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Pero esa mañana no andaba buscando fugaces atisbos de la casa, revolcándose en fragmentos de nostalgia con la esperanza de poder arañar más recuerdos. Su sueño había guardado relación con el árbol que llevaba su nombre. Aldous ya lo había visto lo bastante a menudo desde su regreso, a lo lejos, y más recientemente muy cerca, espiando a través de los arbustos que crecían a lo largo del camino de acceso. A pesar de ello, ahora que tenía una ligera idea del papel que había desempeñado el árbol ese último día, necesitaba volver a verlo.

Por mucho que se pusiera de puntillas y estirara el cuello, era muy poco lo que podía ver del roble desde el cementerio, no obstante. Había demasiadas otras cosas que se interponían entre él y el árbol. Un manzano ocultaba parcialmente el muro. Las manzanas eran pequeñas, todavía no maduras y salpicadas de rocío. Aldous arrancó urta de la rama y la limpió frotándosela en la manga, al tiempo que reflexionaba en que cuando él vivía en Withern había un cobertizo de madera allí, pegado al muro. Entonces, de pronto, se acordó del jardinero y de que éste le mostraba el interior del cobertizo como si fuera el escondite de un tesoro secreto. Allí dentro estaba oscuro, con un intenso olor a moho y tierra, y había telarañas, y macetas de todos los tamaños, y una enorme regadera, y azadones y rastrillos y horcas de jardinería. También recordaba -¡de todas las cosas posibles!- que el coadjutor de la iglesia se había quejado de que el cobertizo quedaba horrible visto desde el cementerio. Finalmente alguien en la casa tuvo que tomar nota de ello y había hecho que lo quitaran, después de lo cual había mandado plantar el manzano allí.

Mordió la manzana. Estaba fría y crujiente, aunque no del todo madura, pero aquel sabor le recordó el de otra manzana, otro día. Rememoró una tarde, cuando tenía nueve o diez años, en la que él y unos cuantos amigos habían asustado a algunas de las reses en Cow Common, aplastado luego la cabeza de un conejo con una piedra en el Coneygeare y, para poner punto final a un buen día, habían entrado por la brecha que había en el seto de la señora Kellaway y arrancado manzanas de su árbol. Mordieron una manzana tras otra y escupieron los bocados, con la esperanza de que ella los vería desde la casa, cosa que hizo. Y de la casa salió, blandiendo un rodillo de amasar y llamándolos de todo. Corrieron como almas que lleva el diablo al tiempo que le tiraban manzanas. Mientras corrían Aldous mordió una, con ganas; le pareció que sabía raro y se detuvo a mirarla. Su mordisco había partido por la mitad a un gusano, y la mitad que quedaba en la manzana aún se retorcía. Entonces la señora Kellaway alcanzó a Aldous y empezó a atizarle con el rodillo de amasar. Él puso pies en polvorosa y logró huir con unos cuantos morados, pero pudo sentir el sabor de aquel gusano durante el resto del día; de hecho, tuvo que transcurrir casi un año antes de que pudiera decidirse a morder otra manzana.

Aldous se apartó del muro y sus ojos se posaron en la única lápida que nunca podría pasar por alto. Se sabía de memoria la inscripción y las fechas, a pesar de que Alexandra Underwood había vivido toda su vida en ausencia de él. Pero esta vez encontró el epitafio cambiado. Era el otro. La manzana que todavía no había madurado se le escurrió de entre los dedos mientras leía lasfamiliares palabras y fechas.

ALDOUS UNDERWOOD

amado hijo y hermano 1934-1945

Había vuelto a suceder. Cuándo, no tenía ni idea. De todos modos, eso no importaba. No realmente.

Viernes:4

Naia abrigaba la esperanza de que no encontraría a nadie con quien hubiera de hablar. Tenía el mal aliento habitual de las mañanas, y ni un caramelo de menta en el bolsillo. Pero parecía estar sola en el mundo: una bendición de aquella hora temprana. Seguía sin haber ni rastro del anciano, y eso a Naia le pareció preocupante, habida cuenta del plan de inspeccionar su hábitat que se había trazado. Él podía sorprenderla cuando estuviera husmeando por allí. De hecho, aunque ninguno de ellos lo sabía, Naia había salido de Withern por la puerta principal justo cuando Aldous pasaba por ella. Ninguno de los dos reparó en la presencia del otro porque él había entrado en una realidad vecina media docena de pasos atrás, mientras pensaba en el sueño de la noche anterior.

