Выбрать главу

Staunt hizo un gesto de desagrado.

—Pensaría que podría ser una experiencia penosa. Inquietante. Deprimente.

—De ninguna manera. Nunca. Es la emoción recordada en estado sereno: las experiencias pueden haber sido penosas originalmente, pero la repetición de ellas nunca lo es. La sacudida permite que la persona se adecué a todo lo que ha sido y que ha hecho. He conocido a gente que pide Irse una hora después de salir de la sacudida, y no porque estuvieran deprimidos; simplemente querían despedirse en un momento culminante.

—Lo pensaré —dijo Staunt.

—Aparte de las cosas que he mencionado, su período de Despedida es completamente libre. Usted puede escribir el guión. Su familia vendrá a verle y sus amigos; creo que llegará a conocer a los otros que Parten; habrá fiestas de Despedida mientras uno por uno deciden Ir; y luego habrá ceremonias de Despedida para ellos y se Irán; y al fin, al cabo de un mes, seis meses, como quiera usted pedirá su propia fiesta de Despedida y ceremonia de Despedida, y por fin Irá. Sabe, señor Staunt, yo siento un gran regocijo aquí todos los días, trabajando con estas personas estupendas, los que Parten, ayudando a que sean bellas sus últimas semanas, observando la serenidad con que Van. Mi propia hora de Ir todavía está a noventa o cien años en el futuro, supongo, pero de alguna manera la espero con interés; siento una cierta impaciencia, sabiendo que las horas más felices de mi vida vendrán a la hora final. Ir cuando uno está con buena salud, pasar del mundo voluntariamente a un ambiente de paz y plenitud, saber que se corona una vida larga y de éxito con la obra más noble de todas: hacer girar la rueda, dar a los jóvenes la oportunidad de ocupar su sitio, ¡qué maravilloso es todo eso!

—Me gustaría —dijo Staunt— orquestar su aria. Trémolos rielados de las cuerdas —el lamento melancólico de los oboes, arpas, seis arpas haciendo sones celestiales— y luego un gran crescendo de trombones y cornos franceses y bajones, una especie de música de Valhala brotando...

Con gesto de confusión, el Dr. James dijo:

—Ya le he dicho, realmente no entiendo mucho de música.

—Perdóneme. No debo burlarme, no a mi edad. Estoy seguro de que es bello y maravilloso. Me siento muy feliz de estar aquí.

—Es un placer tenerle con nosotros —dijo el doctor James.

6

Staunt no se sentía con ánimo de cenar en el comedor comunal, había hecho un viaje largo cruzando varios husos horarios y su apetito estaba trastornado. Pidió una cena ligera, jugo, sopa y fruta que llegó casi al instante por un sistema de transportador subterráneo. Cenó parsimoniosamente. Antes de Irme, se prometió, comeré un bistec a la pimienta y caracoles y un curry de cordero y todas las otras cosas que nunca me gustaban mucho cuando era lo bastante joven como para digerirlas. James me ofrece la oportunidad, ¿por qué no aprovecharla? Llegaré a ser un gourmet pre-póstumo. Aunque me mate. Mejor Irme de esa manera que bebiendo ese brebaje o lo que sea que te dan al final.

Después de cenar preguntó dónde estaba Bollinger.

—El señor Bollinger se ha ido a casa —le dijeron a Staunt—. Pero estará de vuelta pasado mañana. Pasará tres días de la semana con usted mientras esté aquí.

Staunt suponía que era excesivo por su parte esperar que su Guía le dedicara todo su tiempo. Pero por lo menos Bollinger podría haberse quedado la primera noche. Salvo que la idea fuera hacer que el que Parte se adaptase sólo a la vida en la Casa de Despedida.

