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– Más o menos.

– ¿Y cuánto le pagaba a Gunter?

– Precio fijo. Quinientos por viaje.

– ¿Y a Lakeby?

– Quinientos al mes.

– Buen margen de beneficios.

Mitchell se encogió de hombros y miró alrededor.

– Era un trabajo arriesgado. ¿Puedo ir al lavabo?

Whitten asintió, susurró algo al micrófono de la grabadora y llamó al sargento de guardia. Cuando Mitchell salió de la sala, nuevamente acompañado de Honan, se produjo un instante de silencio.

– ¿Os lo creéis? -preguntó Mackay, buscando su teléfono móvil en el bolsillo de su chaqueta Barbour.

– ¿Por qué iba a mentirnos? -preguntó Goss-. Estaría defendiendo al tipo que mató a su socio, que estropeó un bonito negocio de cuarenta mil al mes y que básicamente ha provocado que se encuentre en la situación actual.

– Eastman ha podido pedirle que nos desinforme todo lo posible para limitar los perjuicios a su organización -explicó Mackay, pulsando la tecla de mensajes y presionando el teléfono contra su oreja-. Mitchell no sería el primero en la historia criminal que aceptase pagar los platos rotos por su jefe.

Liz presionó el botón del intercomunicador que conectaba ambas salas.

– ¿Podría volver a preguntarle por lo sucedido en el café Fairmile?

– En cuanto vuelva -repuso Whitten-. ¿Alguien quiere una taza de café?

Liz miró a los otros. Era la 1.45 de la madrugada y todos parecían grisáceos y cansados a la luz indirecta de los fluorescentes. Además, seguro que el café estaría frío.

– Hábleme otra vez de Gunter -pidió Whitten cuando Mitchell estuvo sentado de nuevo ante él-. ¿Por qué iba con usted en la cabina del camión?

– Porque su coche estaba estropeado, en el garaje o algo así. Le prometí que lo dejaría en King's Lynn. Creo que su hermana vive allí.

– Siga.

– Subió conmigo al camión y llegamos al café Fairmile, donde teníamos que dejar al especial.

– Explíqueme eso del especial.

– Eastman me dijo que traerían a un asiático desde Europa, pero que no se trataba de un inmigrante como los demás. Pagaba por entrar en el país y, un mes después, ser sacado de la misma forma.

– ¿Un mes? -repitió Whitten-. ¿Está seguro?

– Sí, es lo que dijo Eastman. Que volvería a Alemania en el mismo barco que trajera a los ilegales de enero.

– ¿Había pasado antes algo similar?

– No. Lo del especial era nuevo para mí.

– Continúe.

– Ray y yo llevamos a los inmigrantes hasta tierra…

– Espere. ¿Los barcos que llegaban desde Alemania descargaban siempre en el mismo lugar o alternaban la costa?

– No. Estudiaron varios lugares, pero al final decidieron utilizar siempre el mismo.

– Entiendo. Adelante.

– Recogimos a los inmigrantes, los metimos en la caja del camión y conduje hasta el café Fairmile, donde teníamos que dejar al especial. Ray lo sacó del camión y lo siguió hasta los lavabos.

– ¿Sabía usted que Gunter lo seguiría? -preguntó Whitten-. ¿Le dijo que necesitaba ir al baño?

– No, pero ese paqui, el especial, llevaba una mochila que parecía pesar bastante. Pequeña pero de buena calidad, y lo que fuera que contenía era pesado. El tipo nunca se separaba de ella.

– Así que vio de cerca a ese paquistaní, al especial.

– Sí. Bueno, la verdad es que la playa estaba bastante oscura y había un montón de gente moviéndose arriba y abajo. Además, muchos de ellos parecen… ya saben, parecen iguales. Paquistaníes y gente de Oriente Medio, rostros delgados, ropa barata, y todos con aspecto de… bueno, de agotados.

– ¿Y el especial era distinto?

– Sí. Se comportaba de forma diferente. Como si alguna vez hubiera sido alguien y no estuviera dispuesto a dejar que nadie lo manipulara. No era grande, pero sí duro, de eso podías estar seguro.

– ¿Qué aspecto tenía? ¿Le vio la cara?

