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– Me encargaré de eso. ¿Se quedará hasta el final?

– Cuanto sea necesario. Mackay informa directamente a Fane, igual que tú me informas a mí.

– De acuerdo. Tengo que encontrarme con Zander esta noche. Lo llamaré después.

– Hazlo. Y lleva a nuestro mutuo amigo a la entrevista.

Liz escuchó cómo colgaba y se quedó un segundo contemplando el auricular. Normalmente, los agentes sólo eran tutelados por un supervisor a la vez, pero… Devolvió el aparato a su horquilla encogiéndose de hombros. Siendo estrictos, Zander tampoco era su agente, sino del Cuerpo Especial. Y leyendo entre líneas -interpretando las pausas entre palabras de Wetherby-, sabía que su jefe quería que siguiera con su propio juego al margen de las reglas. Al mismo tiempo, no se hacía ilusiones de que Mackay compartiera con ella todo lo que supieran sus servicios o él. También jugarían su propio juego. Por esa razón, tenía sentido que fuera él quien comenzara a compartir información.

– Mi habitación se llama «Victoria» -bromeó Mackay cuando ella volvió al bar-. Supuse que te gustaría saberlo.

– Fascinante. ¿Ya te has inscrito?

– Sí. Con la señorita Bombón.

– Espero que no juegues con ella. Es una fuente de información potencialmente útil y me gustaría tenerla de nuestro lado.

– No te preocupes, no pienso asustarla. De hecho, tengo la sensación de que no me resultaría fácil.

– ¿Ya le has echado el anzuelo?

– No me refería a eso. Quería decir que no da la impresión de ser una chica que se amedrente con facilidad.

– Ya. ¿Quieres que caminemos un poco mientras te pongo al día o subimos? En otras palabras, ¿brisa marina o chimenea de gas?

– Brisa marina. Sospecho que hoy no es la primera vez que utilizaban el aceite con que han cocinado la comida. Me irá bien tomar un poco de aire.

Caminaron hacia el este hasta Creake Manor, donde Liz le habló de su reconocimiento inicial del pueblo y sus cálculos respecto al club de vela. Tras pasar la mansión dieron media vuelta y se dirigieron a Headland Hall, que Mackay estudió con interés.

Ella le informó de las llamadas de Zander y de las conclusiones que había sacado de la munición antiblindaje, de los interrogatorios a Cherisse Hogan y Peregrine Lakeby, de su convencimiento de que el conductor del camión del que se bajó Ray Gunter era Mitch, de su esperanza de que éste fuera un socio de Melvin Eastman, y de que Zander sería capaz de identificarlo.

– Y si consigues identificar al tal Mitch, ¿qué harás? -preguntó Mackay.

– Se lo entregaré a la policía para que lo interrogue.

Mackay frunció los labios y asintió lentamente.

– ¿Y Lakeby? ¿También vas a entregarlo?

– ¿Para qué? Sólo podemos relacionarlo con Mitch, con nadie más. Una vez tengamos a Mitch y le hagamos hablar, ya no necesitaremos a Peregrine Lakeby.

– ¿Crees que sabía lo que estaban desembarcando en su playa?

– No creo que lo supiera. Se limitaba a coger el dinero y no pensar en eso. Prefería pensar que se trataba de honrados contrabandistas que se limitaban a descargar unas cuantas cajas de bebida y tabaco. Puede ser un esnob, pero no lo veo en el papel de traidor. Creo que sólo es alguien que descubrió, a su pesar, que cuando aceptas dinero de los malos, la vela sólo te impulsa en una dirección.

– ¿Qué clase de dulces te gustan? -preguntó Mackay tras una docena de pasos.

– ¿Dulces?

El sonrió.

– No puedes pasear por la orilla del mar en Inglaterra sin un cucurucho lleno de algo azucarado y colorido. Preferiblemente, un cucurucho con una cucharilla de plástico.

– ¿Es la política oficial del MI6?

– Absolutamente. Vamos a ver qué nos ofrecen las tiendas de este pueblo.

