Ella no apartó los ojos de la rampa.
– Mira, Liz, sé que estás molesta por haberme metido en tu caso, sobre todo porque hasta ahora has tenido que hacer todo el trabajo de campo. Lo comprendo, de verdad. Pero, en el fondo, ambos buscamos lo mismo, atrapar a ese bastardo antes de que mate a más gente, ¿de acuerdo?
Liz inspiró hondo.
– Aclaremos las cosas. Si vamos a trabajar juntos, establezcamos unas cuantas reglas. Y la primera es que utilizaremos el material adecuado, nada de armas de vaquero. Has arriesgado la vida de mi agente con eso, por no decir toda la operación.
Mackay iba a replicar, pero ella lo cortó antes de que emitiera la primera palabra.
– Si el caso termina con un arresto y resulta que hemos quebrantado la ley, el abogado defensor saltará de alegría. Estamos en Inglaterra, no en Islamabad, ¿vale?
Mackay se encogió de hombros.
– Zander puede darse por muerto, y tú lo sabes. Crees que Bob Morrison informa a Eastman, ¿verdad?
– ¿Tú también lo has deducido?
– Me preguntaba por qué insistías en hablar con Zander para identificar a Mitch, cuando era mucho más fácil acudir al Cuerpo Especial de Essex. Pero te preocupaba que Morrison pudiera avisar a Eastman y entonces Mitch desapareciera.
– Era una posibilidad -admitió Liz-. Quizás un uno por ciento únicamente, no tengo ninguna prueba contra Morrison, ninguna. Es puro instinto.
– ¿Podemos compartir las conclusiones de tu instinto en el futuro?
– Veamos cómo va todo, ¿de acuerdo? -Soltando una mano del volante, buscó en su bolsillo la bolsita de papel que le había dado Frankie Ferris y se la alargó a Mackay-. Zander estaba muy nervioso, me hizo fingir que era una compradora de droga, así que debe de sospechar que Eastman puede estar vigilándolo. Échale un vistazo a esto.
– Son Smarties -exclamó Mackay alborozado-. ¡Me encantan!
29
Cuando Kieran Mitchell llegó al Brentwood Sporting Club, sabía que acababa de disfrutar de su última tarde en libertad por mucho tiempo. Su esposa Debbie, frenética de preocupación y vodka Stolichnaya, lo había llamado para decirle que la policía había entrado en su local de Chelmsford y que los mensajes de voz, de al menos media docena de contactos en pubs y clubs, se almacenaban en los diversos teléfonos móviles que tenía en casa. Lo buscaban metódicamente, eliminando sus escondrijos uno por uno. Sólo era cuestión de tiempo.
Miró alrededor, su entorno familiar, los clientes que llenaban las banquetas forradas de cuero rojo, las crupiers de uniforme rojo, el humo de los cigarrillos atrapado bajo las pantallas de luz, las mesas de blackjack, e intentó grabar todos los detalles en su memoria. Los necesitaría durante los próximos meses. Irónicamente, alzó su vaso de Johnny Walker Etiqueta Negra para brindar con su propio reflejo en el espejo detrás de la barra. Era un cabrón hijo de puta, sí -siempre lo había sido-, pero también un hombre que sabía mantenerse firme cuando la situación lo requería.
– ¿Estás solo, cariño?
La mujer tendría probablemente unos cuarenta años, mechas rubias, top brillante y ojos desesperados. En todos los casinos pululaban ejemplares como aquél, habían perdido hasta el último penique ahorrado durante vete a saber cuántos años y ahora revoloteaban alrededor de los clientes masculinos como si fueran peces-piloto. Mitchell sabía que, por un puñado de fichas, podía llevársela al coche por un cuarto de hora. Pero esa noche no estaba de humor.
– Estoy esperando a alguien -le dijo-. Lo siento.
– ¿Alguien simpático?
El rió sin responder, y al final ella se alejó. Desde el instante en que entrara en los lavabos del Fairmile y viese el cuerpo de Ray Gunter desplomado sobre el suelo, sabía que su negocio de contrabando de ilegales se había ido a tomar viento. La policía no tenía elección; esta vez se verían presionados para llegar hasta el final, donde fuera que los condujera el rastro. Y el rastro, por supuesto, los conduciría hasta él. Lo habían visto muchas veces con Gunter y era un socio conocido de Melvin Eastman… Bebió un largo trago de whisky y volvió a llenar el vaso de su botella. Estaba jodido.