Jugaba con el terminal de información, probando sus recursos. Durante un rato se divirtió sacando música desconocida de la máquina: órgana medievales, sonatas de Hummel, ópera alemana del siglo XVIII, raras cosas electrónicas de mediados del siglo XX. Pero era imposible ganar la partida en ese juego; aparentemente si la música había sido grabada, la computadora tenía acceso a ella. Staunt pasó luego a libros, pidiendo Hobbes y Hallam, Montaigne y Jonson —no proyecciones sino ejemplares de impresión para su propio uso—, y al cabo de unos minutos las gavillas de folios frescos y claros empezaron a llegar por el mismo transportador que había traído la cena. Dejó los libros a un lado sin hojearlos. Tal vez unas llamadas telefónicas, pensó: a mi hija, quizá, o a un amigo o dos. Pero todo el mundo al que conocía parecía vivir en el Este o en Europa, y allí era alguna hora miserable de la madrugada. Staunt abandonó la idea de hablar con alguien. Cayó en un humor pesado como el plomo. ¿Por qué había venido a estos tres cuartitos de plástico en el desierto, abandonando su casa excelente y cuidada, sus tesoros de arte, sus cerezos silvestres, sus libros? ¿Entregándolo todo a cambio de esta estéril estación a medio camino en su viaje a la muerte? Podría llamar al Dr. James, supongo, y decirle que quiero Irme ahora mismo. Ahorrarle molestias al personal, ahorrarles algún dinero a los contribuyentes; ahorrar a la familia el fastidio de seguir los ritos de Despedida. ¿Cómo se hace la Ida realmente? Creía que era una droga. Algo dulce y agradable, y luego el cuerpo se duerme. Una muerte tranquila como la de Sócrates, sólo un leve frío subiendo rápido por las piernas hacia el corazón. Esta noche. Esta noche. Irse esta noche.

No.

Tengo que jugar el juego como es debido. Tengo que Irme con elegancia.

Recogió el terminal y dijo:

—Por favor, que alguien me lleve al centro de recreo.

La señorita Elliot, la enfermera, apareció como si hubiera estado guardada en una caja a la entrada de su apartamento. Hasta donde Staunt todavía tenía la capacidad de distinguir, ella era una chica guapa con pelo rubio, rolliza, con la piel fina y clara y los ojos azules grandes y luminosos; pero había algo distante e impersonal y mecánico en ella; casi podría ser un robot.

—¿El centro de recreo? Con mucho gusto, señor Staunt. —Le ofreció el brazo. Él hizo un gesto como para rechazarlo, pero luego, acordándose de su lucha anterior para caminar lo aceptó y se apoyó pesadamente contra ella mientras salían. Así acepto mi mortalidad. Así adelanto mi caída final.

Un ascensor-relámpago les llevó a una zona inmensa y brillantemente iluminada subterránea. Había una acera móvil; la señorita Elliot le guió para que pasara encima y la máquina les transportó unos cientos de metros hasta llegar a una plataforma giratoria que depositó a Staunt suavemente en el centro de recreo.

Era una sala bastante grande, dividida en el extremo opuesto, como una capilla, en varias salas pequeñas. Staunt vio pantallas, terminales de información, elementos de reproducción y otros equipos de entrada, todo aquello duplicando lo que tenía cada uno de los que Partían en su propio apartamento. Pero, por supuesto, aquí salían ellos de la soledad; será más consolador leer o escuchar en público, pensó. También había juegos de varios tipos adecuados para ancianos, nada que requiriera gran grado de vigor o coordinación: ajedrez aleatorio, poliritmadores, órbita-doble y cosas por el estilo. Nos deslizamos hacia la niñez en el camino a la tumba.

Habría unos cincuenta de los que Partían en el centro, calculó él. En su mayoría parecían tan viejos como los cuatro que le habían recibido del cóptero horas antes ese día; unos pocos, notó alarmado, parecían aún más viejos. Algunos parecían mucho más jóvenes, con sólo setenta u ochenta años. Staunt pensó al principio que quizá fueran Guías, pero luego vio en las caras una languidez plácida que era común a todos estos que Partían, una expresión de contento tedioso y sin inteligencia, de resignación, de muerte-en-vida. Evidentemente uno no tenía que estar agobiado por los años para sentirse listo para Ir.