Dentro de una tiendecita, una mujer con bata de nailon azul ordenaba ejemplares del Sun y el Daily Express. Al fondo del local podían verse juguetes de plástico, revistas de punto y ganchillo y estantes llenos de polvorientas jarras repletas de golosinas.

– ¡Platillos volantes! -oyó Liz que exclamaba Mackay con reverente incredulidad ante las golosinas-. No los había visto desde… ¡y corazones enamorados!

– Como quieras -invitó Liz-. Creo que ya he tenido bastante con el pescado y las patatas fritas.

– Oh, vamos -protestó Mackay-. Al menos, déjame comprarte esas barras de regaliz rellenas de licor. Te dejan la lengua completamente negra.

Liz no pudo contener la risa.

– Realmente sabes cómo llegar al corazón de una mujer, ¿eh?

– ¿Rompemandíbulas?

– ¡No!

Al final, salieron de la tienda con una bolsa de platillos volantes.

– Cuando iba al colegio -dijo Mackay mientras el timbre de la puerta resonaba a su espalda-, solía vaciar el relleno y lo vendía a cinco libras la bolsa. No hay nada más bonito que un grupo de alumnos de una escuela pública echando sorbete de limón por la nariz e intentando convencerse a sí mismos de que están completamente pirados. -Le pasó la bolsa a Liz-. ¿Qué crees que planea nuestro hombre?

– ¿Nuestro hombre?

– Nuestro asesino. ¿Crees que se ha metido en tantos líos como para llegar a esta encrucijada?

Wetherby y ella habían discutido ese punto la noche anterior, pero sin llegar a ninguna conclusión.

– Quizá prepare algo espectacular -especuló al azar-. Hay bases norteamericanas en Marwell, Mildenhall y Lakenheath, pero su estado de alerta es máximo y serían un objetivo muy difícil para un solo hombre, incluso para un equipo pequeño. Está la central nuclear de Sizewell, supongo, y la catedral de Ely, y varios edificios públicos importantes, pero también andan muy protegidos. Veo más factible la posibilidad de un asesinato. El Lord Canciller tiene una casa en Aldeburgh, el secretario del Tesoro tiene otra en Thorpeness, y el director del Ministerio de Industria y Comercio en Sheringham… No son objetivos de primer orden, internacionalmente hablando, pero si le metieran una bala en la cabeza a uno de ellos conseguirían unos buenos titulares.

– ¿Han sido avisados? -se interesó Mackay.

– En términos generales, sí. Se les ha dicho que redoblen las precauciones.

– Y la reina estará en Sandringham por Navidad, supongo.

– Sí, pero estamos en las mismas. No podría acercarse a ella con ninguna clase de arma. La seguridad es tan tirante como la piel de un tambor.

Mackay se metió el platillo volante en la boca.

– Creo que será mejor que volvamos y veamos lo que nos falta por revisar. ¿A qué hora tenemos que ir a Braintree?

– Antes de las cinco.

– Bien. Volvamos al Trafalgar y pidámosle una cafetera llena a la adorable Cherisse. Estudiaremos unos cuantos mapas topográficos e intentaremos meternos en la mente de ese hombre.

27

– Éste es un país extraño -comentó Faraj Mansoor, eyectando el cargador de cinco balas de la PSS en la palma de su mano y dejándolo con cuidado sobre la mesa-. Muy distinto a como me lo imaginaba.

La mujer que adoptara el nombre de Lucy Wharmby estaba pelando patatas, manejando el cuchillo con rápidos y eficientes cortes, de manera que las mondas cayeran en su mano izquierda.

– No todo el país es así. No todo es tan expuesto y deprimente…

Él esperó que terminase la frase. Fuera, el sol todavía lanzaba tímidos rayos sobre el mar, pero el viento azotaba las crestas de las olas, convirtiéndolas en fino polvo de espuma.

– Creo que el país hace a las personas -sentenció Mansoor, revisando el mecanismo de retroceso de la PSS antes de volver a colocar el cargador-. Y creo que ahora, después de conocer el país, comprendo mejor a los británicos.

– Es un país frío -reconoció la chica-. Pasé mi infancia en un piso frío de paredes delgadas como el papel, oyendo discutir a mis padres.

Se guardó la pistola y apretó su cinturón.