– Bien -aplaudió Anita luego-, pero no luches con tanta lealtad. Conmigo es distinto. Pero si te enfrentas con un verdadero enemigo no luches con lealtad… De todas maneras estás aprendiendo mucho, Martín.
Escucharon el toque de corneta en la Batería y Martín dijo que iba a meterse en el agua un rato más y que ya pasaría a ver a Carlos por la tarde.
– Yo también me bañaré contigo, Martín. ¿Te imaginas al pobre Carlos, que no puede meterse en el mar?
Gracias a que Frufrú le baña con una esponja.
Anita hablaba como siempre, descuidadamente. Y aquello era lo que mortificaba a Martín, este descuido en las palabras de Anita que le sugerían el cuerpo de su amigo desnudo, manejado por las manos de Frufrú como el cuerpo de un bebé. Tampoco Carlos daba importancia a estos asuntos y él mismo le había contado a Martín este baño con esponjas, alabando a Frufrú y su cariño por él. Era terrible que Martín, tan limpio al jugar con Anita o con Carlos en la playa, se sonrojase como un tonto cuando se trataban cuestiones de éstas en que podía imaginar el desnudo completo de una persona.
– ¡Qué estarás pensando, martín pescador, con esa cara de malo y esas orejas coloradas!… A veces tienes cara de pensar en cosas interesantes y todo… ¿Se me ha llenado de arena la espalda? Claro, con la grasa tiene que pegarse la arena. Ahora me daré un baño. Chico, si tú me guardases bien, después me quitaría el bañador para tomar el sol… Tú vigilarías sin mirar, porque eres tan bueno que no mirarías…
– ¡No lo hagas!
– No lo voy a hacer, idiota… lo dije para ver cómo te pones colorado por estas tonterías.
Anita se echó a reír a carcajadas y Martín corrió al mar y se tiró de cabeza al agua. Por una parte, Anita y Carlos le producían una impresión de pureza y de inocencia que no había sentido jamás Martín delante de nadie. A principio de verano, para asombrarles, Martín les había contado algunos chistes de doble intención grosera y sexual que Martín conocía por sus amigos del instituto. Y Carlos y Anita casi no entendieron los chistes. Martín tuvo que explicárselos y a ellos no les hicieron gracia. Casi ni sonrieron. Y sin embargo en otras cosas, como en esta de la desnudez, a los dos les gustaba atormentar a Martín. Sobre todo a Anita le gustaba avergonzarle y reírse de él. Era distinta de todas las mujeres, no cabía duda alguna. No se podía imaginar a Anita interesada como se interesaba la pequeña Mari Tere por una conversación de señoras sobre noviazgos escandalosos o partos complicados. Sin embargo, era capaz de desnudarse por completo en la playa si él la provocaba a hacerlo. De eso estaba seguro. Y sólo de pensarlo tenía que hundir la cabeza debajo del agua para refrescarse, aunque Anita no le atraía. Pero la vergüenza que él sentía era algo aparte de cualquier atracción, y le parecía una vergüenza mala, sin motivo.
Anita apareció a su lado en el mar escupiéndole un chorro de agua en la cara y riéndose, como si adivinara sus pensamientos.
Aquella mañana no la olvidó Martín fácilmente. Hubiera sido como otra cualquiera del verano, se hubiera hundido entre la calina y el brillo de todos los días… Pero al llegar Martin a su casa se dio cuenta antes de entrar para subir a la azotea de que pasaba algo extraño en el jardín. En la parte de delante, junto a la entrada, estaban su padre, Adela y el asistente, hablando con excitación. Martín se acercó a ellos y vio en el suelo el cuerpo rígido de Lobo. Se acercó más dudando de lo que veía, pero no cabía duda de qué el cachorro estaba muerto y tieso.
Adela, al ver a Martín, le acusó con la mano extendida hacia él.
– Han sido éste y sus amigos, Eugenio. Son esos chicos del demonio los que han envenenado al perro.
Martín se había inclinado hacia el cadáver del animal y tenía tal asombro y desconsuelo en la cara que Eugenio no quiso ni oír a Adela.
– Calla, coño, que el chico está más disgustado que yo. Otra vez ha sido con carne llena de vidrios machacados. Hemos encontrado pedazos de carne junto al muro del inglés. ¿Estás seguro de que esos muchachos de ahí al lado no le tenían ojeriza al perro?
– Anita y Carlos querían a Lobo más que yo. Anita quería que se lo regalara.