¿En qué diablos estaba pensando Eastman para meterse en la cama con los boches? Antes de que ellos intervinieran, traían ilegales a través de La Caravana, un negocio tranquilo que funcionaba de maravilla. Asiáticos, africanos, chicas albanesas y kosovares, todos adecuadamente temerosos y respetuosos. Ningún problema, ninguna discusión y todo el mundo contento.
En cuanto se enteró de que transportaban aquel paqui, sabía que acabarían teniendo problemas. Un viaje difícil solía dejarlos agotados y suaves como la seda, pero a ése no. Ése era un psicópata, un fanático realmente duro. Mitchell sacudió la cabeza. Tenía que haberlo ahogado mientras tuvo oportunidad. Un codazo, y ahí va por encima de la borda con mochila y todo. Según decían, la mayoría de los asiáticos no sabía nadar.
Ray Gunter -¡menudo idiota!- se fijó en la mochila, por supuesto, y decidió quedársela. No se lo dijo en voz alta, pero resultaba escandalosamente obvio para cualquiera que tuviera dos ojos. Y el paqui, un fanático psicópata, se lo había cargado.
Todos esos acontecimientos lo habían llevado a él, a Kieran Mitchell, con su traje de seda gris y su corbata Versace azul medianoche hasta allí, hasta aquel vaso de whisky que bien podía ser el último que se tomara en los próximos diez años. Conspiración, inmigración ilegal, incluso terrorismo. No soportaba pensar en ello y no era la primera vez que sopesaba dejarlo todo atrás y huir. Pero sabía que terminarían encontrándolo -como seguramente terminarían encontrando al paqui- y entonces sería peor, entonces no podría utilizar la carta que se guardaba en la manga, la carta que si sabía jugar adecuadamente…
Por el espejo vio lo que estaba esperando hacía casi una hora: cerca de la entrada había movimiento. Hombres decididos con trajes baratos. Los clientes empezaron a desaparecer. Mientras terminaba su whisky en tres rápidos tragos, notó en el bolsillo del pantalón el disco numerado que le permitiría recuperar su abrigo en el guardarropa. Fuera hacía frío, así que se había traído el de cachemira azul oscuro.
30
En cuanto entró en la comisaría de Norwich, Liz captó la tensa excitación que reinaba en aquel lugar. La investigación del asesinato de Gunter no parecía conducir a ninguna parte y, de repente, tenían una pista sólida que señalaba a uno de los principales socios de Melvin Eastman. Habían discutido sobre la conveniencia de trasladar a Kieron Mitchell a Chelmsford, donde llevaban el expediente de Eastman, pero Don Whitten insistió en que se quedase en Norwich. Aquél era su caso, y quería que todos los aspectos de la investigación siguieran bajo su jurisdicción.
Cuando Liz y Mackay entraron en la sala de operaciones de la comisaría, el lugar estaba atestado de agentes de aspecto rocoso que se alternaban para felicitar a un Goss visiblemente incómodo. Entre ellos, enviado como observador desde Essex, se encontraba el agente del Cuerpo Especial Bob Morrison. Don Whitten, con una taza de café en la mano, presidía el barullo.
Al ver a Liz, Goss se abrió paso hasta ella.
– Se creen que han podido arrestarlo gracias a mí -susurró, mesándose su cabello pelirrojo con la mano-. Me siento un absoluto fraude.
– Disfrútalo -sugirió Mackay.
– Y recemos porque todo esto no nos conduzca a un callejón sin salida -añadió Liz.
En cuanto salieron de Braintree, ella había llamado a Goss para informarle sobre Kieran Mitchell. Después siguieron conduciendo hacia el norte, hacia Norwich, deteniéndose únicamente para comprar una pizza y un par de botellas de cerveza italiana. Más tarde, quizá para aplacar a Liz, Mackay dejó a un lado su papel de eterno seductor y demostró ser un compañero sorprendentemente agradable y entretenido. Contaba con una cantidad casi inagotable de anécdotas, la mayoría de ellas sobre el comportamiento -o mal comportamiento- de sus colegas de servicio. Liz reparó en que nunca señalaba a nadie directamente con el dedo, a pesar de lo mucho que intentó sonsacarle. Cuando soltaba algún nombre, nunca era el del responsable o directamente implicado en la operación que estaba contando, sino el de un amigo, un colega o un superior. Daba la impresión de ser muy indiscreto, pero en realidad no contaba nada que no fuera ya de dominio público en la comunidad de inteligencia.