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Don Clemente estaba besando ahora las manos de Anita y luego los brazos de Anita. Un momento después don Clemente intentó arrastrar a su pareja hacia las sombras del pinar hablando con excitación. Martín sujetó a Carlos con más fuerza.

El hombre que observaba desde el pino se movió en su rama olvidando el instinto de conservación por otro instinto casi olvidado que le llenaba los ojos de viejas llamaradas y la boca de saliva. Oía lo que don Clemente estaba diciendo y su cara descubierta por la luna era una cara brutal y primitiva.

– Ven, ven, no seas tontuela… No te me escapes, no te voy a comer. Ven… ¿Por qué no quieres venir hacia los pinos?

Y luego:

– ¿Tienes miedo? En la sombra se está mejor. Ven, chatita, ¿no tienes confianza en mí?

Y después Anita le dijo algo en voz muy baja, ininteligible, mientras el hombre intentaba apretarse con ella. Don Clemente, al no poder arrastrarla hacia los pinos, terminó empujándola contra el muro y su sombra se fundió con la sombra de la muchacha. Anita gritó.

No era el grito que habían convenido. Pero gritó y los dos muchachos saltaron a la luz y empezaron a descargar golpes sobre don Clemente, un don Clemente aturdido, estupefacto, que apenas pudo defenderse. Un don Clemente que no hacía más que farfullar disculpas y explicaciones cuando Martín y Carlos le hicieron arrodillarse delante de Anita empujándole con todas sus fuerzas.

– ¡Chicos, estáis locos! Anita, diles tú… Pero, ¿qué hacéis? No pasa nada, hombres, no pasa nada.

Casi no tuvo tiempo de decirlo porque Anita le empezó a dar patadas al mismo tiempo que descargaba nerviosos puñetazos en su cabeza y Carlos le golpeó también mientras Martín le sujetaba con una dolorosa llave.

– ¡Coño! ¿Pero qué es esto? ¡Canallas! Os denuncio La guardia civil… ¡Os denuncio!

– ¡Denuncie usted, viejo verde! -dijo Carlos, jadeante-. Denuncie usted.

– ¡Haré que os echen por indeseables!

Carlos se reía desagradablemente y Anita se tiró a la cara de don Clemente y le arañó.

– Mala pécora…, una mala pécora…

Don Clemente hizo un esfuerzo por desprenderse de las manos de los chicos, pero Anita le dio un golpe bajo que le hizo encogerse, gimiendo, y Martín le soltó.

Martín sudaba. Murmuró: «Basta, basta. Somos tres contra uno».

– Ahora no es tan valiente el tío este como cuando me juntó los huesos sin anestesia.

Anita volvió a descargar su puño contra don Clemente y le amenazó:

– Quieto… Martín, pega tú también, cobarde.

– No hace falta pegar ahora.

– Ya le diré a tu padre, sinvergüenza.

Al tiempo de decir esto don Clemente se puso en pie con una fuerza que no sospechaban y dio un puñetazo en un ojo de Martín. Entonces la debilidad de Martín se borró. Una furia como jamás había sentido se apoderó de él y pegó ciegamente. Carlos también pegaba. Anita a espaldas de don Clemente pegaba, tiraba de sus cabellos y le sujetaba también. El médico quedó vencido, temblando de rabia, con la corbata torcida y los pelos revueltos. Consciente del ridículo que hacía, no se le ocurrió otra cosa que tantear las paredes como si se hubiera quedado ciego cuando le soltaron los chicos y alejarse así, mascullando amenazas y maldiciones.

– Ya no matarás más perros -jadeó Carlos.

Anita le miraba marchar y cuando le vio desaparecer en el pinar se sentó en tierra riendo como una loca. Carlos se echó a reír también.

Martín se tocó una ceja donde el anillo de don Clemente había hecho una pequeña cortadura que sangraba.

– Me hubiera gustado más una pelea de hombre a hombre.

– Claro, y te hubiera ganado el viejo ese… Veremos lo que le cuenta a su mujer de los arañazos que lleva en la cara. Le he clavado las uñas varias veces.

– Se ensució en los pantalones, Ana, seguro que se ensució el tío cochino.

Martín seguía tanteando en su ceja y los dedos manchados de sangre los limpió en la cal del muro.

– No sé. A mí me da pena ahora.

