizador y recibir a cambio una orquestación aproximada. Oír el sonido de aquello con el barítono montando tensamente por encima de las cuerdas que bajan en picado, oírlo le podría llevar a componer la siguiente página de la partitura, y la siguiente y la siguiente. Se resistió. El mundo ya tenía bastantes óperas que nadie escuchaba. Meneando la cabeza, sonriendo tristemente, puso fecha a la página, la firmó con iniciales de la manera acostumbrada, anotó un número de opus —adivinándolo porque estaba lejos de sus manuscritos— y doblando la hoja la guardó entre sus papeles. Pero la música seguía desplegándose en su mente.

9

Durante su novena semana en la Casa de Realización, encontrándose varado en aguas estancadas, Staunt buscó al Dr. James y pidió la sacudida de la memoria. Parecía la única alternativa que le quedaba aparte de la Ida misma, y en estos días raras veces pasaba por su mente la idea de Irse. Había terminado la lectura de Jonson y el impulso de pedir otros libros no le había venido; echó una mirada de vez en cuando a la hoja de La nueva posada, pero no volvió a trabajar en ella; mantenía una actitud cautelosa y distante en sus conversaciones con Bollinger y con sus visitas infrecuentes; se daba cuenta de que se deslizaba casi imperceptiblemente hacia una pasividad de muerte, sin acercarse de veras a la salida. No podía regresar a su vida anterior y no podía rendirse e Ir. Posiblemente, la sacudida de la memoria le empujaría fuera del punto muerto.

—Harán falta seis horas para prepararle —dijo el Dr. James, su larga nariz crispándose de entusiasmo por el proyecto de Staunt—. Hay que aclarar el cerebro de todo producto de la fatiga, y el sistema nervioso autónomo necesita ajustarse. ¿Cuándo quiere empezar?

—Ahora —dijo Staunt.

Le limpiaron, le ajustaron, le llevaron a su apartamento, le acostaron y le enchufaron a su monitor metabólico.

—Si se sobreexcita —explicó el Dr. James—, el monitor ajustará, bajándola automáticamente, la intensidad del flujo emocional. —Staunt estaba dispuesto a arriesgarse con la intensidad de su flujo emocional, pero el médico insistió.

El monitor se quedó en su sitio.

—No es el dolor psíquico lo que nos preocupa —dijo el Dr. James—. Nunca hay nada de eso. Pero a veces —un exceso del amor recordado, ¿sabe?— un estallido de felicidad, hemos encontrado que podría ser demasiado.

Staunt asintió con la cabeza. No iba a discutir. El médico sacó una aguja hipodérmica y apretó el pico ultrasónico contra el brazo de Staunt. Brevemente Staunt se preguntó si todo esto era un engaño, si la droga le enviaría a la Ida en vez de hacerle viajar por su camino del tiempo, pero dejó a un lado la idea irracional, el pico hizo su breve son de zángano y el líquido oscuro misterioso saltó hacia sus venas.

10

Oye las últimas cuerdas estrepitosas de Las pruebas de Job y el telón, una cortina de densa luz purpúrea surge del suelo del escenario. Aplausos. Llamadas a escena para los cantantes. El director en la escena ahora, inclinándose, sonriendo. El director del coro, incluso. Cascadas de vítores. A su alrededor giran los centelleantes candelabros móviles del Teatro de la Ópera de Haifa. Alguien le grita al oído incomprensibles palabras jubilosas: la lengua es el hebreo, Staunt se da cuenta. Dice, sí, sí, muchísimas gracias. Quieren que se ponga de pie para aceptar los aplausos. Edith está sentada a su lado con las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes. Su mente produce la fecha: el 9 de septiembre de 1999.

—Déjales verte —Edith susurra en medio del tumulto.

Una mano le golpea el hombro. Unos ojos fogosos brillan en los suyos: Mannheim, el crítico.

—¡La ópera del siglo!, —grita.

Staunt hace un esfuerzo y se levanta. Están gritando su nombre. ¡Staunt! ¡Staunt! ¡Staunt! El público es suyo. Dos mil israelíes enloquecidos, suyos para mandar. ¿Qué va a decirles? ¡Sieg! ¡Heil! ¡Sieg! ¡Heil! ¡Heil Hitler! Le atraganta su propio horroroso chiste no expresado. Al fin no puede hacer más que saludar con la mano y sonreír tontamente y caerse en la silla. Edith le toca el brazo con cariño. Su novia radiante. Su noche de triunfo. Escribir siquiera una ópera en estos días es una tarea extraordinaria; gozar de un estreno como éste es la perfección. Ahora el público pide la repetición. El director en su lugar. El telón se esfuma. Job está solo en el escenario: es su escena final; la orgullosa voz de bajo gritando: «He aquí que soy vil», y la voz del Señor contestándole por mil altavoces, llenando el mundo entero con el sonido: «Atavíate ahora de majestad y de alteza.» Staunt llora al oír su propia música. Si vivo cien años, nunca me olvidaré de esta noche, se dice.