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Aunque ausente, sus pensamientos tocaron brevemente la cuestión de si pensar eróticamente en una mujer con impermeable y botas de montaña sería una conducta sexual perversa. Denzil contempló a la pareja por la ventanilla del coche: ninguno de los dos sonreía, ni daba la impresión de estar de vacaciones o paseando tranquilamente. Quizás eran un par de esos altos ejecutivos de la City de los que se hablaba a veces, gente que nunca conseguía relajarse del todo y que, incluso lejos del trabajo -hasta en la empapada East Anglia-, sentían la necesidad de emprender una actividad rigurosa y competitiva.

Vio que la mujer era bastante atractiva en cierto sentido natural y nada artificioso. Lo único que le faltaba era una sonrisa en el rostro. Supuso que la respuesta a la pregunta sobre la perversión era que estás perfectamente sano hasta que necesitas vestir a una mujer con ropa amplia e impermeable para que te excite. Entonces sí, entonces tienes un problema.

Un coche tras él tocó repetidamente el claxon y Denzil se dio cuenta de que el tractor por fin había conseguido llevar su carga hasta el campo y que la carretera estaba despejada. Encendió el Honda, pisó el acelerador y no tardó en olvidar a la pareja de excursionistas.

26

– Cuénteme -pidió Liz, cuando Goss y ella se sentaron nuevamente a una mesa del Trafalgar.

– Si hemos de juzgar por las pruebas que nos aporta esa cinta, diría que seguimos a oscuras. Creo que Ray Gunter era una de las dos personas que iban en la cabina del camión, y creo que siguió a quienquiera que fuera que salió de la caja hasta los lavabos donde lo mataron. La pregunta es: ¿quién viajaba en la caja del camión? Don Whitten cree que se trataba de una operación de contrabando de inmigrantes y que el asesino de Gunter formaba parte del cargamento, pero no tenemos ninguna prueba concluyente que apoye esa teoría. En las cajas de los camiones pueden viajar toda clase de personas, desde amigos de los conductores hasta autostopistas, y la mayoría de los contrabandistas de ilegales los cargan en el punto de desembarco y los llevan hasta su destino sin soltarlos uno a uno en áreas de descanso rurales para que sean recogidos por utilitarios.

– A mí me dio la impresión de que el coche tenía puerta trasera -apuntó Liz.

Se sentía culpable por no explicarle al agente del Cuerpo Especial todo lo que había averiguado sobre «Mitch», Peregrine Lakeby y las llamadas de Zander, pero hasta que hablase con Frankie Ferris -lo que haría esa misma tarde- no tenía sentido compartir sus descubrimientos. Lo que pasó, ahora estaba casi segura, era que una operación de entrada de ilegales organizada por Melvin Eastman había servido de excusa para trasladar a un individuo concreto hasta el Reino Unido, alguien que por alguna razón no podía arriesgarse a entrar con un pasaporte falso. Que Eastman despotricase contra los paquis y los moros sugería que la persona en cuestión era de origen islámico. Y suponiendo que ése fuera el caso, el uso de una pistola PSS sugería un operativo especial. Lo mirases como lo mirases, el asunto era preocupante.

– Dos de bacalao con patatas -anunció Cherisse Hogan, dejando grandes platos ovalados frente a ellos y volviendo poco después con un bol lleno de bolsitas de salsa.

– Odio estas malditas cosas -maldijo Goss, intentando rasgar una con sus largos dedos, hasta que más o menos le explotó en las manos. Liz miró sus maniobras sin hacer comentarios hasta que, sacando unas tijeras de su bolso, cortó limpiamente una esquina de la bolsita de salsa tártara y la vació a un lado del plato.

– Entendido -dijo Goss, limpiándose de salsa-. Sesos de mosquito contra chica previsora.

– No pretendía sugerir nada parecido -aseguró Liz, pasándole las tijeras.

Comieron durante unos minutos en amigable silencio.

– Uno a cero a favor de los bares de Norwich -dijo por fin Goss-. ¿Cómo está tu pescado?