– Un par de veces, sí. Era bastante pálido, de rasgos afilados, un poco de barba…

– ¿Lo reconocería si volviera a verlo?

– Sí, creo que sí. Aunque recuerde lo que he dicho: estaba oscuro, todos estábamos muy nerviosos y había un montón de esos tipos pululando por allí. Pero si me enseñan una foto, es probable que pueda decir si no es él, ya me entienden.

Tras el cristal, Liz podía sentir la creciente adrenalina. Goss y Mackay, a su lado, prestaban la misma atención que ella con la misma atenta concentración.

– ¿Por qué cree que Gunter lo siguió? -repitió Whitten.

– Supongo que pensó que llevaba algo valioso en la mochila. Los ricos suelen traer oro o plata en lingotes, toda clase de objetos valiosos, y quiso… bueno, quiso quitársela.

– Así pues, ¿Gunter no lo clasificó de tipo duro como usted? ¿Creía que sería fácil robar al paquistaní?

– No sé qué pensó. Seguramente no se fijó como yo o le dio igual. Fue mi bote el que lo llevó hasta la orilla.

– De acuerdo. Gunter siguió al tipo hasta los lavabos. ¿Y usted no oyó nada? ¿Ningún tiro o…?

– Absolutamente nada. Unos minutos después, vi que el paqui caminaba hasta un coche y subía. Entonces, el coche arrancó y se marchó del aparcamiento.

– ¿Pudo ver bien ese coche?

– Sí, era un Vauxhall Astra 1.4 LS negro. No vi si el que conducía era hombre o mujer, pero apunté su matrícula.

– ¿Cuál era?

Consultó un papel que le tendió su abogado, asintió y se lo pasó a Whitten.

– ¿Y cómo se le ocurrió apuntar la matrícula?

– Porque no tenía ningún recibo de entrega por el tipo. En caso de que después surgiera algún problema, quería tener algo que demostrara que lo llevé hasta allí y que le buscaran las cosquillas a otro. Para mí suponía dos mil libras, ¿recuerda?

– Continúe.

– Bueno, esperé diez minutos y Ray seguía sin aparecer. Así que bajé de la cabina y fui a los lavabos, y…

– ¿Y?

– Y encontré a Ray muerto. De un tiro. Con los sesos desparramados por toda la pared.

– ¿Cómo supo que le habían disparado?

– Bueno… el agujero en la cabeza era bastante revelador, ¿no cree? Y también el agujero en la pared detrás de su cabeza.

– ¿Qué pensó?

– Pensé que… es ilógico, lo sé, pero a pesar de que el tipo se había largado, pensé que yo sería el siguiente. Que se había cargado a Ray porque le vio la cara en los lavabos y que después también me mataría a mí. Francamente, me acojoné, sólo quería largarme de allí.

– Y se largó.

– Puede jurarlo. Directo a Ilford, sin paradas. Y allí dejé el resto del cargamento.

– ¿Cuándo telefoneó a Eastman?

– Cuando acabé la entrega en Ilford.

– ¿Por qué no lo llamó en cuanto descubrió el cadáver?

– Como le he dicho, sólo tenía ganas de largarme de allí y de acabar con aquel marrón.

– ¿Cuál fue la reacción de Eastman cuando se lo explicó?

– Se enfadó mucho, como era de imaginar. Lo llamé a la oficina y se volvió loco.

– ¿Y usted qué ha estado haciendo desde entonces?

– ¿La verdad? Poner la casa en orden y esperaros a vosotros. Sabía que sólo era cuestión de tiempo.

– Entonces ¿por qué no se entregó antes?

Mitchell se encogió de hombros.

– Cosas que hacer. Gente que ver.

Hizo una pausa, durante la cual Whitten se limitó a asentir. Cuando se acercó a la puerta para llamar al sargento de guardia, Honan tocó el hombro de Mitchell y ambos se pusieron en pie. Bob Morrison miró su reloj, frunció el ceño y salió de la sala.

– ¿Creéis que va a llamar a Eastman? -susurró Mackay, apoyando la frente en el cristal que separaba las dos salas.

– No es imposible, ¿verdad? -respondió Liz encogiéndose de hombros.

Don Whitten se apoyó contra el marco de la puerta de la sala de observación.