Naia fue por la orilla; calculó que el agua estaba al menos diez centímetros más baja que la última vez que había pasado por allí. Tras cruzar el puente largo, echó a andar por la otra orilla y llegó a los primeros árboles de ramas medio deshojadas; una vez allí, titubeó como si se hallara ante una puerta.

– ¿Hola? -exclamó.

Nadie le respondió, aunque eso no significaba gran cosa. Él podía haber regresado mientras Naia iba desde la casa hasta la verja. Sin embargo, decidió arriesgarse.

Sólo se podía entrar allí agachándose hasta casi tocar el suelo, y atravesar la espesura requería un considerable esfuerzo para evitar el complejo entrelazado de ramas, espinas y tallos que intentaban atraparla o herirla a cada paso del camino. El terreno se hallaba inundado incluso allí, un riesgo adicional del que Naia habría podido prescindir. Mientras se agachaba y sorteaba los obstáculos, al tiempo que recibía pinchazos desde todos los lados y el agua se agitaba ruidosamente alrededor de sus botas, de pronto reparó en el canto de los pájaros. Sin embargo, desde aquella posición y tan incómodamente agachada como estaba, Naia no pudo ver ni un solo pájaro, a pesar de que sonaba como si allí dentro hubiera docenas de ellos. Un instante después hubo terminado de pasar, y se incorporó dentro del pequeño claro que Aldous había convertido en su hogar.

Los pájaros dejaron de cantar.

Viernes: 5

Aldous las llamaba «otras vidas». Había tres en total, aparte de la suya. Nunca había sido su intención entrar en ellas: simplemente sucedía, por lo general cuando estaba distraído o soñaba despierto, o se sentía un poco cansado. Un anochecer volvía al bosquecillo como de costumbre y se encontró con que todo rastro de su presencia había desaparecido, hasta la hamaca. Lo primero que pensó fue que algún visitante hostil había sacado todas sus cosas de allí, pero entonces comprendió que en algún momento de los últimos minutos había entrado en una de las otras vidas. No había manera de saber cuándo sucedería. Nunca había ninguna advertencia. El otro día, por ejemplo. El primer día después de que hubiera dejado de llover. ¿Domingo? ¿Lunes? No estaba seguro. Para él los días siempre eran muy similares. Estuvo dando una vuelta alrededor del pueblo, y pasaba por delante de la iglesia cuando sintió la leve sacudida en la boca del estómago que le decía (cuando estaba prestando atención) que había pasado al otro lado. Había tan pocas diferencias en lo que le rodeaba que siguió caminando en la misma dirección. En cuestión de minutos o una hora -no había ninguna duración claramente definida- volvería al sitio al cual pertenecía, así que, ya puestos, tanto daba que siguiera su camino.

Había entrado en el Coneygeare y estaba dejando atrás aquel feo edificio cuadrado con los ridículos balconcitos, los pisos para las personas mayores, cuando vio a unos chicos que estaban haciendo travesuras cerca del puente que planeaba cruzar. Mientras empezaba a subir por él creyó reconocer a uno de ellos, aunque no habría podido decir de dónde. Unos segundos después volvió a suceder. Levantó el pie y cuando lo bajó se hallaba en el mismo puente de su propia vida, y los chicos habían desaparecido.

Nunca había demasiadas posibilidades de confundir las vidas, aunque a veces se veía engañado por un minuto, como el día en que el señor Knight le contó que Eric Hobb había llegado a viejo. Una puerta roja en una casa en una vida podía ser azul en las otras. Unos trabajadores podían estar poniendo ventanas nuevas en un bungalow en tres vidas pero no en la cuarta. Y las personas, que unas veces lo conocían y otras no, porque en la última ocasión se había encontrado con una versión distinta de ellas. No le gustaba hablar con nadie a menos que le dirigieran la palabra. No era tan atrevido, no estaba tan seguro de sí mismo. Hablar con los adultos suponía un gran esfuerzo para él. La mitad del tiempo no tenía ni idea de qué era lo que le estaban diciendo. De hecho, más de la mitad.