– Bueno. Me preguntaba si será uno de los que pescó Gunter.

– De ser así, ha obtenido su venganza -dijo una voz familiar.

Ella alzó la mirada. Bruno Mackay se hallaba de pie junto a su hombro, con las llaves de su coche en la mano. Llevaba una cazadora de cuero marrón y un ordenador portátil en su funda colgando del hombro.

– Liz -saludó él, extendiendo la mano.

Ella la estrechó forzando una sonrisa. ¿Significaba su presencia allí lo que ella suponía? Desvió la mirada hacia Goss, que la observaba con actitud interrogante.

– Eh… Bruno Mackay, Steve Goss del Cuerpo Especial de Norfolk -presentó finalmente.

Goss asintió, dejó su tenedor y extendió la mano. Bruno se la estrechó.

– Me han pedido que venga y comparta la presión -explicó con una sonrisa-. Un poco de ayuda nunca sobra.

Liz se obligó a sonreír de nuevo.

– Bueno, como puedes ver, la presión todavía no es insoportable. ¿Has comido?

– No, y estoy desfallecido. Iré a pedirle algo a ese bombón. ¿Os importa…? -Dejó las llaves sobre la mesa, se dirigió a la barra y no tardó en intercambiar cuchicheos con Cherisse.

– Algo me dice que te han hecho la puñeta -susurró Goss.

Liz vació su rostro de toda expresión.

– No; es que apagué mi teléfono. Obviamente, no he podido enterarme del mensaje donde me advertían que llegaba Bruno.

– ¿Os llevo algo? -gritó Bruno alegremente desde la barra.

Liz y Goss negaron con la cabeza. Ella notó con irritación que los ojos de Cherisse brillaban. Mackay, entretanto, parecía estar en su ambiente.

– Tu amigo tiene personalidad, ¿eh? -señaló Goss con sequedad.

– Puedes jurarlo -confirmó Liz.

El resto de la comida fue palpablemente tensa. Tenían demasiados oídos atentos en las mesas cercanas para poder discutir nada sobre el caso, así que Mackay se limitó a preguntarle a Goss por las atracciones de la zona, tratándolo, pensó Liz, como si fuera un mero representante del comité turístico de Norfolk.

– Así pues, suponiendo que estuviera interesado en una casita para pasar los fines de semana, ¿adónde debería dirigirme? -preguntó Mackay, guardándose la tarjeta de crédito con la que acababa de pagar, con despreocupada caballerosidad, la cuenta de los tres.

Goss lo miró a los ojos.

– Quizás a Burnham Market -sugirió-. Es muy popular entre los compradores de Range Rovers.

– ¡Oh! -exclamó Mackay, haciendo una exhibición de sus antinaturales dientes blancos-. Eso me ha colocado en mi lugar y lo tengo merecido. -Se levantó y recuperó las llaves de su coche-. Liz, ¿podría secuestrarte una hora o dos?

– He de estar en Norwich a las dos en punto, así que tengo que ponerme en marcha -señaló Goss. Le dedicó a Liz el fantasma de un guiño y alargó la mano a Mackay-. Gracias por la invitación. La próxima vez me toca a mí.

– Encantado -respondió Mackay.

– Excúsame un minuto -le dijo Liz a Mackay cuando Goss ya había salido del bar-. Vuelvo enseguida.

Llamó a Wetherby desde el teléfono público de la calle. El descolgó al segundo tono y por su voz parecía muy cansado.

– ¿Qué significa esto? -le espetó sin más.

– Lo siento -se disculpó su jefe-, tendrás que soportar a Mackay. No he tenido elección.

– ¿Fane?

– Exacto. Quiere a su hombre ahí. De hecho, insistió en que estuviera y tiene todo el derecho.

– ¿Total cooperación? ¿Total intercambio de información?

Una breve pausa.

– Ése es el acuerdo entre nuestros respectivos servicios.

– Comprendo.

– Que sude -sugirió Wetherby-. Que se lo tenga que ganar.