– La venganza es el placer de los dioses y no de los maitines pescadores… Yo estoy contenta, ah. Yo estoy contenta… Anda, sube a tu azotea, Martín, y duerme tranquilo. Carlos me acompañará. El viejo sucio ha pagado por todos. Por lo que ha dicho su mujer de mí, y por la bofetada que me dio; por el sadismo de la cura de Carlos y por la muerte de Lobo también. Ha pagado por todo. Estoy temblando de alegría.

Martín trepó por la pared sintiéndose muy débil.

Cuando llegó a su cuarto y se tumbó en su cama, una mezcla de orgullo y de amargura le llenaba al pensar en la pelea. No podía dormirse y la ceja le empezaba a doler.

Carlos y Anita cogidos de la mano pasaron bajo el pino grande y Anita levantó la cabeza para ver el cielo de la noche entre las ramas. En la gruesa rama de arriba no había nadie. El bosque estaba vacío de cualquier otra vida que no fuera la del sueño o el acecho de los pequeños animales y pájaros que lo poblaban. En la gruesa rama del pino grande quedaba una cicatriz, un pequeño arañazo en la corteza del lugar en que estuvo clavada la navaja.

Anita se apoyaba en su hermano. Temblaba y de cuando en cuando la sacudía una risa de satisfacción cuando el chico le decía que había estado magnífica. Carlos le había echado el brazo sobre el hombro apretándola contra él. Llegaron muy despacio a la puerta de la casa y Anita la empujó abriéndola sin ruido. Quedaron los dos quietos en la oscuridad del recibidor un momento. Un olor a raíces, llenaba la casa como si fuera un viejo invernadero. Los ronquidos intermitentes de Frufrú tranquilizaron a los hermanos. Anita apretaba una mano de Carlos entre las suyas y el chico la siguió hasta la alcoba. Ella cerró la puerta. Por la ventana entraba la gran luz de la luna cortada por la sombra de las rejas.

– Quédate un rato conmigo, Carlos.

Fue un cuchicheo muy tenue, el que Carlos asintió. Terminaron tendiéndose los dos sobre la cama de Anita sin quitar la colcha, cogidos de la mano.

– La alegría no nos deja dormir -dijo ella muy bajito.

Carlos trataba de escuchar. No oía más que los rumores de la noche allá fuera, en el bosque y luego la respiración de Anita que se fue haciendo fuerte y pausada junto a su hombro. Carlos también quedó dormido.

Y Martín sin dormir durante mucho tiempo. No sabía por qué se sentía tan triste de haber vencido en la lucha contra el médico. Quizá -pensó- tenía razón Anita al decir que él no era de la raza de los vencedores, sino de la de los esclavos.

XVI

La alcoba estaba oscura, íntima. La cuna de la niña junto a la gran cama matrimonial, las cortinas corridas sobre la ventana entornada, el olor de los cuerpos flotando en el aire cálido. Eugenio, a media voz para no despertar a la criatura, le explicó a Adela que el problema del asistente se iba a resolver en seguida, ya que al oficial sospechoso le habían concedido el traslado.

– ¿Y para qué quiero yo al asistente en casa? Los domingos te empeñarás en darle permiso, como siempre, y sólo hay cine los domingos por la noche. ¿Para qué lo quiero otros días durmiendo en casa? ¿Para ensuciar sábanas? Lo que tengo que coger es una criada desde que nazca el niño. Y antes también. Claro que como vendrá mamá como el año pasado, mientras esté ella no hace falta y si tú no trajeses los veranos a Martín otro gallo nos cantaría. Mi mamá viene cargada de regalos y no es gravosa, pero ése se nos come todo lo que tenemos en la despensa y más si le dejamos.

– Coño, es mi hijo. Si no tuviera los abuelos tendrías que aguantarte con él invierno y verano. Poco te estorba a ti el chaval. Todo el día está corriendo por el campo con sus amigos.

– A ver si te da un disgusto con la sinvergüenza de la niña esa, que tú eres muy cándido, Eugenio.

– Yo no tengo por qué llevarme disgustos. Si fuera una mujer.. Pero es un hombre, Adela. Los hombres son libres. Si la chica se deja manosear, mejor para él, coño.

– Tú le estás malcriando. Yo no me quiero meter, pero aunque te dije treinta veces que se escapó anoche de casa, ni le reñiste ni le diste una buena bofetada. Es que no le dijiste nada, y como si no me creyeses. Y yo no soy idiota para no saber que se marchó. Se acostó bueno y sano y amaneció con un ojo negro y una herida en la ceja. El idiota cree que estamos tan convencidos de que se hizo eso durmiendo.