– Pues no busques más, Eugenio. Son ellos. Lo han matado por envidia. ¡Para ellos estaba el perrito! El año pasado me rompieron mi frasco de perfume porque no se lo podían llevar; este año envenenan al perro.
– No -dijo Martín temblando-, no.
– Parece como si hubiesen echado la carne por encima del muro del inglés… -dijo el asistente.
– Meta usted al animal en un saco, Cirilo, y esta tarde lo entierra usted bien lejos de la casa. ¿Entendido? Como coja yo al que envenena los perros por aquí le doy un tiro, coño. Este invierno no estaban los chicos de al lado, Adela, y mataron al otro perro. No pueden ser esos chicos.
Martín quedó tan impresionado por la muerte de Lobo que nunca pudo olvidar aquella mañana y siempre unió en su imaginación esta muerte con aquel descubrimiento de la cara de Anita embadurnada de crema contra el sol y de sus bromas de mal gusto acerca de los desnudos. También quedó mezclado en su mente el recuerdo de aquella mañana con un hondo rencor y el juramento que se hizo a sí mismo de descubrir al envenenador de perros, quienquiera que fuese. Estaba seguro de que Anita y Carlos le ayudarían en esta búsqueda.
La tarde de aquel día no la pudo olvidar tampoco.
XIII
Los pedregales de color violeta, de color ocre, con los lejanos montes al fondo. La luz comiendo el reflejo de algunos caseríos, palmeras, cañaverales. Todo resultaba en un primer plano sin perspectiva en la tarde. Todo herido por la mordedura de la luz de verano.
Cirilo, el asistente que tenía aquel año el teniente Soto, resultaba también disminuido en la luz de la tarde, al cruzar la carretera con el saco y la azada al hombro. Desde las tapias de la finca del inglés se le unieron los dos chicos. Carlos con su brazo en cabestrillo y Martín. Desde un poco más lejos otra sombra, blanca y negra, cruzó la carretera y se fue acercando a ellos al comenzar los pedregales.
– ¿Has visto cómo viene Anita?
El comentario fue de Martín. Carlos se volvió a mirar, lo mismo que Cirilo. Cirilo acababa de dejar en el suelo el saco y la azada y en aquel descanso había sacado su petaca con tabaco y el librillo de papel de fumar para hacer un cigarro.
– ¡Caray con la chica! ¿Va de máscara?
– Ha cogido el velo de Carmen, el velo de viuda… Es el que yo te dije, Martín, que se ponía ella muchas veces delante del espejo.
Cirilo se reía.
– ¿Qué hay, maja? Mucho duelo por el perro, me parece.
Anita estaba muy seria. Por primera vez durante el tiempo en que Martín la conocía, los ojos de Anita tenían huellas de haber llorado.
Iba Anita con alpargatas, con su traje blanco, con el velo negro de gasa sobre los cabellos sueltos y con un puñado de flores amarillas, silvestres, en la mano. Y había llorado. Esto era lo asombroso: había llorado.
Cirilo el asistente se rascó la oreja.
– Chicos, hay cristianos a quienes se entierra con menos sentimiento. Y en estos tiempos en que la vida no vale nada… ¡mira que llorar por un perro y ponerse de luto! ¡Jesús!
Todo esto lo dijo el asistente en un lenguaje pintoresco, comiéndose la mitad de la terminación de las palabras. Anita le miraba tan seria que el hombre terminó por ponerse nervioso. También lo miraban serios Carlos y Martín.
– Chicos, ya no puede creer uno que seáis vosotros los que echasteis la carne envenenada por encima del muro.
– Alguien se mete en nuestra finca -Carlos dijo esto pensativamente y lo repitió en voz más alta-. Sí, alguien se mete en nuestra finca por las noches.
Cirilo le miró con curiosidad, aunque su mayor curiosidad iba dirigida a aquella chica del velo negro de gasa. El asistente había oído contar cosas muy pintorescas de Anita la de la finca del inglés, pero en aquel momento no sabía qué pensar de ella. En realidad le parecía loca y sin embargo no tenía ojos de loca, sino unos hermosos ojos llenos de fuerza y enrojecidos por haber llorado. Y un aire tal de autoridad, dentro de toda aquella tontería del disfraz del velo negro, que Cirilo estaba desconcertado. El muchacho aquel del brazo enyesado, había dicho que alguien se metía en la finca, con una seguridad que también resultaba extraña.
– Dicen que andan huidos por los alrededores del pueblo -explicó Cirilo al fin-. Pero no hacen nada. Sólo vienen a buscar comida. La guardia civil cogió a dos este invierno.